“Para mí la farándula es mi material de trabajo”: Fernán Martínez

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Fernán Martínez es un hombre que no para de hablar, debe ser porque ha vivido muchas historias fuera de lo común y porque cuando habla de ellas lo hace con detalles y con análisis. La entrevista iba a durar media horapero duró una, y solo alcancé a hacerle la mitad de las preguntas que tenía previstas. Acá, unas pistas sobre un hombre que se autodefine como un percepcionista.

Claudia Palacios - Fernán Martínez

Claudia Palacios: Fernán, ¿cómo le parece estar de nuevo en las páginas de EL PUEBLO?

Fernán Martínez: Pues es mucha nostalgia, porque para mí EL PUEBLO se acabó,  y tengo todos mis recuerdos allá desde el comienzo, de periodismo y personales. Y de pronto, vi una página con la banderita esa del periódico,decía que “EL PUEBLO”, que era Liberal y que era parecido al de antes, entonces le he seguido la pista. ¡Y después con el lío de Miss Colombia, que dijeron que iba a ser Valle y no sé qué historia! Lo veo y me parece que es un experimento muy interesante. Eso me emociona, me recuerda muchas cosas.

Claudia Palacios: ¿Y todas esas historias van a quedar en el libro que usted está escribiendo?

Fernán Martínez: Sí, yo quisiera. Yo no soy más que un reportero. Hay muchas crónicas por ahí y veo que la gente se acuerda de ellas, además hay como un estilo, hay una época. Estoy recopilando todo porque quiero hacer un libro de las crónicas que se hicieron en esa época. Y el otro es un poco más novelado de la carrera con la farándula, con los famosos.Pero quiero como juntarlos a todos, meterlos todos en una licuadora y sacar un libro. Todas las historias son reales, pero los personajes van a ser un poquito ficticios, por ejemplo, unos van a tener el vestido y la cara de otros y no sé. Es un experimento ahí. Una novela.

Claudia Palacios: O sea que usted va a crear una confusión tenaz porque todos vamos a preguntarle “¿de esto que dice aquí qué es lo cierto y qué es lo falso?”.

Fernán Martínez: Todo es cierto, lo que va a ser falso es el personaje, pero se va a identificar de quién se está hablando.

C. P.: ¿Y eso tiene que ver que con los grandes famosos que usted ha construido tiene algún acuerdo de confidencialidad para nunca revelar nada de ellos?

F. M.: Es por seguridad. El acuerdo de confidencialidad es propio. Tú tienes acceso a la vida de una persona, a sus virtudes y a sus defectos, a sus pasiones, a sus pecados, y no se trata de delatarlos ni mucho menos. Sino que esa información sobre los personajes, esas situaciones que hay tan interesantes y tan originales y estrambóticas, en muchos casos, y tan humanas y pasionales, tantos celos, tanta envidia, tanta miseria, tanta gula, tanta avaricia, tanto ego, hace que tengamos unos personajes muy fuertes, que como periodista los veo, por un lado, como humanos, pero por el otro los estoy viendo como personajes de película: cómo actúan, las pasiones que los mueven y hasta dónde llegan.

C. P.: Por eso, ¿si le resulta tan interesante por qué no contarlo tal cual con nombre y apellido si no hay un acuerdo de confidencialidad y no tiene que atenerse a una demanda?

F. M.: No, porque yo estoy con esto. Si fuera más viejo, lo haría como si fueran unas memorias. Pero la gente puede hablar: si yo hablo de un brujo, supuestamente no va a ser Julio Iglesias; y si hablo de un avión privado pues no va a ser de otro personaje cuyo nombre no quiero mencionar.

