Obscenidades

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ana maria ruizDesde que el automóvil fue automóvil y el cine Hollywood, se popularizó la idea de que los asientos de los carros son lugares para el retozo, los besos apasionados e, incluso el asiento trasero de los Buick, siempre se supo, tenían más funciones que transportar a los niños en los paseos.

Que tire la primera piedra quien nunca conoció los toqueteos dentro de un carro, la revolcada de lengua con restregada de blue jean, las hormonas encerradas en un cajón de 1,20 x 4 metros, lo que llamamos en estas tierras la empañada de vidrio a la orilla de la vía. Hubo en los 80 un grupo de rock español que tuvo un relativo éxito en la radio con una cancioncita pegajosa que se llamaba “Qué difícil es hacer el amor en un Simca 1.000”, e incluso conozco casos de hijos no planeados, procreados en la incomodidad de un Renault 4.

Me imagino entonces lo que puede hacerse en una amplia camioneta burbuja, además de todo, con vidrios polarizados. En el patético escándalo del hijo del presidente de la Corte Suprema de Justicia esta semana, la policía explica su actuación como cumplimiento del deber porque encontró a una pareja “cometiendo actos obscenos en la vía pública”, una contravención estipulada en el Código de Policía.

Los policías dicen haberse acercado a ese carro sospechoso, parqueado en una calle oscura, y haber encontrado una escena que los obligó a llevar a la pareja hasta el CAI para que recibieran la respectiva sanción, reprimenda o multa. Pero el chico en cuestión resultó ser hijo del magistrado Luis Gabriel Miranda, Presidente de la Corte Suprema de Justicia, quien en persona llegó al CAI, alterado y vociferante, a rescatar a su hijo de las abusivas manos de la Policía.

Obsceno resulta para todos los colombianos, y para la dignidad de la justicia, ver al presidente de una Alta Corte enfrascado en una discusión de éstas, diciéndole mentirosa a la Policía de un CAI, acusándola de abuso con “su niño”. Esa actitud resulta reprochable como papá y más aun como magistrado. Es indecente que lo que debía resolverse como una simple contravención, un asunto entre la autoridad y un par de jóvenes erotizados, se convierta en un debate de trascendencia nacional porque papi intervino desde su todopoderosa y togada posición.

Obscena, altamente indecente e impúdica habrá sido la actuación de la Policía si llegara a confirmarse que agredieron y golpearon al muchacho, como dice papi que ocurrió. No se sabe realmente lo que sucedió esa noche porque el chico, a pesar de haber sido supuestamente lesionado por los uniformados, no denunció el hecho ni se presentó a Medicina Legal, y al día siguiente viajó fuera del país. Si, claro, el abuso policial siempre es una obscenidad, pero en este caso hay bemoles y dudas razonables que no hacen tan fácil señalar la culpabilidad de los uniformados.

Pero lo verdaderamente impúdico en este episodio no es que unos jóvenes tiren, cojan, pichen o como quieran llamarlo, en un carro al amparo de las sombras de la noche. Lo obsceno aquí es que el carro donde se echaban ese polvo lo pagamos todos con nuestros impuestos.

Eso es lo verdaderamente ofensivo y lo impúdico en este bochornoso suceso. Eso, y que no exista en Colombia ninguna instancia que investigue y juzgue al magistrado por, mínimamente, la indelicadeza con el erario público que supone soltarle las llaves del carro asignado para uso oficial a su hijo y la novia. La obscenidad no está en el sexo, lo verdaderamente obsceno es la grosera arrogancia de los funcionarios que disponen de lo público como si fuera propio.

Por Ana María Ruiz Perea

@anaruizpe

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