No es la hora de Peñalosa

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Gustavo-OrozcoPor: Gustavo Orozco

Si la paz no estuviera en juego, votaría por Peñalosa, así como dijo Mockus recientemente. De todas formas, tengo mis reservas sobre la candidatura verde.  El  idealismo (o ceguera) de Peñalosa me hacen pensar que aún no está listo para comandar una bestia como Colombia. Además de que me alarma que Peñalosa todavía insista en Transmilenio como la solución para la movilidad de Bogotá, la gobernanza sería un ejercicio casi que imposible para él.

Peñalosa y su equipo parecen daltónicos frente a nuestra realidad política. Su proyecto es ambicioso, pero demasiado idealista para Colombia y para lo que le tocaría si fuese elegido presidente. A Peñalosa presidente se le vendría un Congreso de oposición feroz que no le marcharía ni a paso de tortuga. Si, sólo quizás así nos daríamos cuenta de lo paupérrimos que son nuestros padres de la patria; con un Presidente que no la de a torcer con el hambre clientelista de los congresistas, los alcaldes se dejen de comprar y los electores se dejen de vender. Pero de pronto no. De pronto nuestro realismo mágico terminaría echándole la culpa a un bien intencionado Peñalosa que no logrará hacer nada con un Capitolio sediento por puestos y en operación tortuga.

El ataque de Peñalosa contra la mermelada, que se ha convertido central en su campaña, es iluso y hasta populista. Dice justo lo que los electores quieren oír: el mismo discurso best-seller para estas elecciones – y para todas –  de que se va atacar de frente a la corrupción. Nada de nuevo. Pero, por cierto, la mermelada no es corrupción. Los cupos indicativos son legales, tal como lo aclaró el Consejo de Estado. Creo, además, que son necesarios tanto desde una perspectiva teórica como pragmática. Los congresistas tienen derecho a gestionar recursos para sus regiones. Después de todo para eso han sido elegidos, para representar los intereses de sus electores y ser canales entre el gobierno nacional y los locales. Una lógica imperfecta en nuestro país, pero real. Ganarse el apoyo del gobierno con recursos y presupuesto para proyectos locales es un indicador de su gestión y (potencialmente) positivo para las comunidades.

Los cupos claramente se han salido de control, presas de la politización y los fines electorales. Además, los órganos de control parecen ser inefectivos en el seguimiento del uso de los recursos y la contratación a nivel local. Es ahí donde el Estado debe poner los ojos; garantizar que la plata le llegue a la gente, que no termine en las cuentas de ahorros de alcaldes, concejales y contratistas. La teoría no es mala, pero su practica está corrompida.

Esta “mermelada” es, además, el aceite que mantiene una maquinaria enorme en movimiento. La política es un juego de tire y afloje, y la atribución de cupos indicativos es una herramienta de negociación del presidente y un apoyo para jalonar las iniciativas del ejecutivo. Algo que a los gringos no les quedaría mal, quienes demasiado frecuentemente se bloquean en peleas ideológicas y nadie tiene con que negociar.

Sin mermelada la máquina verde se quedaría rápidamente sin operarios y gasolina. Con unos halando para un lado y otro solo halando para el otro, la máquina de Peñalosa no duraría mucho en movimiento. De sus mil y una ideas, ciertamente positivas, Peñalosa terminaría igual de envolatado que Petro; aislado, ineficaz y maniatado.

Peñalosa seria, seguramente, excelente para impulsar transformaciones en política social. Pero queremos todo al mismo tiempo; queremos el paraíso de la noche a la mañana. Solo con la paz la verdadera locomotora desarrollista se podrá echar a andar, quizás en ese momento Colombia sí estará lista para ser verde. Pero primero, para la paz, necesitamos a Santos al volante.

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