C. P.: ¿Cuándo va a salir el libro?, porque por lo que veo ya está trabajando en él.

F. M.: Tengo muchos apuntes. El libro está hecho, falta escribirlo. Por ejemplo, esta historia: una vez iba con Julio Iglesias en un Rolls-Royce en Miami y de pronto Julio dijo: “Para, para aquí, mira ese árbol tan bello. Bájate y pregunta si lo venden”. Yo le respondí: “Julio, es una casa”. Pero él: “¡No seas gilipollas! ¿O no eres capaz? ¿Me bajo yo?”.  Entonces me bajé, y con mi inglés de Popayán le dije a la gringa, en Alton Road: “Señora, ¿usted vende ese árbol?”. ¡Y al final nos vendió el árbol! Y está en la casa de Julio Iglesias.

¡Es que Iglesias es fantástico! Otra es que su piscina en Indian Creek se calentaba un poco porque el motor se recalentaba. Entonces, como él quería el agua fría, durante una época había que llevarle hielo a la piscina. Llegaba un camión y traía no sé cuántos metros cúbicos de hielo. ¡Y esa piscina parecía un Tom Collins! Así hay miles de detalles de todos estos otros personajes.

C. P.: Usted dice que no le gusta la farándula, que no le interesa, pero ese ha sido su material de trabajo…

Claudia Palacios - Fernán Martínez

F. M.: Imagínate lo que piensan los bacteriólogos. Ser bacteriólogo no quiere decir que tenga que gustarle con lo que trabaja. Para mí la farándula es mi material de trabajo. Yo los veo, los entiendo, pero no me mueve ninguno, a menos que sea un personaje demasiado grandioso. Tal vez por eso, porque no me interesan, no me impresionan. O sea, yo los veo y me provocan un poco más de grima.

C. P.: ¿A usted le gusta la música de Julio Iglesias, por ejemplo?

F. M.: Sí, me gusta toda porque es un producto mío, yo lo vendí. Pero yo no es que ponga las canciones de Julio Iglesias. Yo las oigo doscientas veces cuando están en producción, cuando voy del aeropuerto al hotel y oigo en la radio la canción de un artista que yo estoy manejando, me emociona, pero no es que me guste. Yo voy a los conciertos de mis artistas y me gustan, pero voy a ver cómo él trabaja, cómo sale, cómo triunfa.

C. P.: ¿Pero usted mira la música como un producto que se califica aparte del personaje, dice “esto es una basura”, “esto es de calidad y gracias a esto yo puedo sacar más adelante a este personaje”?

F. M.: Es como si tú tuvieras una fábrica de zapatos. No tienes que ponerte los zapatos que produces. No es basura, para mí es buena porque vende, y todo lo que se venda para mí es bueno.

C. P.: ¿A usted no le preocupa si desde el sentido más purista de la música, esa melodía es buena?

F. M.: Me interesa que sea comercial. Y es una parte que a veces es compleja con el artista porque él dice “yo soy artista”; y si sos artista, entonces para qué me preguntás cuántas copias has vendido; si sos artistas, para qué me preguntás en qué posición estás en el chárter; si sos artista, para qué estamos todo el día pendientes de cuántas entradas se han vendido para el concierto.

El éxito es lo comercial, lo que funciona. Yo prefiero ser el productor de una película que sea taquillera y no de una película de nicho. A mí me gustan son los número uno en todo. Excepto con los libros, ahí sí soy selectivo, yo no leo best sellers.

C. P.: Obviamente en Colombia siempre tenemos curiosidad de preguntarle por Juanes, y todo me imaginé menos que en su oficina lo fuera a ver tan rodeado de Juanes. ¿Por qué sigue tan presente él en su decoración?

F. M.: ¡Porque es mi producto! Esos discos que hay ahí me los gané con trabajo. Ahí también están los discos de Julio Iglesias, de Enrique Iglesias. Son mi trabajo. Aquí hay más de cien portadas de revistas, y hay diez de Juanes. Este póster que tú ves ahí es de la gira de este señor en Japón. Esa gira me costó mucho esfuerzo: convencer a una cantidad de gente, incluido el personaje, para que fueran a Japón. Es un triunfo. Ahí está el nombre del personaje y debajo dice “el príncipe de la canción” en japonés. Él nunca se enteró que ahí decía eso porque de lo contrario nunca lo hubiera hecho. Con ese cuento se vendió él en Japón y en Europa.

