Por que te quiero te mato

0

Ana María Ruiz Perea

@anaruizpe

La discusión duró varios minutos, han dicho las personas que en la tarde del miércoles pasado vieron subir al patrullero de la guardia canina del edificio de la Dirección General de la Policía Nacional, caminar por el corredor del tercer piso y entrar a la oficina de asuntos internacionales. Cuentan que Manuel Bobadilla buscó con la mirada a la patrullera Marta Isabel Correa, la llamó con un seco “venga para acá” y sostuvieron una discusión que él zanjó con 11 disparos, 9 de ellos contra el cuerpo de ella y 2 más que acabaron con la vida del Mayor Ricardo Romero, quien intentó defenderla.

Rápidamente los medios dieron la noticia de un tiroteo al interior de la sede de la Dirección Nacional de la Policía, y la versión de lo sucedido quedó marcado, en los titulares y en las redes sociales, como un “crimen pasional”. Pero el uso de esta expresión tiene implicaciones que van más allá del hecho de que Bobadilla y Marta Isabel sostuvieran una relación de pareja.

Cuando se define el asesinato de Marta Isabel como un crimen pasional, se está diciendo que Bobadilla -quien se pegó un tiro con tan mala suerte que sigue respirando en la unidad de cuidados intensivos del Hospital Central- pasó por una “repentina alteración de la conciencia, causada por sentimientos como los celos, la ira o el desengaño, y no es, por lo tanto, un crimen premeditado”, como dice Wikipedia que se define el crimen pasional.

Empecemos por el principio. El crimen pasional no existe en nuestra legislación, es una interpretación de la figura jurídica de “ira e intenso dolor” en el Código Penal Colombiano. Implica que el agresor cometió el acto violento en un estado emocional alterado, lo cual justifica, a la luz de la ley, que se le atenúe la pena. El crimen pasional no es, pues, una categoría jurídica, sino una actitud cultural que traslada parte de la culpa de lo sucedido a la víctima, por llevar al asesino a violar de manera supuestamente inconsciente los límites del respeto por la vida.

Esta atenuación de la pena al asesino por cuenta de que, pobrecito él, “lo sacaron de casillas” es la legalización de la tolerancia al maltrato. La evidencia demuestra que esa repentina alteración no ocurre tan de un momento a otro, que en la elaboración de su propia alteración los potenciales asesinos van dejando pistas de su capacidad de hacer daño sin límite, desde el chantaje emocional hasta el asesinato a sangre fría. En todos los casos de mujeres asesinadas por sus parejas han existido demostraciones previas de estados de alteración violenta, señales inconfundibles de celotipia, seguimientos, escenas cargadas de agresión verbal y física.

Se llama feminicidio al asesinato de mujeres por su condición de mujer, y en la mayoría de los casos corresponde a lo que erradamente los medios titulan como crimen pasional. Por esas contradicciones legales que cargamos en los códigos, coexisten la figura de la “ira e intenso dolor”, que atenúa la pena al asesino, con una ley reciente, aprobada en junio del año pasado, que tipifica el feminicidio como un delito autónomo. Colombia ocupa el primer lugar en feminicidios en Suramérica, y el segundo lugar en Latinoamérica después de México. Cada hora 4 mujeres colombianas denuncian maltrato físico ante la justicia, y cada día mueren 3 de ellas asesinadas por su condición de ser mujer.

 

Asesinos con arma de dotación

Si el patrullero Bobadilla quedara vivo, y solamente hubiera matado a Marta Isabel y no al mayor Romero de paso, posiblemente no recibiría todo el peso de la ley sino un poco menos, si su abogado defensor alegara que su apoderado “estaba alterado” porque “era una relación tormentosa” y ella “lo llevó al límite”.

