¡Que viva la música!

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Andrés Caicedo

Andrés Caicedo nació en Cali en 1951 y murió en Cali en 1977. Durante ese breve periodo de 25 años dio guerra, quemó mucha leña, produjo una obra respetable. Aunque comenzó a escribir a los 12, 13 o 14 años, solo tuvo para probarle a los profesores que no era bruto, su tarea literaria. Ésta tomó vuelo, captó la atención de los intelectuales y se le miraba como una promesa de las letras nacionales. La primera prueba oficial de la confianza en Andrés fue la publicación de su novela “¡Que viva la música!” que salió a la venta ocho días después de su muerte.

Andrés, colaborador permanente del SEMANARIO EL PUEBLO, desarrolló una interesante tarea como crítico de cine a través de nuestras páginas. El domingo 13 de marzo de 1977, dedicó seis páginas a presentar una brevísima reseña del trabajo de Andrés, incluyendo la novela que hoy les traemos para Estravagario.

A los 24 años Andrés había publicado “el atravesado”, la historia de un adolescente fascista sin saberlo y que Andrés nos regaló… ”como un obsequio que les hago para que se diviertan sanamente…”

Que viva la música

Llegaron a la Caseta Panamericana, situada en el antiguo hipódromo. Todavía existían las graderías del viejo edificio, y estaba así de gente. No cabía un alma, pero ellos llevaban extraviada el alma, así que encontrarían campo, las boletas aún no estaban agotadas. La luna le causaba hinchazones como de pus al cielo, y Rubén no lo pensó dos veces: se tiró de cabeza entre la gente para ver si se ubicaba en una cola, porque se oía la música de adentro, las trompetas alpinistas, el zapatero, la bullaranga buena, pero “no seas loco”, dijo Salvador, y lo sacó de un brazo, “antes de meterte allí vamos a meternos un Barbaco, que vea”: Y abrió la mano: “ya está armado, acá de tránsito (más vale vigilar a este pelado, que está muy pepo)”. “Fresco-dijo el tuercas-, yo me lo conozco, ¿sí o no, Rubén? ¿Chévere? “Chévere” dijo él. “¿Cheverísimo?” “cheverísimo”, dijo él. “¿La verraquera?” “¡la verraquera!”, “¿tremenda soda?” “¡Solladísimo!”.

Entonces bordearon aquella entrada, aquella luminosidad buscando lo oscuro, y Rubén se fue sosteniéndose con las paredes de cemento mal repellado, carrasposo. Se imaginó a un hombre que recorriera toda una ciudad en esa actitud, raspando las paredes y los árboles para sostenerse. Hasta que llegaron cerca a varios grupos de colinas que los miraron cómplices en esa oscuridad, y sonrieron, y Salvador le digo fuego al Baro, lo rodaron duro, de a plom, dijeron: “así rinde mucho más y da directo en la cabeza”, caso protector de purísima trabuca, Él empezó a gustar de verdad ese humo, se preparaba para no tener nada de aire en los pulmones al momento en que llegara su chupada. Y estaban, tal parecía, a un costado de la música. “Oigan esa salsa, díganme si no es la sucursal del cielo”, mataron el chicharro (era una bestialidad los aires de marihuanero que había aprendido en tan pocos días) y se dieron prisa. “Nos vidrios” a los muchachos de al lado, “agúzense”, pon, pon. Cuando volvieron al frente, como de milagro, había mucha menos gente. “¿No lo ven? Nada como un Burbujo para despejar las cosas, a ver, en fila”, cada uno compró su boleta y a él le parecía que no estaba en esa fila, que comenzaba a habitar un mundo aledaño, con otras leyes, con misteriosas causas, y se permitió cerrar los ojos un momentico más y se imaginó la orquesta. Uno de los recuerdos más firmes que tiene, y que ha tocado super ponerlo a las imágenes de los hechos posteriores, porque de aquí en adelante Rubén empieza a olvidar.