C. P.: ¿Qué tan legítimo es eso que usted ha hecho: poner unos afiches para que la gente crea que Juanes es el príncipe de la  canción o inventarle novias a Julio Iglesias…?

F. M.: Él no iba a entender, porque “el príncipe de la canción” en Colombia es cursi, mientras que en Japón es una locura.  Ellos muchas veces ni saben lo que se está haciendo.

Yo no me invento las novias de Julio Iglesias. Yo vendo la historia real. Por ejemplo, yo quiero que la prensa publique que Julio Iglesias está cantando en el coliseo de Tokio; entonces, yo llamo a las agencias y les digo que Julio está cantando ahí y solo me contestan “¡ah, qué bien!”, y como el tipo de la agencia no me come cuento, me pregunto cómo le voy a llegar para que él me venda esto.

Entonces, por ejemplo, vamos a un restaurante en Tokio, muy fino, muy costoso donde hay que quitarse los zapatos, y resulta que cuando salimos nos damos cuenta de que se han robado los zapatos de Julio. Luego me buscan para decirme que una fan había llamado para contar que se había llevado los zapatos porque vio que eran de Julio Iglesias. ¡Esto es noticia! Llamo al de la agencia de prensa otra vez y le digo: “Fíjate que anoche le robaron los zapatos a Julio Iglesias”. Y entonces el tipo se interesa. Y la historia está vinculada al triunfo del concierto en el coliseo de Tokio.

C. P.: ¿Usted no se ha inventado ninguna historia para vender algún producto?

Claudia Palacios - Fernán MartínezF. M.:Yo no me he inventado ninguna historia, me he inventado el ángulo. Sería incapaz de inventarme la historia porque soy periodista, y si el otro periodista lo detecta, quedo como un zapato. Pero como soy periodista, un buen periodista, yo sé cómo hablarle a un buen periodista, cómo darle la vuelta a la historia y cómo venderle ese producto. Y eso he hecho con todos.

C. P.: Fernán, ¿depende de usted o de su producto que se conviertan en éxitos, como Julio Iglesias o Juanes?

F. M.: O Enrique Iglesias. Él es un producto muy grande. Nadie creía en él. Pero él hace su carrera y es más grande que Juanes. Enrique Iglesias es un producto que arrancó de ceros: nadie creía en él, ni siquiera el papá Y con los elementos que yo tenía de Julio, lo metí en todo el mundo, convencido de que iba a ser algo grande. Para mí este es el trabajo más grande que he hecho de manejo y de promoción.

C. P.: ¿Pero usted lo hizo porque es el hijo de Julio Iglesias, porque tiene una pinta impecable o por qué?

F. M.: Cuando Enrique Iglesias me llamó tenía 17 años. Yo pensé que andaba metido en un problema con alguna colombiana, “o es la novia de un traqueto o es una colombiana que está embarazada”, pensé. Me citó a un McDonald´s en Coral Way, Miami, y me dijo: “Fernán, es que yo te quiero contar que quiero cantar”. “El hijo de Julio Iglesias a cantar. ¡Complicado!”, me dije yo, pero había que oírlo. Me llevó, entonces, a una casa en Little Habana, donde un tipo que se llamaba Roberto, un productor cubano pequeñito. Estaba produciendo su primer álbum.

Era una casa con abuelitos, con niños, con mosquitos, con perro, con arbolito de mango. Y por allá en un cuartito que olía a ajo, como todas las casas cubanas, estaban trabajando. Enrique empezó a cantar, sin ningún tipo de acompañamiento, una canción que decía “para amarte te regalaría una rosa y una estrella y no sé qué”.

