Podemos cambiar más

0

camilazuluaga_800x669Por Camila Zuluaga

@zuluagacamila

Se cumplieron treinta años del holocausto del palacio de justicia. Como bien se ha dicho, son muchas las heridas que siguen abiertas pero también muchos las trasformaciones  que como nación hemos logrado; entre ellas, que precisamente hoy, treinta años después, el alcalde de la ciudad más importante del país sea un ex militante del M-19. Por supuesto, a pesar de los cambios y de las alternativas en política de quienes hace tres décadas no vislumbraban  la posibilidad de llegar al poder por la urnas, aún hay cosas que permanecen arraigadas en el funcionamiento de nuestra nación.

No quiero defender la administración de Gustavo Petro, y mucho menos decir que su mandato fue el más destacado, tampoco apelaré a la responsabilidad de los medios como ingrediente fundamental de la percepción ciudadana sobre su fracaso, ni a como lo ha hecho el burgomaestre durante cuatro años para evadir sus culpas; pero, en aras de la objetividad, debemos reconocer que los medios y la opinión utilizaron un rasero diferente con él.

Implacables fueron las evaluaciones de sus acciones y políticas, pocos los reconocimientos, y muchas las batallas que el propio alcalde se encargó de alimentar. Con un discurso permanente, basado en la diferencia de clases, se encargó de que se rechazara su figura y mandato en un país en el que su establecimiento y ciudadanía históricamente se han resistido a aceptar como viable esa forma de gobierno. Es imposible no pensar que si las mismas políticas que él implementó las hubieran ejecutado otro,  la evaluación habría sido laxa y distinta; de hecho, ya lo estamos viendo.

No pasaron ni dos semanas de las elecciones regionales y ya el alcalde electo, Enrique Peñalosa, está anunciando la posibilidad de un tributo adicional que pagarían los estratos altos en Bogotá para poder financiar los programas de seguridad que tiene pensados para la ciudad; sin embargo, no registraron críticas significativas al respecto; poco se sabe de algún ciudadano preocupado que esgrimiera como es habitual cuando de impuestos nuevos se habla, que es el colmo que el nuevo alcalde esté planteando algo así sin ni siquiera haber tomado posesión de su cargo. Si hubiera sido Petro quien hoy, en su camino de salida planteare algo semejante, la opinión habría salido lanza en ristre a atacarlo sin mayor compasión.

Algo similar ocurrió con el gobierno nacional; un solo día después de la elección, ya estaba el presidente, la policía y sus ministros anunciando que las cosas ahora si iban a funcionar, que Bogotá iba a arrancar como una locomotora. ¡Qué falta de respeto! Un gobierno nacional debe articular su política con cualquier mandatario regional, no importa cuál sea su inclinación política. Quedó demostrado que no, que aquí todavía eso no ha cambiado.

Nos faltan muchas transformaciones. Ojala que los recuerdos de estos días sobre ese cruento episodio del Palacio de Justicia, nos sirvan para reflexionar acerca de qué tan tolerantes somos con quienes piensan distinto; sobre todo, cuando nos preparamos para aceptar la entrada en la sociedad civil de quienes por años intentaron tomarse el poder por vía de las armas y ahora quieren hacerlo en las urnas, esperando que esta vez haya un trato equitativo hacia todas las facciones políticas.

Comments are closed.