Putin, el «malo» de la película

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Letta and Putin in TriestePor Juan Antonio Sacaluga
En alianza con Nuevatribuna.es

El comportamiento de Putin en su década y media de equilibrismo en las alturas del Kremlin le otorga una merecida mala fama democrática.

Mientras los dirigentes occidentales continúan dudando acerca de la respuesta más adecuada a la crisis de Ucrania, analistas, expertos y entendidos tratan de escudriñar las motivaciones y estrategias del Kremlin. Con matices, sin duda importantes, lo cierto es que la gran mayoría de las evaluaciones que han podido leerse estas dos semanas coinciden en fijar la responsabilidad de lo ocurrido en una especie de designio personal o particular del presidente ruso.     Putin sería el gran villano. Un zar moderno. O una siniestra combinación de ‘superespía’ y ‘apparatchik’ adaptado a las exigencias actuales.

El comportamiento de Putin en su década y media de funambulismo en las alturas del Kremlin le otorga una merecida mala fama democrática. Pero muchos analistas que ahora lo consideran como el ‘némesis’ de Occidente fueron condescendientes cuando ese acendrado autoritarismo parecía puesto al servicio de la construcción de un sistema neocapitalista, liberado de la anarquía y el desastre de los primeros años del postsovietismo.

La expansión de los primeros años del siglo, motivada por alto precio de las materias primas y los productos energéticos, forjaron intereses cruzados entre los nuevos capitalistas rusos, incluidos los patronos de las empresas estatales, y potentes inversores occidentales. Las dudosas maneras del ‘gran patrón Putin’ preocupaban poco en gabinetes y consejos de administración de este lado del mundo.

La crisis que sacudió los cimientos del capitalismo occidental terminaron por alcanzar también a las potencias emergentes en los últimos dos años y la estrategia integradora de Putin mostró sus limitaciones y contradicciones. El presidente ruso puso en práctica entonces una estrategia alternativa, más autárquica o de repliegue, menos vinculada a Occidente. No pocos analistas creyeron ver en esa rectificación un plan hasta entonces oculto, encaminado a recuperar para Rusia la condición de superpotencia. La treta política de retirarse al banquillo como primer ministro para retornar luego a la jefatura del Estado fue considerada como un síntoma más de sus aviesas intenciones. Ucrania ha sido la confirmación definitiva. Y dolorosa.

Mensajes de guerra fría

Repasemos lo que algunos de estos expertos convertidos en ‘putinólogos’ han escrito estas dos semanas sobre el designio estratégico del Zar Putin.

  • Putin no pretendería proteger a la población rusa o asegurar la protección de la flota del Mar Negro, sino “demostrar que la gran potencia rusa ha vuelto (…) con la pretensión de dominar a sus vecinos tanto económica como, ahora, militarmente”. (Kathryn Stoner, Universidad de Stanford).
  • Para movilizar el apoyo político que necesita, Putin habría apelado a un “nacionalismo emocional” que “desdeña a Occidente y alienta el rechazo al supuesto intento de imperialismo cultural” (Daniel Treisman, Universidad de California, autor del libro The Return: Russia’s Journey From Gorbachev to Medvedev).
  • Putin ha mostrado un “instinto político astuto”, pero se ha arriesgado a una “furiosa reacción de la minoría tártara”, una “batalla con el relativamente fuerte ejército de Ucrania” o una “explosión de violencia entre los grupos étnicos rusos y ucranianos por todo el país” (Kimberley Marten, profesor de la Universidad de Columbia).
  • El “objetivo estratégico” de Putin “no es la secesión de Crimea, como los recientes acontecimientos podrían sugerir, sino provocar una crisis constitucional que recompondría Ucrania como estado confederal, con un centro muy débil, el sector oriental más integrado con Rusia y el occidental con Polonia y la UE”. Uno de los inspiradores de Putin sería Iván Ilyn, filósofo e ideólogo de la Unión Militar Panrusa. Putin se vería a sí mismo como el “último bastión del orden y los valores tradicionales” de la vieja Rusia que vuelve con renovada fortaleza, para resistir el “contagio del liberalismo occidental”, que constituye “un peligro real” para los intereses nacionales (Ivan Krastev, Presidente del Centro de Estrategia liberales de Sofía e investigador del Investigador del Instituto de Ciencias Humanas de Viena).
  • Putin sería un “megalómano” que aspiraría a “desafiar el orden internacional”. No puede ser interpretado “en términos exclusivamente racionales”. Su “irracional demostración de fuerza podría reformar su legitimidad interna y estabilizar el sistema que ha construido”; pero, al cabo, “el comportamiento imperialista convertirá a Rusia es un estado gamberro y a Putin en persona non grata” (Alexander Motyl. Universidad Rutgers, New Jersey).
  • Putin “puede guardarse Crimea ‘en compensación’ por la ‘pérdida’ de Ucrania, como baza de una negociación en la que imponga a los occidentales un derecho preferencial sobre Ucrania. Puede tratarse del anticipo de una intervención militar más amplia” (Richard Haas. Presidente del Presidente del Consejo de Relaciones Exteriores de Estados Unidos).
  • Putin es un game changer (literalmente, un alterador del sistema internacional). Con él no funcionará la política de “pequeños pasos”; es decir, la respuesta flexible de sanciones escaladas y medidas (Strobe Talbott. Presidente de la Brooking Institution y ExSecretario de Estado).
  • Putin “tiene una visión, una doctrina, fundada sobre una convicción: la desaparición de la URSS ha sido ‘el desastre geopolítico más importante del siglo XX’. Se ha dado a sí mismo una misión: restaurar todo lo que pueda el imperio soviético. Putin no imagina Rusia sin una especie de imperio a su alrededor, como si el expansionismo fuera un componente de la identidad rusa” (Alain Franchon. Editorialista de Le Monde).

Una visión más equilibrada

Hasta aquí la muestra de una visión parcial o sesgada de lo ocurrido. Son muchos menos los analistas que resaltan otros factores que han contribuido a desencadenar la crisis. O que explicarían con más equilibrio el comportamiento o el instinto del presidente ruso.

Uno de ellos es poco sospechoso. Robert Gates, el que fuera Secretario de Defensa con Bush Jr. y con Barack Obama, a la sazón veterano combatiente de la guerra fría, admite que la “arrogancia occidental ha alimentado el revanchismo ruso”. La pretensión de los círculos de poder norteamericanos (y también europeos) de ampliar la Otan hasta las mismas fronteras rusas no ha hecho mucho para favorecer un ánimo constructivo en el Kremlin.

En 2008, cuando la Otan amagó con invitar a Ucrania a incorporarse a la alianza militar occidental, Putin dio un puñetazo verbal y frenó la iniciativa. Ahora, después de que los aliados occidentales no honraran el acuerdo político alcanzado para superar la crisis en Kiev –y obligaran a la oposición a hacer lo propio–, ¿no era de esperar que se reavivarán en Moscú las percepciones de acoso?

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