“¿Pensaron que me iba a morir o qué?”: Hernán Peláez

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Dicen que nadie es monedita de oro para gustarle a todo el mundo, pero me atrevo a decir que Hernán Peláez es la excepción a la regla. Pise los callos que pise en la política o en el fútbol, su actitud le cae bien hasta a los que reciben sus críticas y burlas. Una actitud que a él, que cuantos más años tiene más caleño es, lo ubica en el olimpo de los que están más allá el bien y del mal.

 

Claudia Palacios: Hernán, ¿por qué un acento tan caleño si hace tanto tiempo salió de Cali?

Hernán Peláez: No sé, salí en el 56. Cuando vine a estudiar a Bogotá, veníamos como un grupo de seis del Berchmans, que nos mandaron ‘trasplantados’ aquí donde los curas, y siempre estuve en ese entorno. Además, en el cuento del fútbol hay mucho jugador vallecaucano. Yo trato de ser muy neutral en el acento como las personas que doblan películas, pero siempre se sale lo valluno, ve.

Claudia Palacios: ¿Que más tiene tan caleño como el acento?

Hernán Peláez: La música, es la música que yo oí en Cali y que la mantengo presente, y tengo la fortuna no solo de oírla sino de difundirla. La comida también, aunque no tanto. Y ahora, como habló tanto con Gardeazábal para organizar los programas, él sí que tiene el acento del centro del Valle.

C. P.: ¿Cuándo fue la última vez que fue a Cali?

H. P.: Nunca dejo de ir a Cali y siempre hago un recorrido por los sitios míos de Cali. Siempre voy al San Nicolás a ver cómo está, paso por el Peñón, voy donde las monjitas de La Merced, de donde comportaba recortes de ostias, al Pascual a San Fernando, es como revivir los sitios donde uno se movió.

C. P.: Empieza por la casa de sus papás…

H. P.: Sí, empiezo por la Cuarta en San Nicolás; voy, miro… no necesito nada, ni hablar, no tocar la puerta, ni nada, es como reconstruir los sitios donde yo estuve.

C. P.: Y después, al Zaguán de San Antonio…

H. P.: Voy a San Antonio. Tengo amigos ahí. Toño y otros, ahí pido chuletas.

C. P.: Y jugo de badea….

H. P.: No, eso era donde Doña Francia, el sorbete de badea y las cucas. Yo iba mucho a Cali cuando hacía fútbol de estadio. Había que ir a acompañar al Cali o al América, y siempre iba a donde Doña Francia, que es Miraflores.

C. P.: ¿Champús en dónde?

H. P.: En el estadio, y las grosellas…

C. P.: ¿Y acema con Popular en dónde?

H. P.: No, con Popular no, con Tamarindo Lux. No se consigue en Bogotá. ¡Uf!, extraño los aborrajados. El plátano con queso y bocadillo. Yo iba mucho a ese restaurante que queda por el zoológico.

C. P.: ¿Y jugo de mandarina en el  Club Colombia?

H. P.: No, ese es para los estirados de Cali. Una vez fui con Lenis, con Édgar, ese señor sí que era bravo…

C. P.: Después del tour de nostalgia, el de baile.

H. P.: Siempre íbamos a Éxtasis, en el centro, y eventualmente en Juanchito a ver bailar.

C. P.: ¿Y por qué no a bailar?

H. P.: Allá hay unos bailarines muy bravos. Uno tiene que ser consciente de sus limitaciones.

C. P.: Pero todavía baila…

H. P.: Sí, pero bailo al estilo de Héctor Lavoe, o sea, la salsa vieja, no esa brincadita de ahora, que es muy rápida.

C. P.: ¿Y la canción favorita?

H. P.: Siempre he sido enamorado de Bienvenido Granda. Él cantaba boleros y música movidita. Eso lo tengo claro….. para mí… la música es Cali. En la orilla del mar, Nostalgia, Dos gardenias

C. P.: ¿Y el gusto por el tango no es caleño o sí?

H. P.: Eso es influencia de mi papá y mi mamá, que son de la zona de Quindío, allá se oye mucho tango y música llorona; en cambio de Cali me acuerdo de la música de Olimpo Cárdenas, que era la música que oían las muchachas del aseo.

C. P.: ¿Y tiene sus huequitos para oír música en Cali?

H. P.: Hace tiempo no estoy en Cali de noche, pero me gustaba Éxtasis, porque el señor tiene una discoteca de discos de los de antes, no de CD. Me decía “¿qué quiere oír?”, “un bolero que se llama Fichas negras cantando, Leo Marini”. Y el hombre lo tenía.

C. P.: A propósito de remembranzas, el poeta Jotamario Arbeláez escribió una columna recordando su adolescencia en Cali, pero me parece que se le pasó contar que usted se la pasaba metido allá en la sastrería del papá del poeta porque a usted le gustaba la hermana de él….