Y lo vi, y vi unas manotas gigantes, un cuerpo increíble, unas pestañas asombrosas, y el tipo totalmente convencido y cantando medianamente bien, ¡y su voluntad! Entonces, yo me dije inmediatamente que eso para las chicas era increíble. “Entramos, yo me le meto. El único problema –le dije– es que sos el hijo de Julio Iglesias”. Pero me exclamó que él no quería “ser” el hijo de Julio. Entonces, yo lo vendí como Enrique Martínez, y lo vendí con una foto y con un demo. Fui a Fonovisa y les dije: “Este es el tipo que ustedes necesitan tener”.

C. P.: ¿A cuántos les ha dicho que no?

F. M.: A muchos, porque no comunican, porque no me convencen y porque no veo dónde los voy a vender. Hay unos que son buenísimos, pero yo me digo “¡y a quién le vendo esto!”, porque ya hay otros mercados parecidos, porque el mercado está en otro momento, porque está gordo, porque está feo, porque está cantando cosas que no son, porque está desubicado, porque es drogadicto, porque es un niño rico, porque es vanidoso, porque no se cree el cuento, porque es malo…

C. P.: ¿Cuál es el compromiso que ustedes firman, usted les dice “yo me hago cargo de usted, pero usted tiene que hacer lo que yo diga”?

F. M.: Ah, claro. Sí. Lo que sea. De todo. Yo soy un control freak. Cuando Juanes se apareció, me lo mandaron y yo no tenía ni idea quién era él, malvestido, hablando pacito, con un piercing aquí y otro allá, con unos tatuajes, tímido, con una ambición chiquitica. Me hablaba de un grupo rockero, Caifanes, de la música rara. Yo decía “¡a dónde vendo esto yo! ¿A quién le voy a vender una canción de las minas?”. Pero comencé a analizarlo bien y vi que era honesto, que tenía cierto sentimiento, cierta novedad. Le dije que yo lo llamaba después, como le digo a todo el mundo. Me llevé el disco para oírlo en el carro, y no lo entendía, no entendía qué quería, para dónde iba. Pero algo me atraía.

Cuando llegué a mi casa mi mujer me dijo que se quería hacer un tatuaje. “Ni de fundas te vas a hacer un tatuaje. ¡Qué tal la mamá de mi hija con un tatuaje”, le respondí; pero ella me argumentaba que se lo habían hecho todas sus amigas fashion. ¡Lo que faltaba! Y me enojé, como me enojo yo. “No seas tan antiguo. Todo el mundo tiene tatuajes”, expuso ella.

Luego, por la noche, yo me quedé pensando en que el tatuaje no es de cárcel, no era lo que yo creía, que el tatuaje es pop, la música necesita tatuajes. Y pensé en el muchacho, que bañadito, cambiadito, cambiándole la música y poniéndole un cohete en el culo podía funcionar. Este tocaba la guitarra más o menos bien, venía con el cuento del rock… “Hay que meterse por ahí”, concluí. “Este es un producto con tatuaje para venderle a las niñas, para que crean que tienen un tipo rudo”. Y empecé a vender el tatuaje. Después hubo que cambiar la música porque de ese primer álbum no se vendió nada. Aparecieron canciones de amor (Fotografía, A Dios le pido), más comerciales. Hay que cantar canciones que se puedan dedicar.

C.P.: ¿Hace cuánto no se habla con Juanes?

F.M.: No sé, quizás un año. No sé.

C.P.: ¿Y con Julio Iglesias?

F.M.: Con Julio hablo mucho.

C.P.: Son amigos.

F.M.: Sí, a Enrique también lo veo, y hablamos, y con Pedro Fernández. Los artistas así grandes que he manejado con todos me hablo. Julio Iglesias me da la razón en todo, y vuelvo yo otra vez a manejarlo porque siempre he estado en lo cierto. Con Julio Iglesias he estado metido en unos problemas complicadísimos por las fotografías de él, por su vanidad, porque a él no le gustaban las fotos, ninguna foto, nada. El producto es peor cuando se hace más viejo.

C.P.: ¿Y usted le decía eso a él? ¿Le decía “usted cada vez es más feo,¿cómo hago?”?

