Perdónalos Alá

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@VillanoJair

Si hay una persona que ha sentido a flor de piel el temor infundado por los fundamentalistas musulmanes es Salman Rushdie. Con la publicación de su novela Los versos satánicos en 1988, Rushdie fue víctima de la intolerancia del ayatolá Jomeini, quien, amén de fustigar el contenido de la novela que le mereció al escriba el pecado de apostasía, ofreció una recompensa por su muerte. El libro fue censurado en Pakistán, Egipto, Somalia, Sudán, Malasia, entre otros países. Rushdie tuvo que esconderse y enterarse desde el exilio que HitoshiIgarashi, traductor del libro al japonés, fue asesinado en Tokio en 1991; dos años después el editor noruego, William Nygaard, fue tiroteado en un suburbio de Oslo, presuntamente por la traducción del libro. El ayatolá Jomeini consideraba a todo aquél que permitiera la traducción de la obra un hereje que merecía la cesación de la vida. En 1997 la recompensa por la cabeza del escritor fue doblada y apoyada por las autoridades iranís. Y aunque en 1998 el gobierno de este país negó la persecución contra Rushdie, hay radicales que lo siguen considerando un enemigo, tan es así que en 2012el escritor tuvo que cancelar su participación en un encuentro literario en India. Ay Alá.

Cuento esto –y me disculpan los lectores por no aludir al contenido literario de la obra– para afirmar que, aunque hubo numerosas víctimas producto de esta despiadada decisión del ayatolá, el efecto no sirvió para los propósitos que tenía la fatwa, pues si bien Rushdie tuvo que ocultarse y vivir rodeado de guardaespaldas la obra se convirtió en un best-seller, del que todos hablaban y seguirán hablado. Rushdie, de hecho, escribió 7 libros más.

Lo ocurrido con Charlie Hebdo es similar. Aunque los extremistas perpetren masacres, la revista no va a dejar de seguir con sus contenidos irreverentes y procaces, no va a dejar de poner el dedo en la llaga y no se va a exonerar de criticar credos porque, si el credo es respetable la crítica al mismo también debe serlo. Charlie Hebdo perdió cuatro de sus mejores caricaturistas, pero ganó el reconocimiento del mundo. Es importante la muestra de solidaridad que le han dado los dibujantes y periodistas en el planeta, con eso se demuestra que pese a los ataques la libertad de expresión resiste con estoicismo la barbarie de un grupo de personas que, a diferencia de los caricaturistas, desembarazan su irascibilidad con balas. Demostrando con eso física y nefasta estrechez mental.

Eso es lo grave. Que con personas cuyo reduccionismo intelectual les obsta atenuar los hechoses muy difícil –por no decir imposible– dialogar. Y entonces la pregunta clave es ¿qué hacer? ¿Qué hacer con los fundamentalistas que amedrentan el mundo con sus ataques? A esas personas no les interesa saber en qué consiste la libertad de expresión, no existe el delito para ellos, porque lo hacen en procura de defender sus creencias.

-“¡AllahuAkbar!”.

Dicen que gritaron los asesinos mientras disparaban.

Uno diría que lo mejor es el diálogo. Pero y si la contraparte no está dispuesta a limar asperezas, ¿qué mecanismo queda? Creo que eso es lo clave en este asunto, en que hay que tomar medidas y pensar cómo paliar la situación a corto y largo plazo, ¿cómo lograr vivir en sociedad a pesar de que una parte de esta se resiste a vivir como tal? ¿Cómo evitar la estigmatización traducida en Islamofobia? ¿Y la nacionalista Le pen? Ay ayay.

Elaciago caso me recordó la historia que se narra en La guerra del fin del mundo, esa imponente novela de Vargas Llosa que narra lo ocurrido en Brasil en 1896, cuando recién se constituía el país como República. La famosa guerra de Canudos, en la que un grupo de fanáticos liderados por El Consejero luchaban a capa y espada por su independencia y porque estimaban a la República como el Anticristo.Algo que solo puede caber en mentes obtusas y con hambre.

-¡Alabado sea el buen Jesús, alabado sea el Consejero!

Gritaban los Yagunzos cuando se enfrentaban al ejército brasileño.

En fin, creo que fue Shakespeare el que dijo que la razón es una perra que se acuesta con todos. Todos creemos que tenemos la razón, todos nos acostamos con ella. Así, los musulmanes están en su derecho de creer que quienes caricaturizan su credo son un grupo de infames que no merecen cosas buenas, pero ¿para eso no está Alá? Debe ser bastante difícil tolerar que las convicciones de uno se parodien, en un mundo de doble moral no imagino qué dirían aquellos fervorosos creyentes de Jehová si su hijo fuera objeto de burla en un medio de comunicación. Como mínimo Ordóñez quemaría el dibujo. Y sin embargo, nada, absolutamente nada justifica causar una muerte.

Por cierto, hablando de doble moral, me acuerdo que un padre me dijo que no leyera al sacrílego Baudelaire, pero yo, que sé que el mundo está atestado de seres abyectos, encuentro refugio en uno de sus versos:

-Señor, no me hagas inferior a los que desprecio.

Ay, perdónalos Alá.

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