H. P.: Nooo, éramos vecinos. Ya en esa época, Jotamario quería ser actor, se ponía capas y cosas y nosotros al pie de él. Era muy querido, no solo el papá de él, Don Jesús, sino la abuela, Doña Carlota, y un tipo muy querido que se llamaba Jorge Giraldo, esposo de una tía de él. Él nos hablaba de ‘los pájaros’, era la época de La Violencia y él nos hablaba de ‘los pájaros’. Eran unos cuentos reforzados pero buenísimos.

 C. P.: ¿Y el gusto por el fútbol también viene de Cali? ¿Jugaba mucho?

H. P.: Sí. Nosotros jugábamos en el colegio, en la cancha de Croydon. En el colegio, en el Berchmans, jugué mucho. En Bogotá jugué mucho, en la Universidad… Fuimos a los Universitarios de Pereira y me fregué una rodilla, me extirparon los meniscos y se me rompieron los ligamentos. Luego me tocó hacerme un trasplante de rodilla.

C. P.: De Cali también viene el gusto por comentar fútbol.

H. P.: Yo vi mucho fútbol estando en Cali. Cuando íbamos a vacaciones a Cali traían equipos a la Feria de la Caña y yo de desocupado me iba a los hoteles a hablar con los jugadores y con los técnicos. Solamente me atreví a escribir de fútbol en el 63, después de haber oído mucho cuento de fútbol. Fue en una columna. Yo siempre fui de la teoría de que uno para hablar de algo tiene que oír a la gente hablando de eso

C. P.: ¿Por qué el Cali y no el América?

H. P.: Porque fue al primer equipo que vi. Mi papá me llevaba al San Fernando. La primera vez que fui el Cali jugó contra el River Plate de Argentina. Ganó el Cali, que empezó perdiendo. Ahí empecé yo a ver al Cali, lo iba a ver entrenar en la cancha del Popular. Ya en Bogotá, el Cali no existía, el Cali desaparece a finales del 55 y vuelve en el 59. Cuando el Cali vuelve, que viene a Bogotá, fue la locura. Fuimos a ver el equipo con mucha emoción.

C. P.: ¿Y cuál ha sido para su gusto el mejor equipo del Cali?

H. P.: Yo recuerdo los jugadores pero un equipo no. Pero sí los jugadores que tuve la fortuna de ver, por ejemplo, Loaiza, Camilo Cervino. Pero nunca fui el hincha que se va a suicidar. Me gustaba el equipo, como también me gustó el América de los años 60, 62, un equipo que armó Pedernera.

C. P.: Ahí casi se tuerce.

H. P.: No, a mí me gusta ver fútbol y veo cantidades. Me gusta el que juega bien. El hincha va con el equipo, juegue mal o juegue bien. No soy hincha….

 C. P.: ¿Tiene camisetas del Cali?

H. P.: No. Iván Ramiro me mandó camisetas del Inter, y Yépez también estuvo presente cuando estuve enfermo. Me hice amigo de Yepes porque yo acompañé al Cali a una Copa Libertadores a Brasil. Un día nos escribió y nos dijo “los oigo por Internet, pero ya no los oigo porque ustedes hablan de muchas viejeras”. De ahí lo tenemos levantado, cada vez que vamos a recordar algo, decimos: “Yepes, apagá que vamos a hablar de una viejera”.

C. P.: Es regionalista, ha trabajado con muchos vallecaucanos: Jaime Ortiz Alvear, Armando Moncada Campuzano, trabaja con Gardeazábal, Iván Mejía…

H. P.: No, yo he trabajado con gente de muchas partes. Me gustan los muchachos de Santa Marta, Campo Núñez y Carlos Lanao. Tienen esa pausa que no tienen otras regiones. He trabajado con paisas y santandereanos, y uno de los éxitos que tuvimos en La Polémica era que el oyente se sentía representado cuando dábamos cambio a Pereira, a Bucaramanga…

C. P.: Pero los grandes amigos sí son caleños.

H. P.: Ah, sí, eso sí. Yo soy asocial, a mí no me gusta salir en la fotos y eso. Eso es solamente para Bessudo, que es el que sale en todas la fotos; pero, además, no tengo tiempo. El grupo es muy reducido pero la pasamos muy bien. Alfredo Cardozo, de Cali, Gustavo Alberto Lenis, el negro Caballero, que es caucano, Toño Uribe, que está en Cali…

C. P.: Pero eso es porque se entienden mejor por ser de la misma tierra….

H. P.: Sí, la terminología, la comida, los gustos. Ahora, no cambio ninguna tertulia por una con gente del fútbol. En estos días, a mi señora le preguntaron algo parecido y dijo: “Mire, él puede tener una cita con el Papa, pero si lo está esperando Sarnari y los amigos del fútbol, se va para allá”.

Yo, por ejemplo los lunes, siempre voy donde Sarnari a hablar de fútbol. Siempre nos reunimos y discutimos de fútbol. Una vez nos juntamos en Cali con Castronovo, Rossi y yo fui con Juan Manuel González, que era un periodista de Bucaramanga, y cuando le preguntaron cuál había sido su papel en la charla, dijo: “Saludé ‘buenas noches’ y a las seis de la mañana ‘buenos días’, porque esos tipos no dejaron hablar”.

