Pastillas para la memoria

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GUIDO-HURTADOPor: Guido Germán Hurtado Vera

Historiador y Politólogo

Al inicio de la década de los noventa y tras la violencia producida por treinta años de conflicto armado en Colombia se generalizó la idea de que tal situación sólo podría resolverse con un gobernante de mano dura. Incluso muchos ciudadanos estaban dispuestos a sacrificar parte de los derechos fundamentales y darle carta abierta a tal gobernante para que tomase medidas excepcionales que implicaban pasar por alto el Estado de Derecho.

Alberto Fujimori, presidente peruano, fue tomado como el modelo a seguir para enfrentar la embestida de los grupos guerrilleros. Su hazaña y los medios que utilizó para combatir a los movimientos revolucionarios Sendero Luminoso y Tupac Amarú fueron considerados como válidos, eficientes y que podrían replicarse con éxito en Colombia. En 1992 Fujimori da un golpe de mano y cierra el Congreso. Tal medida tuvo gran despliegue en los medios de comunicación colombianos y continuamente se hacían paralelos con la situación colombiana.

La imagen de Fujimori como gobernante de armas tomar, permaneció fija en los imaginarios del editorial y varios columnistas del periódico El TIEMPO, entre ellos los hermanos Santos. El 9 de noviembre de 1994 en el editorial titulado “El sendero Fujimori”, página 4A, se muestra la reactivación económica que había tenido el Perú, que se asociaba al éxito que tuvo éste en su lucha antisubversiva y que podría replicarse en Colombia. Al respecto, en tal editorial se hacía la semblanza de lo ocurrido en el país inca:

“…En el Perú se han registrado significativos fenómenos sociales y políticos, que merecen ser más estudiados por obvias razones de cercanía y relevancia con la realidad colombiana. Hasta hace un par de años la economía peruana estaba en tal grado de postración, que se llegó a hablar de la inviabilidad de ese país. Las relaciones del Perú con la comunidad financiera internacional se habían roto y grupos terroristas controlaban cerca de una tercera parte del territorio nacional. Casi cuatro años después, la seguridad interna ha sido restablecida; la inflación, que llegó a más de 7.000 por ciento anual, ha sido reducida a menos del 40, y el año pasado el Perú registró el mayor crecimiento económico de América Latina (7 por ciento)…La recuperación económica obedece en gran parte a los éxitos de la campaña antisubversiva del Gobierno de Alberto Fujimori…”

Un año después se seguía invocando el ejemplo del mandatario peruano para solucionar la crisis colombiana. El 11 de abril de 1995, en el editorial titulado “El Presidente Fujimori”, página 4A, se comentaba sobre la reelección de Fujimori. Se justificaban los excesos en los que incurrió en la lucha antisubversiva mostrando los resultados económicos alcanzados en dicha nación y el aval del pueblo a su gestión expresada en el triunfo en las urnas. Al respecto se escribió:

“…En forma concluyente, Alberto Fujimori ha ganado su batalla por la reelección presidencial, para gobernar la República del Perú durante los próximos cinco años…Después de haberse desempeñado en su primer período con una gran firmeza, que inclusive en ciertos episodios pudo rayar con las fronteras de la arbitrariedad, a la hora de adoptar los peruanos sus determinaciones electorales pesó más en su voluntad el inventario de ejecutorias de Fujimori en materia de orden público, en saneamiento y reactivación económica y en modernización institucional, que las críticas que se le formularon por el incremento de la pobreza…”.

