Oye, abre tus ojos

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ana maria ruizUna vagabundería de norma no escrita, pero cada noviembre cumplida sin falta, autorizaba a las gobernaciones a disponer de recursos públicos para llevar a su reina a Cartagena. Así, la platica pública se transformaba, por cuenta del gusto por el boato cortesano, en el ajuar y todo lo necesario para que “la niña vaya a Cartagena a dejar muy en alto el nombre del departamento”.

No sé a ustedes, pero a mi me produce vergüenza que los impuestos de la gente terminen en trajes de fantasía. Pero eso es lo que pienso hoy. Hace 30 años, mi temporada en la realeza criolla tuvo obviamente financiación oficial, razón por la cual aprovecho esta ocasión para presentar disculpas por haber usufructuado de las arcas departamentales en 1984, con el fin de hacer de mi una miss, por decisión oficial del departamento y con la aquiescencia de la familia. Esa platica se perdió, como se pierde la de toda financiación oficial a reinas de cualquier reinado por cualquier entidad del Estado.

Yo tenía entonces 17 años y me creía grande porque desfilaba sobre pasarelas, montada en 20 centímetros de tacón puntilla y con la sonrisa instalada. Los pies dolían de bailar y los brazos se encalambraban de saludar desde carrozas y balleneras. Hice entonces mía la canción de la temporada, la que sonaba en los picós callejeros y en los clubes cartageneros, “oye, abre tus ojos, mira hacia arriba, disfruta las cosas buenas que tiene la vida…”. No me perdí baile ni risa, aunque supiera que, tarde o temprano, llegaba la medianoche y al desaparecer de una zapatilla los cocheros volverían a ser ratones, y la carroza calabaza.

El episodio se supera, y he podido vivir una vida común, descoronada. Pero aunque quiera evadirlo, y no frecuente los lugares ni los eventos relacionados con este asunto, todavía me cruzo con personas que al relacionarme con esto de ser reina en Cartagena, a) me miran con conmiseración “pobrecita, fue reina”; b) me miran con incredulidad, pasando rápida revista “cómo, ¿usted fue reina?”; c) me miran con displicencia “de verdad usted fue capaz de – subida de ceja – ¿ser reina?”.

Puedo responder a cualquiera con un “cómo le parece que si”, y cambiar el tema de conversación. Pero qué va, no es tan fácil. Cada año aparecen los frutos del trabajo mancomunado de periodistas mediocres y reinas atortoladas, que sirve para recordarme que, si estoy por siempre en el costal de las reinas, caigo también en el de las brutas.

Y salirse de ese sambenito es más difícil. La manera como se observa a una mujer que fue reina, demuestra cuánto pesa en nuestra cultura ese segundo morbo detrás del propio de disfrutar con la exhibición del cuerpo de las mujeres: la necesidad de hacer pública la evidencia de su brutalidad, y entonces reírse a carcajadas de su ignorancia, de su cabeza hueca.

Así, la niña del Huila de hoy es la de Antioquia de hace tres años y la de donde quiera cuando se le antoje en estos 80 años de anacrónica tradición. Cada año quienes se exponen en el concurso quedan a la mano de los micrófonos, para confirmar que el contubernio entre la belleza y la poca neurona es irremediable, mientras Raimundo y su séquito se afanan en justificar las reales torpezas.

Así como ser congresista no necesariamente convierte a la gente en hampona, ser reina no convierte mecánicamente a las mujeres en brutas. Y si la falta de inteligencia está en el hecho mismo de ir a Cartagena, créanme que de esa brutalidad uno sí se cura. Si abre los ojos.

Ana María Ruiz P

@anaruizpe

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