C. P.: ¿Y las mujeres de Cali son como las flores?

H. P.: Las caleñas sí. ¡Uf!, no hay como el caminado de las mujeres de Cali. Así como las de Manizales hablan melosamente, las de Cali caminan espectacular. Bailan… ¡no! ¡Y son! Ahí volvemos al cuento del lenguaje, cuando uno las oye hablar dice ya “esa es de Cali”. Uno con una caleña puede hablar en confianza.

C. P.: Me dijeron que el mejor piropo se lo dijeron un día en Cali, que le dijeron que usted para las mujeres es como Amparo Grisales para los hombres. ¿Lo piropean mucho?

H. P.: Nooooo. Todas me saludan y terminan diciéndome “mi mamá y mi tía lo admiran mucho!”. Yo: “ah, bueno, muchas gracias”. Siempre hacen referencia a la casa: “Mi papá lo oía”, etc.

C. P.: Con ese aprecio que le tiene la gente en Cali, ¿no se le ha pasado hacer política?

H. P.: ¡Nooo! Para hacer política hay que ser primero mentiroso. No hay cómo criticar a los políticos. El éxito de La Luciérnaga es que está en Colombia. Este es un país desordenado que nos da eso. Mientras haya corrupción este programa sigue. Yo tengo un personaje que es el cura Hoyos, que todos los días tiene un robo confirmado.

C. P.: Y el Valle, ¿cómo lo ve?

H. P.: El problema del Valle es que se perdió la presencia de líderes. Yo recuerdo la época de Harold Zangen y eso. Se perdió. A Cali la mató la época del narcotráfico, y la clase dirigente o se frenó o no quiso hacer o no se quiso exponer, pero al Valle le falta empuje cívico. Es que después de lo que hemos visto en las gobernaciones es de llorar. Líderes cívicos tiene que tener el Valle, a Cali le falta un líder, un tipo, primero, que tenga plata para que no tenga necesidad de robar y que tenga espíritu cívico. Imposible que no haya.

Me sorprendió, por ejemplo,  que Carvajal haya importado un paisa –Obregón– para manejar la empresa. Con todo el respeto por Obregón, ya cuando Carvajal tiene que importar un paisa, estamos fregados. Hay tipos importantes como Carlos Arcesio, que maneja su Harinera del Valle. Me parecen muy buenos los que manejan los ingenios, pero en Cali tiene que haber un tipo que arrase.

C. P.: La van a hacer un homenaje en la Universidad del Valle el 19….

H. P.: No es un homenaje. Es un congreso médico, y me invitaron para que cuente mi experiencia de cáncer. En eso yo lo tengo claro. El médico fue claro conmigo, Cuando vio los exámenes me dijo “tiene un mieloma no sé qué”, le dije “hábleme en español” y me dijo “tiene cáncer en la médula”. En ese tipo de enfermedades es la actitud; claro que yo tengo la ventaja que otros no tienen: el trabajo.

C. P.: El cariño de la gente también.

H. P.: Sí, pero uno se tiene que ayudar. A mí me hacían esas sesiones de quimioterapia y le dije al médico “mire, hagámoslas el viernes para poder trabajar, porque al otro día queda uno como si le hubiera dado Mike Tyson”, y así manejé 24 sesiones de quimio.

C. P.: Y ya está al otro lado…

H. P.: Le voy a decir a los médicos que sean sinceros con el paciente. El cáncer no se acaba, el cáncer lo controlan, lo que buscan es que se duerma.

C. P.: ¿El suyo está dormido ya?

H. P.: Pues no sé. Yo me hago chequeos cada tres meses. Lo importante es estar haciéndole seguimiento.

C. P.: Hernán, ahora se le iba a salir una palabrota y todo el mundo me dice que entre amigos es de guevón p’arriba.

H. P.: Fíjate que me preguntaste del hablado valluno y la gente se acostumbra a como habla uno. Los controles saben cómo hablo yo; por ejemplo, el tipo se equivoca en el disco y yo le digo “gran marica, ¡no sabe leer o qué!”. El día que volví, después de trabajar seis meses desde la casa, les dije: “Quiubo, güevones, ¿pensaron que me iba a morir o qué?”.

C. P.: Hubo gran algarabía, me imagino…

H. P.: La gente fue muy especial. Un día llegó mi señora, que venía de misa y me dice: “Te mandó una señora esta cosita y una estampita, es un aceite que traen del Líbano del santo San Charbel, un santo maronita libanés”. Me puse a investigar y así supe que el tipo hacía sanaciones.  Recibí camándulas, aceites, de todas partes recibí cosas. Pero la actitud es la que te salva.

C. P.: ¿Usted le sigue rezando a San Charbel?

H. P.: Sí, claro.

C. P.: Y eso es con rezo, rezo, que San Charbel te pido que tal y tal…

H. P.: Sí, pero primero hay que darle las gracias, eso me lo enseñó un cura. Uno, primero da las gracias por los favores recibidos y después sí le mete el varillazo.

C. P.: ¿Y qué varillazo le está metiendo por estos días?

H. P.: Pido por los nietos. Tengo cinco, y uno ya no pide por los hijos o la hija, sino por esos enanos para que no les pase nada.

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