Mujer, periodista, peligrosa combinación

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Jahel Figueroa, periodista.
Jahel Figueroa, periodista.

Bien lo decía Oriana Fallaci: «Ser mujer es fascinante, constituye una aventura que requiere considerable valentía, un desafío que nunca llega a aburrir». Esta es una de las frases célebres de una mujer periodista que se sentía tan libre como todas las mujeres que escogieron este oficio para no desaprovechar la oportunidad de contar la verdad, muchas veces pagando altos precios, pero al final sintiéndose extremada y peligrosamente libres.

Hoy escribo estas líneas en un momento que une dos reflexiones importantes. La primera, la del reconocimiento a la labor del periodista, muy sonada en el mes de febrero, y ahora mismo, comenzando marzo, la del reconocimiento que hacen las fundaciones, organizaciones, instituciones que invitan a la no agresión de las féminas, aunque sea el pan de cada día.

Hago esta reflexión después de ver, leer y vivir episodios –quizás no muchos pero importantes todos– en los que varios periodistas han pagado el alto precio de ser mujeres que cuentan la verdad. El último ocurrió el pasado 5 de marzo, luego del anuncio de la muerte del presidente de Venezuela, Hugo Chávez, noticia que todos los medios debían cubrir, sin excepción alguna, por ser una de las más importantes de los últimos tiempos en Latinoamérica. Justo ahí, en el lugar de los hechos, estaba Carmen Andrea Rengifo, periodista caleña radicada hace tres años en el país vecino, haciendo lo que le correspondía.

Carmen fue agredida física y verbalmente por una turba enardecida, que en medio de la conmoción descontrolada que le produjo la muerte de su líder arremetió contra el medio “opositor”, golpeándola a ella y a su camarógrafo. Las imágenes solo nos hacen pensar que pudieron morir a manos de este grupo de personas que, sin sentido, pretendían  callar a la mujer periodista que hace escasos meses confrontó al mandatario en una entrevista que le hizo durante la emergencia que se presentó en una refinería.

Me cuentan personas cercanas a Carmen Andrea que se sintió asustada, sola, desprotegida. Todos los días debe salir a trabajar en Venezuela consciente de lo que significa su trabajo y el riesgo que corre; sin embargo, lo hace con pasión, como trabajan las periodistas, no se mide.

La sangre corriendo por el rostro de Carmen, imagen captada por su camarógrafo, me hace pensar en esos casos que conozco, de los que soy testigo como lectora pero también como mujer periodista, dedicada a este oficio desde hace una década: por ejemplo, los escritos, los testimonios y hasta los tuits de la periodista Jineth Bedoya, abusada sexualmente por paramilitares mientras recogía la información que su sed de informar le pedía. O el caso de Silvia Duzán, asesinada en la masacre de Cimitarra en el año 1990, cuando cumplía con su labor como periodista, historia escrita en un libro por su hermana María Jimena Duzán.

Y siguiendo con los ejemplos, para no ir muy lejos, el episodio bochornoso –por no decirlo de otra forma–, protagonizado por un grupo de seguidores del mandatario de turno, el año pasado, que pretendieron esconder entre los insultos que vociferaban la pregunta que hicieron dos periodistas. Yo era una de ellas, y la otra era mi compañera Carmen Alicia Sarmiento. Ella, con la complicidad sana del colega, insistió en la inquietud que teníamos todos los periodistas que estábamos en el recinto, lo que llevó todo a la peor parte. Finalmente, el joven político fue incapaz de responder.

A la vista del mundo no son comparables estos hechos de sangre, de abuso sexual, psicológico, emocional, con los insultos y las arengas, pero se asemejan mucho en su principal objetivo: callar a una mujer periodista.

Hoy puedo imaginar el sentimiento de impotencia de Carmen Andrea, el dolor físico no, pero sí el dolor interno que puede sentir el comunicador que debe enfrentarse solo con un micrófono o una grabadora a la ignorancia de la multitud que parece adiestrada para irse en contra de quien solo cumple con informar.

Y si de enumerar casos se trata, las líneas no alcanzarían porque estos son solo algunos ejemplos de la libertad de prensa coartada, con el agravante de evidentes formas de violencia contra la mujer, de la que tanto se habla por estos días. ¿Qué pasaría si los casos no salen en escritos, en cámaras o en la radio? ¿Silencio e indiferencia absolutos, como pasa con tantas mujeres?

El presente para los casos que menciono es distinto, no porque el sistema haya cambiado sino más bien por la capacidad de superación de la periodista para quien resulta fascinante ser mujer. Por eso Jineth hoy sigue haciendo periodismo, y con más ganas; Carmen Andrea madrugó a hacer sus informes desde Caracas; y Silvia, aunque muerta, dejó en la tierra, en manos de la mejor persona, su testimonio para ser contado.

Porque la vida es una aventura, con algo distinto por experimentar todos los días, es que las mujeres periodistas se levantan y van felices a sus oficinas, al cubrimiento, a la rueda de prensa. Padres, hijos, esposo, novio, amigos y hasta el jefe ya lo entendieron. No podrán cortar sus alas.

En febrero, por la celebración del día del periodista, un colega me preguntó en entrevista radial si alguna vez me había sentido discriminada por ser mujer haciendo periodismo. Le respondí que en algunos momentos, porque siempre es distinto ser mujer y ser periodista. Es un desafío enorme. Es tumbar con coraje los esquemas todavía presentes en la sociedad.

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