Preocupación ambiental en el oeste caleño: a cambiar basura por comida

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Elizabeth GomezPor Elizabeth Gómez Etayo

Miembro del Centro Interdisciplinario de la Región Pacífico Colombiana, CIER

Facultad de Humanidades, Universidad Autónoma de Occidente

En el actual momento de la humanidad, donde la preocupación ambiental está en boga, estamos en mora de cambiar nuestras prácticas cotidianas de consumo y manejo de excedentes. Quiero referirme a un caso particular de la ciudad de Cali: sus laderas. Un sencillo paseo por cualquiera de los corregimientos del oeste de la ciudad, como Pance, La Vorágine, La Buitrera, Villa Carmelo y La Reforma, entre otros, nos permite tener un panorama del desastre ecológico que se cierne sobre las laderas de Cali y que quizás aún estemos a tiempo de detener.

En las laderas de Cali nacen los siete ríos que nos nutren, varios de los cuales al llegar al casco urbano se convierten en tristes canales de aguas lluvias y en vertederos de desechos humanos. En los nacederos y cuencas de origen, estos ríos aún son fuentes de agua cristalina, y su generosidad se afecta, pero no declina, ante el abuso humano. Bien, ¿cómo proteger, pues, los ríos de Cali? Ya algunos expertos sobre el tema han realizado varios seminarios en la ciudad para dar ideas sobre la protección de las cuencas de nuestros ríos, y varias jornadas se han emprendido en este sentido. Quiero referirme a otra gran y necesaria tarea: de las laderas de Cali no debería salir basura, sino comida. Una práctica de buen manejo de residuos traería, en consecuencia, la creación de zonas de producción de compostaje y, por supuesto, esto nutriría la tierra como base de la seguridad alimentaria que la región necesita.

Podríamos tener una nueva cultura ambiental. Aprender desde la cotidianidad a manejar bien los desechos. Ya varias campañas de reciclaje se vienen haciendo hace varias décadas, y los colegios cada vez más insisten en enseñarle a la población escolar a separar las basuras, pero esto no es suficiente. La situación en las laderas de Cali todavía es caótica y se necesita una estrategia contundente y transversal para que toda persona que viva en las laderas rurales de Cali, sea consciente del privilegio que significa vivir en esta zona y actúe en consecuencia. Hay suficiente tierra para que buena parte de la población que allí mora tenga puntos de acopio y compostaje en su casa. Quizás no tenga que o no quiera tener cultivos de pan coger, pero sí puede diseñar espacios más amables como jardines, para sembrar árboles y para cuidar los ríos. Estos actos individuales se erigen hoy como un deber ambiental y es necesaria una nueva ética ambiental para ello. Lo reciclable debería ser lo único que recogiera el carro recolector, y lo orgánico debe volver a la tierra.

Es un lugar manido decir que el problema es cultural, como si la cultura fuera una esencia de natura. La cultura también se cambia con educación, y la educación no brota de la tierra, es responsabilidad social del Estado a través de las pocas instituciones que aún sobreviven (como las escuelas públicas, los centros y puestos de salud) educar a la población. Pero además, se necesita hacer campañas ambientales, fijar letreros y canecas en lugares adecuados para diferenciar los residuos en las paradas del transporte público y hacer un control educativo y ambiental, no coercitivo, casa a casa.

Podríamos tener un verdadero cuerpo de policía ambiental, para que hiciera presencia cotidiana y mucho mayor durante los fines de semana, para que en cada sitio turístico que los ríos generosamente aún nos permiten, se eduque a los turistas y a la población asentada, sobre el manejo de los residuos y sobre su comportamiento en estos santuarios ambientales que aún perviven. Hay que educar en ello porque no lo sabemos, y ese comportamiento ambiental se aprende. Aunque parezca básico para algunos, la mayoría no lo sabe y se sigue dejando basuras en los ríos.

La cultura se construye y se cambia vía educación y no solo a través de la coerción. Estamos en mora de construir una nueva cultura ambiental. Es un cambio profundo y contundente que solo una acción estatal, comprometida ambientalmente, puede suscitar. ¿Se imaginan que de las laderas de Cali saliera comida y no basura? ¿Se imaginan que los turistas de fin de semana no dejaran los ríos llenos de basura? Desde esta tribuna instamos a las autoridades ambientales a que hagan una gran jornada ambiental por Cali, por su zona rural, por sus ríos, por el agua, por la seguridad alimentaria, por la Tierra. Necesitamos controvertir con un nuevo ethos esta lógica escindida en que nos hemos educado y para ello, colegios y universidades nos podemos articular.

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