Acucharon bastante,  Y hasta Salvador cruzó dos insultos ligeros con un mancito de camisa roja, para terminar dándose la mano. “¿Todo bien?” “Seguro”. Paz en la feria. Un policía los requisó, en caso de armas, luego un civil en caso de contrabandos embuchados. Cruzaron la registradora, podría jurar que recordaba haber sido el número 1.001, Y entonces se encontraron frente a la orquesta pero separados por un Mar de cabezas saltando al son de las Lomas. Bastó esa primera visión repentina para saber que ya estaba integrado al extremo más furioso de los colores, al lado más vistoso de un mundo que recién se le desplegaba. Maravilla de tener los sentidos todos aguzados, dispuestos a florecer ante un embate de trompetas. Maravilla de reconocerse en un estado de adormecimiento de agobiante fofa espera, anterior a esta entrada, a este empalme de luces y de voces que te dicen: “Agúzate que te están velando”. Maravilla de sabor, abría la boca y se envolvía en sus perfumes, propias únicamente de la dicha primera y del estado más profundo de los sueños. Maravilla de tumbado, de que a cada paso de miles de personas el suelo amenazara con hundirse, el techo con venirse, castigo de Dios por tanta alegría junta. Maravilla de saberse muchachito Corvarán, y tieso y respondón, cuando oía cantar: “que uno tiene que estar mosca por donde quiera”, y dócil al mensaje de la rabia, con las siete potencias atrás. Maravilla (aunque ya no tanto) de no poder soportar la idea de estar aún tan lejos de la orquesta cuero, ¡cuero y agita collazos! Maravilla multicolor de todas las camisas, colores encendidos por el sudor del alma, mientras avanzaba sólo entre un mar de parejas.  Hubo alguno que lo pisó, pero casi todos se abrían, así de alto y firme y claro era su propósito y fue haciéndose a mayor velocidad, ganando cercanía. Moisés partiendo en dos las aguas, borrosos trazos de caras sedientas de aguardiente de la caña dulce, del beso robado por culpa de la descarga, alcahueteado y luego concedido con dulzura doble, porque con esta música es que la gente se para, samsumbia, espíritus agitados de todas las razas, la china, la india, la castellana, la gloriosa negramenta, ¿dónde está lo mío? Chorro de humo, agresión de todos los cuerpos, borrachera de tumbadora, un solo júbilo inmenso, y el avanzaba. Me siento de ti más cerca, quisiera que lo supieras, y ya pelaba los ojos, juntaba, azotaba las manos, veía por primera vez las caras del agotamiento feliz que produce rendir fuerzas y alegría ante un viento que cambia, una melodía trunca, otra que la reemplazara, un borbotón de gracias. ¿Algo de sangre? Seguro: ltereto abrupto y hasta costillas quebradas, iluminación total, pide ritmo, toma impulso y después brinca y agradece el sabor que te están dando, que yo le voigo y ni tingo parango, como persona decente. Lo ayudó el arroyo del piano, le dio impulso y delgadez a su cuerpo y así podía escurrirse, avanzar mucho más rápido. Oye que yo tengo un santo es con Richie namá pon cuidado que una voz siempre me dice, con la tracamandada de cueros fue a avanzar en saltos. Las parejas lo tomarían por un bailador, agitado más por la fiebre que por el ritmo. Entonces allá adelante, el maestro supremo de la señal del fin, y Rubén del último salto en blanco que sonó “pooooooooooon” cuando paró la música. Qué bruto, a todas partes miro, ubicándose asombrado, el raspar de las parejas que abandona la pista, necesitadas del descanso. Las risas de las pocas muchachas que lo miraban. Pero ante él se extendían, milagrosamente, 20 metros de puro espacio libre, y Bobby Cruz lo miró y él abrió la boca, le zampó un congazo en esa cara de tonto. Se hubiera quedado quieto si Bobby Cruz no le hubiera desplegado claras señas de invitación, de que siguiera avanzando, de que corriera. Y él  obedeció como  el chiflado que en ese momento era, es decir, obedeció tarde, pues la nueva tumbazón y la nueva marea lo cogieron en mitad de camino. Era que había dudado, era que estaba de reserva en los reflejos, se maldijo, pero quebró embates, golpeó canillas, se abrió paso, y así llegó a la barra de jóvenes, pepos y colos como él, que no bailaban. Admiraban al ídolo y bufaban el total acuerdo con todas y cada una de las notas, de las palabras en clave para que el más cuervo de todos las descifre, el más luchado con la vida. Ahora si, de permisito en permisito fue acercándose, una gallada como de 30 rodeaba la tarima, y él a todos los conocía, gente del parque Barono, del de las Piedras! Del parche de Manque, Colseguros, Santa Elena, Fercho Viejo. “Llegó el Rubén, denle paso”, y como se quedaría él cuando 3 años después, en el Fania All Stars de 1973, el Ahora Vengo Yo, de R. Ray y B. Cruz comenzaba precisamente con su aventura:

