¿Pena de muerte? ¡Qué pena la muerte!

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Por Elizabeth Gómez Etayo
Integrante del Centro Interdisciplinario de Estudios de la Región Pacífico Colombiana, CIER
Universidad Autónoma de Occidente

En mi devaneo docente sobre cómo transmitirles a los estudiantes del curso “Imagen, mujer y mercado”, algunas de las características de la cultura patriarcal, llegamos a una discusión en clase sobre la pena de muerte. Me dejó pasmada, una vez más, la superficialidad con que algunas estudiantes proponen la pena de muerte como castigo a algunos delitos, sobre todos a los sexuales, y a la estudiante la dejó más pasmada aún, cuando supo que yo no le daría pena de muerte a nadie. ¿Ni a Garavito, profe? ¡Ni a Garavito! –le dije-. Y pasé a argumentarles. Permítanme, abrimos un paréntesis de quince minutos para tratar de explicarles por qué no estoy de acuerdo ni con la pena de muerte, ni con el sistema carcelario. Espantados me escucharon con atención.

Vamos a remontarnos hasta la Revolución francesa y a la Declaración Universal de los Derechos Humanos; ese hito histórico nos deja como herencia cultural y jurídica, que por el hecho de nacer, solo por el hecho de nacer, ya tenemos derechos como humanos. Y esa condición no se pierde, por lo menos en occidente, por cometer el más atroz de los crímenes. Mejor dicho, hasta Garavito tiene Derechos y ninguno de nosotros, ni las víctimas, siquiera, tienen derecho a quitarle el derecho a otro, aunque sea su agresor. Esta reflexión, que puede resultar básica para cualquier estudiante de Derecho, de Ciencia Política, Sociales o Humanidades, resulta un poco ajena para estudiantes de otras áreas.

Por otro lado, les propuse pensar en los llamados delincuentes como sujetos sociales, culturales e históricos, es decir, -les dije- Garavito no llegó de Saturno, Júpiter o de la luna. No. Es hijo de esta tierra, de esta cultura, de esta sociedad, de esta historia. Más bien, pensemos en qué sociedad y cultura tenemos de donde brotan personajes como Garavito, – que para mí es un enfermo mental, más que un delincuente- pero también brota el paramilitarismo, la guerrilla, el narcotráfico, la delincuencia común, la desigualdad social, la corrupción, las múltiples violencias. ¿Por qué genera tanto repudio social un personaje como Garavito, pero no así, las masacres que ya están consignadas en diversos materiales históricos? Y empecé a describir distintas atrocidades de la guerra colombiana, y ellos empezaron a espantarse. ¿Y por qué no lo sabían? Un estudiante, al parecer ingenuo o con ánimo morboso, me dice que le describa una de las atrocidades de esos otros actores que también han brotado de la tierra colombiana. Jugar con la cabeza de un humano, por ejemplo, degollar niños y niñas, matar mujeres en embarazo y exponer el fruto de su vientre.

Y así, poco a poco, también les propuse pensar, por qué no había indignación cuando el Instituto Colombiano de Bienestar Familiar denuncia que existen cerca de diez mil niños por adoptar, que nadie adopta. Y un estudiante complementa: “y cuando una pareja gay quiere adoptar, genera rechazo social”. Garavito es un show mediático -les dije-.

Por otro lado, el sistema penitenciario y carcelario ha demostrado su ineficiencia para resocializar delincuentes. En el caso colombiano, el solo ingreso al sistema, como en el caso de la cárcel de Vista Hermosa en Cali, que tiene capacidad para 1.500 internos y tiene una población reclusa de un poco más de 4.000 individuos, ya implica una serie de violaciones a los derechos humanos.

Finalmente, les propuse reflexionar en que antes de exigir pena de muerte para algunos delitos, podríamos pensar en que ésta ha estado subrepticiamente declarada en Colombia y que es una verdadera pena tanta muerte de niños, niñas, mujeres, indígenas, campesinos, afrodescendientes, periodistas, maestros, maestras y defensores de derechos humanos; personas que no hacen parte de los círculos de poder políticos, sociales y económicos de nuestro país y cuyos rostros, identidades e historias iban quedando perdidas de nuestras memorias, mientras los medios de comunicación montan shows mediáticos con algunos sujetos como Garavitos. Al final, me voy examinando ideas sobre cómo promover la formación ciudadana entre estos estudiantes que desconocen por completo las ideas de igualdad, fraternidad y solidaridad, que no comprenden qué es ser sujetos de derechos y deberes, y que el mercado, poco a poco, les ha ido cooptando para fines netamente comerciales.

El asunto no está en matar a Garavito –les insistí-, sino en transformar las condiciones sociales, económicas y culturales que hacen posible el surgimiento de personajes siniestros, capaces de las más agudas formas de violencias y, peor aún, algunos de ellos enquistados en la institucionalidad sin que sean juzgados debidamente.

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