Navidad y consumo sostenible

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 Luis Eduardo Lobato Paz

Integrante del Centro Interdisciplinario de Estudios de la Región Pacífico Colombiana, CIER

Universidad Autónoma de Occidente

La Navidad en su concepción tradicional era vista como un espacio de tiempo para compartir en familia y estrechar vínculos con vecinos y amigos. A través del intercambio de dulces y viandas se reafirmaba el tejido social. Así mismo era un momento de aprendizaje para las nuevas generaciones que observaban e iban aprendiendo como se preparaban los platos de comida que se consumían en esos días.

Ha pasado el tiempo, y ese sentido social que enmarcaban esas celebraciones han dado paso a  prácticas dictadas por el desborde compulsivo, la mercantilización y solidaridades temporales determinadas por una falsa conmiseración o de figuración social. Examinemos algunas de ellas:

Un primer ejemplo de lo que se han convertido éstas festividades está dado por el consumo exagerado de dulces, carnes en diferentes formas de preparación  y de licores. En todos los entornos sociales en los que se mueve una persona (asociaciones de egresados, clubes deportivos, empresas, unidades residenciales) se acuerdan reuniones de integración o de inicio de vacaciones en los que prima la desmesura en los platos o bebidas y un gran porcentaje de estos alimentos o bebidas refrescantes o espirituosas terminan en los cestos de basura.

Un segundo ejemplo lo que denominaré el espejismo de las primas y cesantías. Ese dinero extra se asume como si el trabajador o empleado hubiese mejorado su condición laboral y tuviese una mayor capacidad de compra.  Se inicia un gasto frenético de arreglos navideños, ropa, comida, licores, juguetes, presentes para los familiares y amigos. A los pocos días de este tren de gastos, el dinero de prestaciones sociales ya se ha agotado y  las tarjetas de crédito son el último recurso para acabar de comprar lo que queda faltando por adquirir.

Otro de los ejemplos que nos sirve para ejemplificar el giro que ha tomado la navidad lo expresan los registros de prensa, televisión o imágenes de las redes sociales que muestran a empresarios, deportistas o celebridades de la farándula entregando muy sonrientes regalos en barrios pobres de la ciudad. A través de cuñas en los medios de comunicación, donaciones de días de salario en las empresas, o de entrega voluntaria de las vueltas en los cajeros de los almacenes de cadena se estimula o se anima a las personas a que se sumen a campañas masivas de donación de regalos. Pasadas las festividades estos benefactores vuelven a sus burbujas individuales y nadie se vuelve a acordar de aquellos “colombianos que necesitan de tu solidaridad” como lo expresan algunos comerciales de promoción.

En este artículo no se pretende desconocer que es imposible detener el tiempo y congelar las prácticas sociales, pero si lo anima un llamado a tener como norte en nuestras vidas un consumo sostenible. Poder sustraernos a esa ola consumista que nos insta a comprar, medio usar y botar las cosas , con las cuáles generamos toneladas y toneladas de basura que hacen que colapsen los rellenos sanitarios de la mayoría de las ciudades del país.  A su vez esto se traduce en millones de metros cúbicos de agua,  kilovatios de energía y toneladas de biomasa, minerales y metales desperdiciados. En materia de salud, evitar esos desbordes alimenticios que son los que hacen que año a año aumenten los problemas de obesidad, diabetes, presión alta y enfermedades renales en Colombia y todo el mundo. En el plano económico, a enfrentar racionalmente un sistema que nos endeuda permanentemente con  señuelos de créditos rápidos y fáciles de pagar.

En un plano social hay necesidad de revisar nuestras sensibilidades y sentidos de responsabilidad social si queremos avanzar hacia una sociedad incluyente y más equitativa. Para lograr esto, nuestras solidaridades con los pobres no deben ser episódicas, deben estar animadas por propósitos y esfuerzos permanentes para que mejoren sus condiciones de vida. Detrás de ese falso altruismo se nutre el asistencialismo social, el gamonalismo, los barones electorales y aún los grandes criminales, que con una dádiva cautivan a grandes sectores sociales y los instrumentan para sus fines económicos, políticos o criminales.

Una sociedad es sostenible, si le damos a cada persona igualdad de oportunidades para que pueda tener mayor responsabilidad  en la conducción de sus vidas. Al lado del componente emotivo debe haber una dosis de racionalismo, que nos conmine a pensar que el bienestar de una persona no pasa por un regalo o un gesto aislado, que el ser o parecer una buena persona y que ese tipo de actitudes se deben mantener todo el año y que diciembre no es el último mes que vamos a pasar en nuestras vidas.

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