Nuestra educación superior: una amenaza para la soberanía nacional

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Floro Hermes Gómez PinedaPor Floro Hermes Gómez Pineda

Doctor en Estudios Políticos

Profesor de la Universidad Libre

Twitter: @Florohermes

Por ser nosotros los liberales los más fieles hijos de la Ilustración, como bien lo observó en sus investigaciones el profesor oxoniense Isaiah Berlin, todo liberal ha creído, cree y creerá en el poder ilimitado de la educación, por cuanto todas las personas poseen una racionalidad potencial que se alcanza con la educación, la cual no es innata. Por ello, todo liberalismo reclama perpetuamente más y mejor educación al unísono con ese deber social liberal de mejorar a los demás, es decir, el deber social de actuar civilizando para lograr ciudadanos aptos, conscientes y útiles.

Asimismo, los liberales sabemos y no ignoramos que la educación junto con las fuerzas armadas son las dos grandes instituciones unificadoras del pueblo. Aquella (la educación), como bien lo observó el mártir liberal colombiano Rafael Uribe Uribe, permite “el alza del nivel moral, intelectual, físico y económico”, lo cual es una cuestión de soberanía, toda vez que es difícil mantener la seguridad nacional y el orden público necesarios en un Estado sin la indispensable afirmación, capacitación, disciplina, instrucción, modelación y racionalización de las propias costumbres. Por ello, como lo afirmó otro mártir liberal, Jorge Eliécer Gaitán: la educación “no debe estar sometida a la contingencia de los intereses diversos”.

Hechas estas aclaraciones desde la óptica liberal, es menester volver la mirada hacia la situación de nuestra educación superior, la cual como lo he afirmado cumple un papel estratégico en el proyecto de desarrollo económico, social y político, que no es posible sin seguridad nacional ni orden público, es decir que se hace imposible sin una educación que haga de los colombianos ciudadanos competentes, conscientes y valiosos. ¿Pero qué nos dicen las investigaciones al respecto?

El profesor Gabriel Misas Arango en su estudio contenido en el libro La educación superior en Colombia. Análisis y estrategias para su desarrollo, expresa que “existe consenso en que la actual formación universitaria no responde, ni cualitativamente ni cuantitativamente, a las necesidades de la sociedad colombiana”. En otras palabras, que nuestra educación superior no cumple el papel estratégico de elevar los niveles moral, intelectual, físico y económico de los colombianos, lo que es igual a expresar que nuestra educación superior no ayuda a mantener la seguridad nacional y el orden público.

De otro lado, un informe conjunto del Banco Mundial y la OCDE, La educación superior en Colombia, señala entre muchas afirmaciones algo que conocemos todos los profesores universitarios y dice la gente en sus conversaciones cotidianas: que los estudiantes que llegan sin formación adecuada a las universidades son aquellos que proceden de ciertos medios sociales y ciertos colegios, lo cual equivale a decir que nuestra educación básica y fundamental no cumple con su objeto de ser unificadora del pueblo colombiano y da origen a una odiosa división discriminatoria entre “colegios de élite” y “colegios del montón”, por una parte, y, por la otra, a una pequeña élite de jóvenes en quienes se han afirmado, modelado y racionalizado nuestras costumbres y a una gran masa a las que se les queda adeudando en buena parte tal afirmación, tal modelación y tal racionalización.

El selecto grupo de jóvenes provenientes de los “colegios de élite” hace tránsito a las llamadas “universidades de primera”, con profesores con formación avanzada, donde han de recibir un diploma de estudios universitarios generales que saben que sirve para la persecución de estudios de posgrado. Mientras tanto, la otra gran masa va a “universidades de segunda”, con profesionales con alguna especialización (los más afortunados), y a “universidades de garaje”, con cualquiera enseñando, (los más desafortunados), en donde también han de recibir un diploma de estudios universitarios generales (lo único igual) creyendo que este habilita para trabajar. Así se profundizan las desigualdades y se hace imposible el ideal liberal de una educación unificadora, proceso que concluye en la forzosa exclusión laboral a que se ven abocados muchos empresarios cuando deben escoger a quien emplear. La consecuencia: una discriminación en el empleo que amenaza la seguridad nacional y el orden público, pues mal que bien estos desafortunados han logrado construir una pobre racionalidad que, al menos permite planificar acciones desestabilizadoras de pequeña envergadura, que sumadas se convierten en grave amenaza.

¿Qué nos quieren decir la investigación del profesor Misas Arango, el informe del Banco Mundial con la OCDE y el análisis conclusivo sobre los dos tópicos que he hecho? La investigación, el informe y el análisis nos dicen que nuestra educación superior cumple una función discriminatoria y excluyente, que no cumple con el ideal liberal de desarrollar la racionalidad potencial de cada colombiano, que socava el proyecto de desarrollo económico, social y político del país, al igual que lo hace la subversión, y que no produce suficientes ciudadanos competentes, conscientes y valiosos.

Pero aquí no termina el problema. Mientras los afortunados optan, en general, por maestrías dentro o fuera del país, y por algunos doctorados para mejorar sus competencias, los desafortunados escogen casi siempre una especialización, para obtener unas credenciales que les permitan mejorar su escala salarial. Pero dicho estudios se caracterizan, como bien lo señala el profesor Misas Arango, por tener “reducidas o nulas capacidades investigativas”, por carecer de “un cuerpo profesoral estable que presente niveles elevados de calificación” y por no responder “a las exigencias de los estudios de posgrado de acuerdo con las normas internacionales”. El problema: de un lado, quienes saben y aprovechan, y del otro, los ignaros convencidos de saber, quienes actúan por convicción y no por razón.

En conclusión: la educación superior, al no cumplir su función unificadora sino profundizar las diferencias y las desigualdades, no solo crea molestas exclusiones, sino que amenaza la estabilidad del país porque a través del clientelismo coopta a profesionales ignaros que promueven la ineficiencia de la función pública; frena el desarrollo económico, crea una sociedad desigual y excluyente que propicia una democracia sin pueblo e impide la evolución del sistema político hacia formas más liberales, incluyentes e igualitarias.

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