No es que no importe

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Camila ZuluagaPor Camila Zuluaga
Twitter: @zuluagacamila

Los hechos de corrupción siempre nos indignarán,  de eso no puede tener duda nadie. Que cada día las reacciones de los colombianos frente a los mismos sean menos aireadas no significa que no rechacemos ese tipo de actitudes de parte de nuestros gobernantes. Sin embargo, es innegable  que de a poco nos hemos acostumbrando y que, por consiguiente, nos aterremos cada vez menos ante  los hechos de esta magnitud. Esto se ha dado especialmente durante este Gobierno, en el que las primeras actuaciones que vimos fueron esas rimbombantes ruedas de prensa conducidas por el presidente, escoltado por los órganos de control. Esto, entre tantas otras cosas, les dio tanto a poder  a quienes ocupan esos cargos, que se convirtieron en monstruos incontrolables de los que hoy todos los funcionarios son víctimas. Algunos han sido sancionados de manera arbitraria. No en vano he manifestado siempre que el presidente Santos es víctima de su propio invento, pues varios destacados funcionarios suyos han sido descabezados por cuenta de esas alas que él mismo les dio a quienes hoy los sancionaron. Todo por querer demostrar que a diferencia del anterior, su gobierno no era corrupto. Recordemos aquella famosa frase del expresidente Uribe: “Este Gobierno quiere graduarme de corrupto”. La verdad es que poco se equivocaba.

La denuncia hecha el pasado viernes por el expresidente acerca de la forma en que el Gobierno ha tranzado con varios congresistas apoyos a sus reformas y a la reelección a cambio de auxilios parlamentarios tiene más de cierto que de invento. Sin embargo, el hecho de que sea él quien exponga los hechos hace que pierdan peso en los medios y en la opinión, no por el hecho de que lo que él esté denunciando no sea  grave y delicado, sino porque bajo su gobierno se adoptaron las mismas prácticas. Es difícil interiorizar cuando el que habla de principios no cuenta con la autoridad moral para hacerlo, por más cierto y apropiado que pueda  llegar a ser el mensaje.

Es como cuando  usted era niño y su papá le decía que no fumara y tomara licor, mientras él tenía un vaso de whisky y un cigarrillo en la mano. Por supuesto que el mensaje es correcto, lo mejor era que usted no adquiriera ninguno de esos dos vicios, pero el mensaje perdía credibilidad y contundencia para usted porque no le estaba dando propiamente ejemplo. Eso mismo ha pasado con las denuncias del expresidente. La mayoría sabemos que probablemente son ciertas, que el gobierno de la urna de cristal es más bien de plástico o metal. Pero el haber incurrido en las mismas prácticas y con los mismos fines durante su gobierno,  en cierta medida lo inhabilita para hablar al respecto, pues en eso el expresidente tiene  lo que popularmente llamamos “rabo de paja”, y  cuando se denuncia y se pone un ojo crítico no se puede tener eso. La denuncia  obliga al denunciante a ser más correcto que los demás.

Lo anterior no significa que no me parezca grave lo que se ha conocido del gobierno Santos y de los “honorables” congresistas. Lo denunciado era un secreto a voces; sabíamos todos que ante la baja popularidad del presidente y su imperiosa necesidad de lograr un periodo adicional para poder llevar a feliz término su proyecto bandera, que es la paz, aquellos próceres del legislativo sabían –y saben– que es el momento propicio para ordeñar al Ejecutivo, y eso sí que saben hacerlo bien.  De cierta manera, el presidente quedó preso de un sistema absurdo que domina  la política colombiana, lo que no significa que no sea responsable de sus actos. Está en los estándares éticos de cada uno el saber hasta qué punto acepta los chantajes, y si cede o no, ante aquello con lo que no se comulga.

Una cosa más: Gracias por regalarme unos minutos de su tiempo cada domingo para leer estas líneas. Espero que este 2013 haya sido un buen año para todos y que el  2014 les traiga nuevos y mejores proyectos. Nos volveremos a encontrar por aquí el otro año. Les deseo una feliz Navidad.

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