¡Ojo al Pico y Placa!

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leo quinteroPor Leo Quintero

Las primeras motos llegaron a Cali a finales de los años cuarenta: eran unos armatostes grandísimos para la policía de Cali, que tenía que controlar a los borrachitos que se lucían en sus Ford tres patadas, oldsmobiles y otros camastrones, que recorrían las pocas calles pavimentadas y las muchas polvorientas de la ciudad.

Y llegaron de la mano de la autoridad, que pretendía prevenir fundamentalmente las colisiones. Aparecieron en esa época los primeros semáforos en Cali, en la llamada Plaza de la Constitución, hoy la de Caycedo, que aún seguía encerrada por la mítica cerca metálica que actualmente circunda el cementerio Central, adonde fue trasladada la verja a finales de los años cincuenta, para encerrar las fosas de las víctimas de la explosión del 7 de agosto de 1956.

Después de las motos llegaron los  escarabajos Volkswagen. Vinieron de la mano de la Federación de Cafeteros, que aprovechó la bonanza de los cincuenta e hizo un intercambio con el gobierno Alemán, al que le quedaban remanentes de los vehículos usados el decenio anterior en ese país, en plena recuperación de la Segunda Guerra Mundial.

Luego de las motos Triumph, que trajo la Policía Nacional, llegaron las Vespa, más conocidas como lambrettas, unas motos de más de 150 centímetros cúbicos compradas por quienes en esa época creyeron en ese medio de transporte. Mientras tanto, en las calles, la Amarillo Crema, la Gris San Fernando, la Rosado Crema, la Blanco y Verde se disputaban los usuarios en el sistema de transporte primigenio que tuvo la ciudad.

En los setenta legó la que muchos llamaron la invasión japonesa, con las motos Kawasaki, Suzuki, Honda y Yamaha. Y se multiplicó el número de compradores, porque esos vehículos de dos ruedas no eran las pesadas lambrettas, sino ágiles vehículos que podían convertirse en todoterreno, según el cliente y su alicorado estado.

Los periódicos de la época, ante el alarmante número de personas lesionadas  por accidentes en motocicletas, ocasionados por la imprudencia de los afiebrados caleños de los setenta, bautizaron la sala de traumatología de la Clínica Rafael Uribe Uribe (del antiguo Instituto Colombiano de los Seguros Sociales) “el pabellón japonés», haciendo alusión al origen de las motos.

Luego, y ante el desbarajuste del tránsito y el creciente número de vehículos de transporte público, buses, busetones, taxis, colectivos, que superaron los niveles de saturación de las calles, llegó la aguda congestión de la que aún no sale la capital del Valle. Llegó la invasión de centenares de marcas de motocicletas.

Hace diez años las cuatro empresas de origen japonés vivieron la invasión india y después la china, con marcas de todos los olores, colores y sabores: motos que se entregaban solo con el recibo de pago o con la cédula, para garantizar que quien la compraba tenía la posibilidad de cumplir con la deuda. Incluso hubo casos en los que el vendedor llevó el vehículo hasta la casa del comprador porque este aún no sabía conducir. ¡Y muchos nunca aprendieron, porque jamás hicieron un curso para respetar las normas de tránsito!

Lo que vino después significó la crisis de las motocicletas, que crecen exponencialmente frente al número de vehículos de cuatro llantas en Cali; tanto, que desde varios sectores han solicitado que se implemente el pico y placa para ellas.

Quienes plantean la propuesta parece que desconocieran que más de la mitad de esos vehículos son usados como medio de trabajo, ¿o alguien puede conseguir trabajo de mensajero si no es con moto? ¿O, también, como operarían los restaurantes con servicio a domicilio para calmar el apetito de quienes apetecen un bocado a cualquier hora del día o de la noche?

Pero como hay de todo en la viña del Señor, por otra parte, las motos han sido mal empleadas en muchas ocasiones. Tenemos a quienes solo cometen delitos con ellas: sicariato, asaltos, robos, atracos y otros más; también a quienes usan los andenes como autopistas cuando aparece el peor trancón; y la peor: a quienes convirtieron el espacio entre dos vehículos en un tercer carril, en cualquier vía de Cali y del país.

Por lo tanto, la medida del pico y placa debe ser sopesada socialmente, porque aunque esté operando en algunas ciudades de Colombia y en otras se haya implementado para controlar los motorratones, la administración de la ciudad debe revisar las condiciones sociales de quienes utilizan este tipo de vehículo, antes de actuar presionados por quienes se sienten afectados con lo que les ha pasado en su entorno.

El pico y placa, dicen los que saben de movilidad, en muchos casos solo ocasionará que quien tenga la posibilidad compre un segundo vehículo (tal como ocurrió en Bogotá con los carros) o adquiera otra motocicleta, ahora que se entregan con diez mil pesos y le suman al usuario el casco, el chaleco y una bendición para que se porte bien.

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