Moteles, POT a la vista

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leo quinteroPor Leo Quintero

@CAmanecioCali

El primer motel que Cali conoció no tenía ese nombre, pero todos sabían que se trataba de  un establecimiento para encuentros amorosos. Hablamos de la Mansión Dorada, que operó en la ciudad en el antiguo embarcadero de reses del matadero de Cali, en el hoy conocido barrio Veinte de Julio, exactamente en donde está la torre de Comfandi. Ese era un lugar de trabajo del Ferrocarril del Pacífico y, además, punto para la operación del matadero, el antiguo de Cali, desaparecido en los años ochenta  de esa zona oriental de la ciudad. Después vendrían las  Ramblas, hoy sede del Cantón de Nápoles; el Tunal, en la vía a Calipuerto, al frente de donde hoy está la central de abastecimientos del Valle, Cavasa.

En el área más formal y urbana, aun sobrevive el Meléndez, que ya se avista como motel, sobre la calle Quinta, casi que al frente de la Universidad Santiago de Cali. Por su parte, el Panaméricano, de triste recordación en los años sesenta por la muerte del dirigente conservador Alfredo Miller.

Es la historia de estos sitios para el encuentro amatorio  en Cali, que luego se trasladó a las goteras de la ciudad, en donde surgieron, al finalizar el decenio de los setenta y ochenta, dos triángulos de las «Bermudas»: donde  de un momento a otro desaparecían los carros o misteriosamente los vehículos ingresaban a esos establecimientos con solo el conductor –la pasajera, novia o amiga del motorista lo hacía escondida, estaba en cualquier parte del vehículo, menos en el asiento del pasajero.

Los moteles van corriendo como la ciudad. En los años ochenta y noventa se convirtieron en los negocios estrella en las goteras de Cali. En la vía a Candelaria, toda rumba remataba  en esos establecimientos que además sirvieron para evitar múltiples accidentes por la embriaguez de quienes se divertían en Juanchito.

Luego tomaron como destino la zona de Menga y la vía antigua a Yumbo, en donde surgieron con ímpetu como competencia para  el concurrido sector de Juanchito, que fue decreciendo hasta terminar desapareciendo con las inundaciones provocadas por el río Cauca, que acabaron con los últimos vestigios de esos lugares.

La zona de Menga y el límite confuso con Yumbo sirvió para trasladar los rumbeadores de Juahchito hasta ese extremo norte de Cali, en donde paralelo a los moteles crecieron los establecimientos de diversión. Al mismo tiempo en la ciudad urbana se daba un fenómeno complejo, con la aparición –que nunca dejó de hacerse– de los moteles que se fueron extendiendo por todo el centro de Cali.

Se extendieron a los barrios populares, en donde surgieron sin control  cada vez que alguien tenía la capacidad económica y los amigos necesarios para torcerle el pescuezo a las normas a punta de dinero.

Luego surgió hace más de tres lustros el Plan de Ordenamiento Territorial, que pretendió hacer una «organización de ciudad”, y mientras todos pensaron que llegaría a cambiarle  la cara a esta clase de negocios, por el contrario, abrió las vías más importantes para el surgimiento de estos «hoteles momentáneos».

La autopista Sur, con más moteles por metro cuadrado que el resto de la ciudad es solo el ejemplo de la masiva proliferación de estos establecimientos, amparados en la aplicación de una norma que bajo diferentes interpretaciones cambió el uso y hasta la estética de la ciudad.

Mientras tanto, en las goteras de Cali, en la vía a Yumbo, hoy los moteles luchan por no desaparecer ante la competencia de sus pares en la ciudad urbana. Uno de ellos, el emblemático La Siesta, es hoy un Small Center y su vecino de al frente luce un «se vende», como atractivo para los clientes.

En manos del gobierno de Cali está hoy en día una revisión profunda al POT, Plan de Ordenamiento Territorial, que debe organizar lo que ha pasado en Cali, no solo en esa materia, sino también en muchas otras que hoy evidencian el profundo despiporre que la ciudad vivió, especialmente por la interpretación que de las normas hicieron los funcionarios de turno.

Los moteles son solo la punta del iceberg que hay que revisar en el nuevo Plan de Ordenamiento Territorial, el cual toda la ciudad merece conocerlo y debatirlo, para que no sea en el Concejo, solo allí en donde se cruzan miles de intereses, que tengan la última palabra sobre la norma que regirá la vida urbana para los caleños.

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