¡Ni el teléfono!

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ana-mariaPor: Ana María Ruiz

Twitter: @anaruizpe

El Gran Cauca, antes de que según Guillermo Valencia “se llevaran la finca y nos dejaran la casa de la Hacienda”, fue el territorio de mayor población de esclavos de la Nueva Granada, centro de un mercado que dotaba de mano de obra a la economía extractiva que sostenía a una vasta zona en esta esquina del continente.

En los mercados de la ciudad se negociaba el precio de la gente que estaba destinaba, hasta la muerte, al socavón, a la siembra o al servicio. Mediante un acuerdo tácito, socialmente aceptado, unas personas no eran seres humanos sino objetos destinados al servicio de los blancos, con la bendición de Dios y la corona.

Sin importar si su apellido era Bantú, Yoruba, Mandinga, Ashanti o Coromanto, pasaron a ser del amo y su familia, a cargar su apellido blanco y a que sus hijos y los hijos de sus hijos vivieran y murieran en idénticas condiciones, porque los blancos de otras estirpes así lo decidían, para acumular riqueza, alcurnia y poder y llenar los galeones rumbo España.

Acabar con la esclavitud suponía mucho más que un acto de humanidad. El sistema  económico se venía abajo, y decretar la abolición era, en la segunda mitas del siglo XIX, una ola que pegó en cuanto gobierno liberal de la época. Correspondió a José Hilario López, presidente caucano al que no le permitieron terminar el período, la firma del decreto de abolición de la esclavitud, el 21 de mayo de 1851. 160 años más tarde, se declaró ese como el día de la afrocolombianidad.

Pero acabar con el mercado de seres humanos no significó más que un tránsito distinto en el mismo camino de la ignominia. La exclusión que con todas sus letras se mantuvo entre los blancos dominantes, tendió un nuevo acuerdo tácito, socialmente arraigado, según el cual se aceptan todas las formas de desigualdad porque son irremediables, y por más de un siglo este país mestizo se atrevió a pretender que los excluidos por su raza siguieran siéndolo, por siempre jamás.

La Constitución que ahora pretenden rehacer, por primera vez reconoció que la igualdad no es un acto de papel, sino un mandato de la nación. Pero la deuda que sigue pendiente en el país, en el Cauca se exacerba. Desde las calles blancas de Popayán el Pacífico sigue siendo un lugar inhóspito que se esconde detrás del cerro de Munchique, el Patía un potrero con minas y el Norte, unos pueblos con caña donde hay dengue.

Entre el abanico de paros de esta semana, en Buenaventura seguían en paro los transportadores de cabotaje dejando sin combustible ni alimentos a Guapi, Timbiquí, López de Micay y demás concentraciones humanas de los esteros del Pacífico. A pesar de ser caucanos, la solución a la emergencia no pasa por acá; los llamados de los alcaldes de la zona son a la Fuerza Naval para que lleve lo básico a la región; o al gobierno nacional, para que arregle el problema con los lancheros. Desde sus colinas, Popayán sigue observando cómo se le ayuda a solucionar su problema, cómo alguien se ocupa de alimentar a su gente, amarrada a la inercia de su incapacidad irremediable.

Celebrar la afrocolombianidad  pasa por entender por qué el pueblo negro vibra al escuchar un tambor, una marimba, o un guasá; pero también, principalmente, por erradicar la idea de que las personas negras son y serán pobres y excluidas, irremediablemente.

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