Paz, convivencia y sostenibilidad

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Álvaro Guzmán BarneyPor Álvaro Guzmán Barney

Director del Centro Interdisciplinario de Estudios de la Región Pacífico Colombiana, CIER

Universidad Autónoma de Occidente

Los diálogos de paz que se desarrollan en La Habana vinculan distintos actores, guerrilleros o estatales, enfrentados durante ya cincuenta años en un conflicto armado que esperamos se resuelva definitivamente. De alguna manera, la guerra interna ha tenido como su escenario principal el campo, del que brotan, entre otros problemas, el llamado problema agrario y los que se derivan de los cultivos ilícitos. También han prosperado en el campo, en un contexto de reducida participación política, distintos grupos insurgentes, acaudillados por líderes que tienen, paradójicamente, una proveniencia y formación típicamente urbanas.

Asumieron el problema agrario y lideran un conflicto de sentido territorial rural que terminó con indudables connotaciones criminales por su vinculación con el narcotráfico. Sin embargo, en cincuenta años, el país ha cambiado notablemente su conformación para pasar a ser un país esencialmente urbano, cierto es, con estrechas conexiones con territorios rurales. Los líderes de la guerrilla, metidos en el monte, no parecen conscientes de la significación de este cambio. El escenario principal del posconflicto será muy probablemente el de las regiones, nucleadas alrededor de ciudades, cuya suerte será fundamental para el devenir del país. Pero se debe tener en cuenta que el tema para los habitantes de las ciudades no es el de la guerra y la paz solamente. Las ciudades han estado asoladas por una violencia de distinta naturaleza a aquella que signa la guerra y la necesidad de la paz. Cada vez aparecerá con más claridad que el tema central es la convivencia y la seguridad de los colombianos, la gran mayoría de ellos asentados en las ciudades.

Hay que subrayar que estos temas, de la seguridad y la convivencia, no están en la agenda de La Habana, afortunadamente; pero sí deben estar en la agenda de quienes quieren hacer política en Colombia en el futuro, entre ellos los grupos insurgentes que acuerden dejar las armas y busquen una mejor sociedad por los medios democráticos. En las ciudades, más allá de buscar que se logre una economía exitosa y de bienestar común, se requiere mejorar las formas de participación política y el funcionamiento del Estado local y, de manera muy importante, desarrollar conductas de ciudadanía, de derechos, deberes y credibilidad en la justicia, que logren reducir de manera sustancial la violencia urbana y la inseguridad ciudadanas. Contrariamente a la posición más aceptada por la opinión, no se logra una mayor seguridad con un número mayor de policías y de agentes de seguridad privada que nos protegen como ciudadanos. Lograremos una mayor seguridad cuando tengamos mayor convivencia, mejores condiciones socioeconómicas (empleo, menos desigualdad y NBI) y cuando los ciudadanos estemos totalmente desarmados y la Policía sólo actúe en casos puntuales, según normas claras y de respeto a los Derechos Humanos. Claro está, este es un proceso de cambio político y cultural que requiere del concurso de todas las fuerzas sociales, las que estén en el Gobierno y las de la oposición y que exige tiempo.

Hay otro tema que tampoco está en las discusiones de La Habana y que aparecerá cada vez con más fuerza en los proyectos futuros, por su impacto en el bienestar de los ciudadanos. Como nos indica el notable académico Julio Carrizosa Umaña, las ciudades cada vez más, y para evitar una catástrofe, deben ser sostenibles ambientalmente. Para que esto sea así, se requiere repensar los modelos de desarrollo tradicionales, replantear nuestra relación con la naturaleza, detener el agotamiento de los recursos no renovables, mitigar el cambio climático. Todo esto tiene un significado particular para las ciudades y sus habitantes que no pueden seguir creciendo de manera concentrada en unas pocas megaciudades que producen, en buena medida, daños ambientales irreparables, desperdicios y desolación entre sus habitantes.

En síntesis, los acuerdos de La Habana seguramente terminen un conflicto armado que ha debido acabarse hace mucho tiempo. Este es ya un logro mayúsculo. Pero contribuirán, por otro lado, a abrir una agenda mucho más amplia y compleja sobre el porvenir y la modernización de Colombia, en la que participarán otros puntos de vista. Lo que estará de fondo es la discusión sobre el modelo de desarrollo deseable y posible para el país y esto, una vez más, implicará consolidar y ampliar la democracia, mejores condiciones para la convivencia y una eficaz sostenibilidad ambiental.

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