¿Por qué caña y no comida?

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Por Hernando Uribe Castro

Integrante del Centro Interdisciplinario de Estudios de la Región Pacífico Colombiana, CIER.

Universidad Autónoma de Occidente

Es interesante preguntarse, ¿por qué en unas tierras tan ricas en nutrientes y con unas propiedades edáficas apropiadas para la producción de alimentos, como lo es el valle geográfico del río Cauca, se impuso y se acepta con tanta facilidad el monocultivo cañero para la producción de azúcar y biocombustibles (alimento para autos)? Fácilmente este valle podría ser la despensa de comida para muchos colombianos, pero la realidad nos dice que no lo es.

Hoy en día se hace evidente cómo este territorio se fue tapizando con cultivos de caña de azúcar, que con su expansión fue exterminando los humedales, desecó las lagunas, arrasó con el bosque seco, tomó y contaminó fuentes de agua, eliminó las comunidades campesinas y enriqueció a unos pocos pero empobreció a todos.

Para que esto ocurriera a los ojos del mundo, en las narices de los propios pobladores y de las autoridades ambientales, los agentes del capital agroindustrial tuvieron que llevar a cabo no solo un proceso de dominación física, (del cual no hablaré aquí), sino también de un proceso de dominación simbólica, de tal sutileza, potencia y efectividad, que cualquiera que se oponga, diga o haga algo en contra de la caña de azúcar, de inmediato recibe el peso de la sanción social.

Y estos sutiles procesos de dominación simbólica fueron efectivos, generacionales, masivos y rentables. Así, los agentes del capital agroindustria descifraron los modos de dominación para brindarle al pueblo lo que el pueblo quiere: gaseosas, reinados, ferias, fútbol, licor y carnavales. Acompañado de todo un despliegue de publicidad y entretenimiento, con lemas como “la región dulce de Colombia” y Cali, como ciudad alegre, rumbera y divertida.

Los mecanismos de dominación no solo surgen de los agentes, también la propia dinámica de la vida cotidiana los va a producir. Frases, discos y recetas emergen entonces: canciones sobre el verde valle del cauca, frases como: “al que quiera más que le piquen caña”, “chupando caña”, “si huele a caña, tabaco y brea”, “manjarblanco”, “¿cómo estará cauquita?”. Estos elementos se interiorizaron sin problema y logran crear en la opinión pública que el Valle “siempre ha sido así”: un inmenso océano de caña. Se naturalizó esta realidad.

No es raro entonces, que todo el despliegue de los medios de comunicación, reiteradamente y cada fin de año, relacionara los resultados de la final del torneo de fútbol con la feria de Cali. Incluso cuantas veces no escuchamos decir: sin el Cali queda campeón (o el América), se prende la feria de Cali. Con entretenimiento, rumba y ferias, construyeron los fanáticos que eran también los consumidores y los sumisos a la expansión cañera.

¿Quiénes patrocinaban las reinas, las ferias y el fútbol? ¿Quién patrocina los canales privados de televisión con mayor audiencia en Colombia que hace despliegues publicitarios del torneo de fútbol, de la feria de Cali y de las imágenes de la panorámica vallecaucana?

El éxito de este mecanismo de dominación simbólica es efectivo, generacional, masivo y rentable porque de este modo se lograba instalar en la “cultura popular”, en el “civismo” de la gente y la mentalidad de los futuros legitimadores y consumidores. La caña de azúcar se le instaló en la mente a esta población a tal punto que el verde tapiz de caña se ve como el paisaje más hermoso.

Hoy, el costo que se paga por esta distracción y manipulación es gigantesco para los pobladores de este valle. No solo porque los daños ecológicos del monocultivo cañero son irreversibles en este territorio, sino también porque este proceso ha permitido que con facilidad se importe comida que aquí mismo podrían haber producido los campesinos. La expansión cañera eliminó casi por completo al campesino.

No se puede olvidar que en el valle geográfico existen 13 ingenios azucareros, que la caña de azúcar se tomó todo el valle geográfico del río cauca desde Santander de Quilichao hasta Risaralda y, lo más importante, que el proyecto agroindustrial es también efectivo, generacional, masivo y rentable, así como destructor de las comunidades locales y de la naturaleza.

¿Cuál es el costo, no solo monetario, sino ético, político y de responsabilidad que deben pagar los agentes de capital agroindustrial para reparar ese daño que por más de un siglo, han causado y siguen causando a esta región?

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