OPINIÓN :Ojos que no ven

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«Traté de imaginar un América imponente en la cancha, pero la verdad no puede, o tal vez no me quise mentir más»

Las 5 de la tarde llegaron con la ansiedad de siempre y con una pizca de tranquilidad,  pues este equipo decadente, juega mejor sin público, sin fiesta, sin aliento, sin banderas, sin presión.  Parece que la ausencia de una masa exigente y desaforada en las tribunas, liberara en ellos ese descaro mayúsculo que los posee cuando se visten nuestra camiseta.

Por fortuna no hubo tribunas ni televisión, para no tener que ver a Suárez con su rostro de entrenador cesado, rumiar chicle y dar instrucciones incoherentes.  Tampoco para ver sentados en posición fetal los 30 goles del año pasado.  Ayron, recibió del entrenador la poco honrosa distinción de ser el primer cambio, luego, lo sacó del área, lo ató y lo retrasó hasta llevarlo al frio banco de suplentes la tarde de hoy.

El rojo inició su andar vagabundo por la cancha del Pascual.  El radio, compañero de estas jornadas sin ojos, desprendió de la voz de un folclórico relator, las primeras gotas de frustración.  El equipo, coincidían relator y comentarista, jugaba peor que el sábado santo en Bogotá.  Imposible, pensé.  Aunque la verdad con este América todo es posible. 

Traté de imaginar un América imponente en la cancha, pero la verdad, no pude, o tal vez no me quise mentir más.  El refrán que sugiere que el corazón no siente aquello que no ve, en este caso, y por desgracia, no tuvo validez, porque a pesar de no estar viendo el juego y creer que no era tan malo, este corazón agrietado, sabía lo que le estaba pasando a su equipo. Estaba regado en la cancha, vacío y deshonrado.

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Herner salió otra vez expulsado.  Escuché que Neider entró, que Yésus no tocó el balón y pude sentir la pereza de Urueña cada vez que el narrador lo citaba en su relato. También escuché que las oportunidades de gol fueron para Atlético, incluso un penal, al que no hubo necesidad de hacerle fuerza, porque sabía que lo iba a errar, simplemente porque son peores que nosotros. Gracias a Dios no hubo la  más remota posibilidad de ver el partido.

Hace unos meses, en un instante crucial de la campaña, le grité a Suárez – Profe, en vos confiamos –. Él levanto la mirada, enérgico alzó su pulgar y agitó el brazo derecho en señal de aprobación.  Depositamos en él una confianza auténtica, pura, aunque sabíamos los ‘troncazos’ que había en la defensa. 

Confiamos en su capacidad para gestionar esa plantilla. Lamentablemente, no pudo con el equipo ni con su soberbia, y esa confianza legítima que ocho meses atrás le entregamos, hoy la recogemos castrada.  De esa confianza genuina, solo queda el recuerdo y un capítulo de este libro que es testigo de todo lo que creímos en él.  Ojalá en diciembre cuando el rojo ascienda y la ciudad estalle en júbilo, profe Suárez, vaya al Cristo Rey, como alguna vez lo dijo, y desde allí aprecie la magnitud de lo que usted no pudo lograr. 

Empate a cero en esta tarde ciega que fue una oda  la mediocridad.

Saludos y gracias por leer estas líneas.

MAURICIO BERMÚDEZ / @MBER226

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