Persecución política

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Por Jaír Villano

@VillanoJair

Al mismo tiempo que una parte del país asimilaba la noticia más esperada de las últimas décadas, el otro país se mordía los dientes,  cerraba los ojos y tapaba los oídos. Y sin embargo tenía fuerzas para rumiar: ¿Paz? Pero si acaban de atrapar a Andrés Felipe Arias; ¿Paz? Pero si acaban de darle muerte política al magistrado más probo: Jorge Ignacio Pretelt; ¿Paz? Pero si le están entregando el país al castrochavismo. Y desde el otro lado del continente, la candidata más firme en la contienda por el Imperio (¡la candidata de Wall Street!), Hillary Clinton, celebraba eso que a ellos no les entusiasma.  Y uno no entiende, porque ¿O Clinton es castro-chavista o ellos no saben quién es Clinton? No importa. Si en este país lo que hay es persecución política.

Si no fuera tan abrumadora la masa que se aferra a eso, sería hilarante esto que digo. Podría ser un insumo para un aforismo de Bernard Shaw, pero no: es una parte de una nación que acaba de terminar la negociación que le pondrá fin a la guerra con la guerrilla más longeva del mundo.  Y qué importa, si mientras esa parte de Colombia celebra, al gran reformador agrario, Andrés Felipe Arias, y al magistrado de la familia, enemigo de Fidupetrol, Pretelt, se les hace mal por sus inclinaciones políticas.

Y entonces se deja de lado lo más sustancial en este acontecimiento, y es algo que los debería hacer valer como oposición, la ciudadanía que no es ni de allá ni de acá, ni pro ni anti paz, no se inmuta porque no es con ellos. Es que hay que decirlo: es irónico que un exguerrillero vaya a recibir beneficios del Estado, mientras ellos, que no han hecho la guerra, solo reciben la espalda de ese mismo Estado. Los he escuchado -y no comparto, pero los entiendo-: “Había que volverse guerrillero para recibir beneficios del gobierno”. Aquí se concentra un nudo gordiano, dado que es producto de la histórica negligencia social que se suscitan este tipo de apreciaciones.

Y uno intenta matizar, hacerle el quite a la estulticia de este gobierno, pero, hombre, cómo matizar a sabiendas de que el hijo del líder de la campaña a favor del plebiscito, Simón Gaviria, despilfarra 9.000 millones en una encuesta que buscaba medir la felicidad de los colombianos.

Y cómo matizar, si Vargas Lleras entregó casas y ahora puentes y carreteras con el dinero de los colombianos. (Resulta que es el más fuerte candidato a la presidencia, pero ah, ahí la oposición calla, porque saben que, a fin de cuentas, es uno de los suyos).

Lo saben todos, pero no lo entienden todos, por eso lo repito y me repito: en esto en lo que se ha convertido el juego político. En protervas expresiones del oportunismo humano. No importa el país. O importa, pero en abstracto. No importa la paz. O importa, pero en abstracto. No se detienen en las formas en que buscan conseguir sus objetivos.

Ellos siguen en sus luchas, y el país ahí. Hablan de paz, persecuciones, y el país ahí. Ah, pero dice Enrique Santos que recibamos la noticia con optimismo…

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