Lo mismo seguramente podrían alegar todos los demás hombres que han herido y asesinado a las mujeres que ellos, en su barbarie, creen que son suyas, de su propiedad. Las historias se repiten aquí y allá. Pero llama profundamente la atención la cantidad de casos que involucran a personal de la Policía Nacional en estos hechos. Permítanme un rápido recuento de algunos casos:

8 de septiembre de 2009, Ibagué. El Coronel Enrique Aldana asesinó y descuartizó a su esposa Érika Cecilia Yeneris.

10 de diciembre de 2010, Barranquilla. El patrullero Jeffrey José Fontalvo asesinó a su novia Mayiris Yohana Acosta.

13 de junio de 2012, Valledupar. El intendente Larry Niño asesinó a su ex esposa Mónica Martínez, a un abogado que la acompañaba y se suicidó.

9 de marzo de 2014, Mosquera. En piloto de antinarcóticos Julio Arias asesinó a su exnovia Fabia Martínez y posteriormente se suicidó.

La altísima tasa de ocurrencia de estos hechos en el país no puede servir como excusa para justificar que al interior de la Policía Nacional se repita el drama. Las personas que cargan armas de dotación a nombre del Estado deben tener un seguimiento psicológico aun más riguroso que los civiles, desempeñan una actividad profesional de alto riesgo en todos los sentidos, y en estados mentales alterados se creen autorizadas a hacer uso del arma. La superioridad que les da ser portadores de la autoridad y del arma, convierte a estas personas en asesinos en potencia cuando su salud mental está afectada.

Como en los miles de casos de mujeres perseguidas, amedrentadas o asesinadas por sus parejas, los policías que asesinan a sus compañeras o ex compañeras han presentado cuadros de agresión, persecución o amenazas antes de ocurrir el asesinato. Algunos de ellos han tenido orden de alejamiento de la casa de la víctima, y en la totalidad de los casos se encontraban en servicio activo al momento del crimen.

Falta adelantar una investigación que permita medir la tasa de ocurrencia de delitos de violencia intrafamiliar y feminicidio en los miembros de las Fuerzas Armadas. Pero inquieta pensar que sean armas oficiales las que faciliten el asesinato de mujeres a manos de locos con trastornos celotípicos.

Leer las claves

Cuando un crimen como el que cometió el patrullero Bobadilla se define como pasional, se da a entender tácitamente que el acto obedeció a un “exceso de amor”. Las rancheras, la música guasca y las telenovelas están llenas de ejemplos de sentimentalismo extremo, de expresiones de pasión y posesión que llevan al manido coro de “si no estás conmigo, no estarás con nadie”.

“Si no me quieres te corto la cara con una cuchilla de esas de afeitaaaaar….” llevó a la cima del éxito a las hermanas Calle, me atrevo a especular, porque eran dos mujeres caricaturizando lo que serían capaces de hacer si no reciben el favor del amor del hombre. La letra de la canción le da vuelta a los roles de género, y la persecución y amenazas que las hacen mayoritariamente víctimas, en la canción las sitúa como victimarias.

De nuevo, como siempre que se habla de violencia contra las mujeres, no se está negando que existan casos en los que sean ellas quienes asesinen a sus compañeros sentimentales. Pero lo que las estadísticas señalan con contundencia es que en una inmensa mayoría de los casos, ellas son las víctimas. Y aunque oficialmente no se lleven datos de la razón, del porqué o el móvil del asesino, lo que mueve estos resortes criminales se llama, escuetamente, celos.

La subyugación de las mujeres por sus parejas es más común que el pan de mil. El chantaje emocional, la sutil o violenta manipulación de los recursos económicos, el maltrato en infinidad de estilos, prende alertas. El número de denuncias en Comisarías de Familia viene en aumento en la última década, pero todos conocemos casos de mujeres maltratadas que hoy no dan el paso de denunciar, que aun consideran que esa es “la vida que le tocó”; y porque “él es así” permiten que su infierno crezca. Hasta morir asesinadas como la agente Marta Isabel, o morir en vida, avasalladas por el poder del macho.

Comments are closed.