F.M.: Sí, claro. Yo le decía “Julio, vamos a tomar fotos” y él me respondía “Ferny, saca las fotos de Marbella”, y yo: “Pero, las fotos de Marbella llevan ocho años.”

C.P.: O sea que todo es de mentirita.

F.M.: No, pero le cambianba la chaqueta, el look, y era la misma cabecita pero con diferentes looks. A mí me tocaba hacerle cosas: por ejemplo, el pelo estaba muy largo, se lo cortaba. Pero era la misma foto la que tenía que procesar.

C.P.: ¿Qué es lo más íntimo que usted le ha hecho cambiar a uno de sus productos, lo más extraordinario, lo más raro. ¿La novia, por ejemplo? ¿A alguno le ha dicho cambie de novio?

F.M.: Todo. Todo eso influye.

C.P.: ¿Pero usted les dice cambie de novio o de novia?

F.M.: Si no les digo, sencillamente los elimino. Cuando veo que esa persona le está haciendo un daño terrible, busco la forma de eliminarlo. Osea, se la voy sacando, le digo “óyeme, sabes que oí que esta con la que estás saliendo. ¡Es verdad! Antenoche estaba borracha en tal cantina con tal”. Y con eso ya queda. El problema de ser manager es que tú eres el jefe de tu jefe; entonces,que “vámonos para Alemania”, pero ellos dicen“¡uy!, yo quería ir a Cali con mi familia”. Yo insisto: “O vamos a Alemania o nos jodemos”. Y ahí sí: “Bueno, bueno, no te pongas así, vamos a Alemania”.

Claudia Palacios - Fernán Martínez

C.P.: ¿Usted aplica todo esto con usted mismo? Por ejemplo, ahora que está en La Pista, ¿cómo lo aplica, cómo se ha corregido, cómo se ha regañado usted mismo?

F.M.: Lo de La Pista es complicado para mí, porque yo digo “¿qué va a pasar aquí?”. Yo sé cuál es el nivel de reconocimiento que tengo y ahora voy a entrar a otro nivel que no me interesa pero a la vez me gusta porque se trata de lo que he hecho: calificar gente. Entonces. digo que voy a ser un personaje serio, como una presentación mía que es haga de cuenta como de oficina de abogado.

C.P.: ¿Usted es su propio manager, usted no le ha pedido consultoría a nadie?

F.M.: No. Yo manejo ese aspecto.

C.P.: Usted es como enviciado a Twitter,¿o no? ¿Cuántos tuits pone al día?

F.M.: Yo soy enviciado a Twitter porque es mi pequeño periódico. A mí me encanta Twitter, me fascina la interacción, saber qué está pensando la gente.

C.P.: Lo veo muy interesado en volver al periodismo.

F.M.: Claro. Nunca me he ido.

C.P.: No se ha ido, pero ha estado de otra forma o ha sobresalido más por otras cosas.

F.M.: Pero todos los días estoy hablando con periodistas. Mis amigos son los periodistas. Mi casa está con periodistas. Mi mujer trabaja con televisión.Yo llego a España y lo primero que hago es hablar con periodistas, con mis amigos de EL PAÍS y con mis amigos de la televisión. Yo llego a Japón y me compro todos los periódicos de Japón. No tengo ni idea qué dice ahí, pero los compro. Y las revistas, para ver los peinados, las pintas, ¡usted no se imagina la importancia que tiene el peinado de un adolescente! Si no, ¿cómo le vas a vender música a los adolescentes? Yo voy a los conciertos y comienzo a ver la gente, tengo los conciertos medidos, sé en qué momento brincan.  Digo “aquí se van a hacer pipí”, y eso quiere decir que en ese momento, en la misma canción, se van a hacer pipí en Tokio, en Pereira, en Caracas y en Hamburgo.

C.P.: Por eso es que usted se define como un ‘percepcionista’.

F.M: Eso. Es estudiar todo y decirles: “¿Sabés qué?, esa canción está muy lenta, porque es ahí que se supone que la gente se tiene que hacer pipí”.

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