Polarizados

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Camila ZuluagaPor Camila Zuluaga

Vivimos en un país polarizado, no es  secreto para nadie. Es la herencia que nos dejó la era del expresidente Uribe,  la doctrina de “si no estás conmigo, estás en mi contra” es una de las premisas con las actualmente vivimos los colombianos.  

La polarización comenzó a vivirse en los escenarios políticos: se estaba de acuerdo con la forma en la que el expresidente estaba llevando las riendas del país o se estaba en contra. El calificativo menos agresivo al que uno era sometido por expresar una posición distinta a la de los seguidores del mandatario era “miembro de las Farc”.  Más de uno en la sala de su casa en una reunión familiar o en la oficina presenció duros enfrentamientos que, incluso, terminaron por romper relaciones, como consecuencia de esa discusión. 

Hoy, dos años después, nada ha cambiado: las cosas siguen igual o peor que en aquellos tiempos. El expresidente sabe perfectamente utilizar aquel principio maquiavélico de divide y reinarás, y eso es lo que aplica todos los días a través de su cuenta en Twitter y de los medios de comunicación.  El presidente Santos, por su parte, no se ha quedado atrás; a su manera, ha caído en ese juego al que ha sido inducido y en otros casos, que él ha propiciado.  

Pero las divisiones no se han quedado solo en el ámbito nacional. A nivel local, en Bogotá, observamos otra de las grandes polarizaciones que vive la política colombiana: la alcaldía de Bogotá y el gobierno de Gustavo Petro al frente del distrito. El mandatario distrital ha sabido capitalizar la división que él representa entre las clases menos favorecidas y las más pudientes del país; tanto así, que en varios de sus discursos ha utilizado ese recurso. El fenómeno que conocimos con Uribe también lo vivimos con Petro. Sus seguidores son radicales y no permiten  la crítica o el disentimiento; nuevamente: se está conmigo o se está contra mí.

Eso sí, la polarización no se queda solo en la política. También la vivimos con el caso judicial más sonado de los últimos años: el asesinato, como dijo Matha Lucía Zamora, la fiscal encargada del caso, de Luis Andrés Colmenares.  Este caso, que en la semana dio un giro que sobrepasa la ficción, también ha sido objeto de agresiva disparidad en las opiniones.  Por un lado, algunos creen que Laura Moreno, Jessy Quintero y Carlos Cárdenas son los culpables de la muerte de Luis Andrés; por el otro, hay quienes creen que estos estudiantes han sido privados de su libertad injustamente y por causa de una persecución mediática. Es un caso que ha despertado todo tipo de pasiones y generado toda clase de discusiones. Ha llegado a tal punto, que hasta los medios tomaron posiciones radicalmente opuestas sobre él.

Los anteriores son tan solo algunos de los ejemplos más visibles que reflejan lo polarizados que estamos en Colombia, y cómo los ánimos intolerantes a las diferencias se han agudizado en los últimos años en nuestro país. 

Esto no le trae ningún beneficio a la nación ni a sus habitantes, lo único que hace es daño, además de favorecer los intereses personales y los egos apenas unos cuantos.  De eso es de lo que debemos tener consciencia a la hora de caer en apasionamientos sobre los temas coyunturales, porque no nos hacen bien como sociedad.

Debemos disentir  de manera afable, con argumentos y posiciones sólidas, no solo defendiendo siempre la posibilidad de pensar diferente sin atacar a quién lo hace, sino entendiendo que es válido que existan ópticas opuestas.  Eso es lo que debemos propugnar todos los colombianos, que cualquiera tenga la posibilidad de expresar lo que quiera sin temor al linchamiento. Debemos reconocer que  son muchas más las cosas que nos unen, entre ellas, que queremos salir adelante como nación.

Una cosa más: ¿Será que por el afán de la Fiscalía de tener réditos a nivel nacional, en algunos casos se están cometiendo  injusticias?  Esperemos que no, pues no aceptamos un error más como el de Sigifredo López; estamos hablando de la vida y honra de los seres humanos

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