No hemos perdido el tiempo

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Ana María Ruiz P.

@anaruizpe

 En todo salón de clase hay alguien que tiene, por convicción u oficio, la misión de liderar con actitud altanera a unos grupos cerrados y excluyentes. Estos círculos de quienes cuchichean y se dan palmaditas en la espalda entre sí, se sitúan en la pirámide social del grupo para observar con beneplácito cómo una parte de sus compañeros aspira a ganar su favor para resignificar su estatus. A la mayoría del salón el asunto suele tenerles sin cuidado mientras no se metan con ellos, pero siempre hay una minoría que no puede asumir esta actitud despreocupada porque se sabe el objeto eterno de la segregación que impone el combo que manda.

 Los que encabezan estas formas de matoneo, a veces sutiles y a veces violentas, saben que para garantizar su poder es necesario dividir, excluir. Hay que demostrar la superioridad con algunos, y la benevolencia con otros, subordinados indispensables para mantener el poder. Sucede igual en el submundo de la política, ese lugar donde el oficio de la gente consiste en abrirse campo entre los demás para alcanzar una curul, un escaño, un auxilio o una coima.

 Lejos de significar una ruta de trabajo de las colectividades sociales para alcanzar el bien común, el quehacer de la política nacional, y aun más la regional, evidencia como los grupúsculos acostumbrados a hacer del poder su herramienta personal de mantenimiento del status quo, vociferan desde tarimas y micrófonos que la tradición indica que su manera excluyente de entender la sociedad es la única que vale. Y punto.

 Para la muestra dos botones caucanos. Paloma Valencia promueve un referendo para dividir el Cauca, allá los indígenas, acá los mestizos (hay que ver lo políticamente incorrecta que resulta de sus labios la expresión mestizos) y los negros, allá ellos, ya decidirán dónde ubicarse. Exclusión, segregación, incapacidad crónica –o genética, de buscar salidas dialogadas, democráticas y plurales a los problemas del departamento.

 Segundo ejemplo. Esta semana circuló un video del tío político de la senadora, ex senador cuasi vitalicio Aurelio Iragorri, dirigiendo una asamblea del Partido de la U. Ante la inconformidad de un grupo de los presentes por la manera como se adelantaba el procedimiento de elección de candidatos para las elecciones de octubre, la respuesta del curtido barón electoral es simple: ¡Váyanse! les grita, salido de los chiros, desde su tarima. Como si pudiera echar a la gente de un partido como quien echa a un indeseable de su casa, o de su finca. Actitud de patrón que deja muy claro quién manda, y cómo se manda: excluyendo, fracturando, segregando.

 Actitud de matoneo idéntica a la de la joyita de la Corte Constitucional, Jorgito Pretelt. Palabras más, palabras menos, se sacude de los llamados del país entero para que renuncie, llevándose por delante a toda la institución. El Congreso le niega la posibilidad de seguir en licencia para defenderse y él vuelve a su silla de Presidente de la Corte a vociferar que si se va, se tienen que ir los otros 8 magistrados con él. Valiente defensa, amancillar a la institución de la justicia que más derechos ha garantizado a los colombianos y más reconocimientos ha recibido más allá de nuestras fronteras.

 Ante expresiones como éstas, uno puede ver el vaso medio lleno, o medio vacío. Para los pesimistas estas son señales de que nada ha cambiado en el país, que sigue idéntica la costra de la política excluyente de los privilegiados del poder que se compra o que se hereda. Para otras personas, obstinadas en la esperanza, el agua del vaso es suficiente para empezar a saciar una sed antigua de igualdad.

 La Corte Constitucional existe para que la promesa de la Constitución, de igualdad en la pluralidad, se cumpla. Por eso el caso Pretelt tiene que traer como consecuencia el diseño de una mejor manera de garantizar que los altos magistrados sean los más probos y no los más pirobos de la sociedad.

 Como en el salón de clase, los del grupito cuchichean y separan, los que llevan del bulto se aguantan el matoneo, y el resto mira de lejitos para no meterse en problemas. La diferencia hoy es que cada vez más de los tradicionales excluidos pueden defenderse, teniendo en la mano el manual de convivencia que sigue regulaciones que obedecen a decretos amparados en leyes que desarrollan mandatos constitucionales que así lo establecen. El proceso de la garantía de derechos no es un asunto de poca monta, ni de privilegiados. Toca cada espacio por donde nos movemos.

 Que falta mucho, claro que si. Aurelio, Paloma y Jorgito son apenas ejemplos de cuánto le ha costado a la dirigencia del país desarrollar el estado de cosas que le entregó la Constitución. Pero ahí tenemos el vaso con agua, que hay que volver suficiente para seguir construyendo el país que soñamos hace 25 años.

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