En el año de 1996 la familia Santos insistía en la necesidad de que Colombia contara con un líder con la suficiente entereza para enfrentar y poner fin a los excesos cometidos por los grupos guerrilleros. En principio no tenían claridad sobre cuál podría ser el candidato apropiado. En una primera columna publicada el 18 de abril de 1996, titulada “¿Quién defiende a Colombia?”, página 5 A, Enrique Santos daba las primeras pinceladas al respecto planteando,

“…La subversión ha declarado la guerra al gobierno y esto es un acto de guerra, no se trata del enfrentamiento de dos ejércitos regulares, sino que es una guerra soterrada y sucia donde se violan todas las normas humanitarias y en donde los enemigos del orden golpean cada vez con más saña y poder destructivo. Es una nueva versión del narcoterrorismo…si un Presidente que está más preocupado por sus problemas personales, es el más indicado para liderar la batalla que reclama la sociedad colombiana, contra quienes pretenden doblegarla a punta de atentados y secuestros”

El 11 de octubre de 1996 Juan Manuel Santos escribía en su columna titulada “La abeja y la mosca”, página 5A, tiene la misma percepción que su hermano y manifiesta la urgencia de encontrar ese líder,

“…Un pueblo que no cree en sí mismo, como un equipo de fútbol o un ejército, no puede defenderse, no importa que tan bueno sea. Y ningún equipo, ningún ejército, ningún pueblo puede funcionar y creer en sí mismo sin un líder… la cura para la enfermedad es encontrar un verdadero líder. Se necesita un líder que genere orgullo en vez de vergüenza, inspiración en vez de desmoralización”.

Nueve días después otro miembro de esta familia, Rafael Santos, en su columna de opinión titulada “Más que una mano dura”, página 5A, explicitó su percepción sobre el líder de carácter fuerte que Colombia necesita para acabar con la guerrilla y alcanzar la tan anhelada paz para este país. Argumentaba su propuesta de la siguiente manera,

“…Con una estrategia integral el gobernador de Antioquia está derrotando a la guerrilla. Álvaro Uribe Vélez (el subrayado es mío) es un hombre convencido de la urgencia de pacificar su departamento a cualquier precio (el subrayado es mío) y es uno de los máximos exponentes de la “Mano dura”. Es un total convencido que sin paz no hay desarrollo y se ha propuesto sacar a la guerrilla de Antioquia… Álvaro Uribe Vélez reúne las condiciones necesarias para ser presidente. Hombres como éste, de una sola pieza, firme y que contrasta con el que preside éste gobierno de mil caras, es lo que necesita el país.”

Cerraba filas la familia Santos en que Álvaro Uribe Vélez con sus ejecutorias frente a la subversión en el Urabá, en su época de Gobernador de Antioquia, era el Mesías que podía encarnar esa voluntad firme, ese valor y esa autoridad que se reclama a los gobernantes para afrontar los retos de los violentos. De figura regional trasciende a la esfera nacional y sobre él se fincan todas y cada una de las esperanzas de alcanzar la paz por medio de la guerra.

El epílogo es muy conocido por todos. Los resultados obtenidos en la lucha antisubversiva le generaron altos niveles de popularidad y aprobación a su gestión. Se convierte así en una figura intocable para millones de colombianos que lo llevan al engrandecimiento. Se le concede licencia para pasar por alto consideraciones legales en aras de proseguir su lucha contra las Farc y vengar, de alguna forma, la muerte de su padre a manos de éste grupo subversivo.

La entronización del Mesías ha significado la polarización o radicalización de la opinión pública colombiana y lo que impide que hoy se dé un debate público en el cual se respeten las opiniones diversas y que no se queden en improperios, bajezas y mentiras.

Pero más que eso, es la lucha de unas elites políticas guardianas del statu quo que al no tener claro un panorama para la construcción del Estado y la nación ponen el interés privado por encima del interés nacional.  Hoy la paz más que debatirse como un asunto  que necesitamos los colombianos para vivir dignamente, es un asunto de sumas y restas de votos para alcanzar la Presidencia. De la misma manera que lo es la guerra para quienes del mismo modo sacan provecho a esta situación.

Y el asunto de la paz y la guerra es tan poco claro para la elite política colombiana, qué los Santos que auparon desde la opinión pública al Mesías de Uribe para llegar al poder, hoy se les haya convertido en su principal enemigo político.

*Algunas datos de esta columna fueron tomadas del libro “Representaciones e imaginarios sobre la violencia colombiana en la prensa nacional, 1990-2004”, escrito en coautoría  con el profesor Luis Eduardo Lobato Paz.

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