Poe, el rey del relato oscuro

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Por Jaír Villano

@VillanoJair

207 años no los cumple cualquiera. Menos en un universo tan selectivo y excluyente como el literario, por eso no es impertinente hablar del que ha sido padre de grandes autores de diversos estilos, entre ellos Baudelaire, que lo tradujo al francés; Borges, que lo encomiaba cada que podía; Cortázar, que lo tradujo al castellano, entre tantos otros que seguimos disfrutando con sus relatos sombríos y brillantes.

Escribo esto un martes 19 de enero en un tercer piso de un balcón fascinante; una calle fría y queda; unos punkis que pasan al vaivén de unos cuantos carros; unas montañas que las nubes disiparon. Escribo desde una casa de arquitectura longeva, de pasillos estrechos, de poca luz, se acerca la media noche; escribo en un ambiente de esos que dibujaría con esplendidez el gran Edgar Allan Poe.

Y a pesar de que la atmósfera se presta para otras cosas, no quisiera referirme a sus mitificados excesos con el alcohol, a su exagerada vida disoluta, o a su inverosímil boda con su prima de menos de 18 años de edad; ni si quiera me voy a referir a su obra, sino más bien a cuestionar un título que le han otorgado, y que quizá no le corresponda.

En efecto, a Poe se le conoce como el creador del relato policial, luego de que un grupo reducido de lectores se deleitara con su cuento ‘Los crímenes de la calle Morgue’, publicado en Graham’s Lady’s and Gentleman’s (1841), un magazín que se difundía en Filadelfia.

Y a pesar de que este es uno de los textos más importantes en el género policial, donde la perspicacia y la observación debe sobresalir, donde el dato oculto debe seducir, donde el detective debe ser audaz, inteligente y valeroso; pese a que el detective Dupin es de esos personajes que la literatura no olvida, y eso que hacía parte de un relato breve. Con todo y eso, no es Edgar Allan el precursor del relato policial, pues antes de la creación de su cuento, hubo varias historias que seguían la línea estructural del género.

Poe fue más allá: le imprimió a la especia literaria una estética que las anteriores historias no ofrecían.

Para no extender mucho lo dicho, antes de que Poe ofreciera sus relatos al mundo, hubo escritos como ‘Los tres príncipes de Serendip’, traducida del persa al francés en 1767, una historia que, grosso modo, narra la astucia de tres personajes que gracias a su agudeza mental logran deslindar el paso de un camello y una mujer embarazada sin siquiera tener un contacto directo. Es decir, se hace gala de la observación. La misma de Dupin.

Ahora bien, hilando delgadito, se podría ir más atrás, para de esta forma recordar la historia de Susana, una bella joven que iba a ser castigada por esconderse en un árbol con un sujeto, pero que es salvada, -de unos ancianos que, tras no acceder a sus peticiones, pretendían abusar de ella-, por Daniel, un joven que desconcierta al juez con una pregunta simple: ¿en qué árbol fue observada? Ninguna de los tres adultos responde, con lo cual se hace uso de otra de las técnicas que emplearía Dupin, Vidocq, e incluso Holmes.

Esa historia se puede encontrar en el Antiguo Testamento.

Freud citaba a Giovanni Morelli, un historiador que decía que, para identificar una obra verdadera de un falsa, no era menester fijarse en las características más sobresalientes, sino en las más irrisorias cualidades. El demonio está en los detalles.

Y entonces aquí es cuando entra la relevancia del genio, que, a diferencia de otros, hace de lo común algo loable. Poe hizo de la observación, la sagacidad, la pormenorización un género que sigue trasnochando lectores.

Hombre, no en vano dijo Borges que sin los relatos de Edgar Allan es inconcebible la literatura actual.

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