p1020321_0Que suba Rubén para que baile, adonde está Rubén, adonde está, adonde está Rubén, adonde está, adonde está Rubén, adonde está, adonde está Rubén, adonde está, adonde está Rubén, adonde está, adonde está Rubén, adonde está, adonde está Rubén, ¡adonde está, llegó Rubén! ¡llegó Rubén! ¿están de acuerdo? Llegó Rubén si señor ¿están de acuerdo? Llegó Rubén si señor ¿están de acuerdo? Llegó Rubén si señor¿están de acuerdo? Llegó Rubén si señor¿están de acuerdo? Ahí namá.

Helló, hello, okey: everybody happy?

Yeah!!

Everybody hot?

Yeah!!

So now take off my clothes!!

Okey we need a bottle we got a bottle

Right we wanna welcome abd compliment

Okey que pare change

Right now I want to introduce a man who made a real hit right here in New York, right from Brooklyn… we’re like to welcome (tenebroso ambiente de indecisión, del que no tiene ni fe ni amparo)… direct from Puerto Rico… -Era que Ricardo no quería salir dicen- direct from Puerto Rico a very good man in the past: Bobby Cruz and Ricardo Ray on piano!

Que no se oye esa clave, qué pasa: pues Bobby Cruz no le quitaba los ojos de encima, quien no la iba a pillar, y la gallada fue abriéndole campo respetable, anchura de golpeteos y ritmos encontrados, hasta que Rubén tocó Jesús, madera y el zapato de Charol de Bobby Cruz. Allí donde usted ve. Y Bobby Cruz se inclinó y le dio la mano. Así es como vengo tumbando, así es como vengo relajando. Y él, ante el contacto con las manos amarillas del cantante, recobró un poco su compostura y se le metió un hilito de serenidad. Se acordó de los amigos, ¿Dónde estarán? ¿No le hacía, pues acaso no llevaba con él pase para el traspase de los recuerdos, el Séquito aquel? ¿Aumentaría su capacidad de goce? Lentamente con movimientos seguros, se metió la mano dentro del pantaloncillo y encontró la pepa entre los pelitos, y bajo la mirada de Bobby Cruz, que no se había perdido, remolón, ni uno solo de sus ademanes, se la clavó. Ya usted lo ve. Que iba a pensar que de todo eso no le quedaría ningún recuerdo. Pura invención mía. Ya lo ha dicho: cerrando los ojos, afuera, él se imaginó la orquesta; y lo que vio dentro de sí en aquel entonces, es lo que yo acabo de contar. Lo que realmente le sucedió, nunca lo supo. Aunque sus amigos se demoraron con los comentarios de la noche fabulosa, relatos que coordinaban con el ripio de su memorización: “Bobby Cruz te dedicó par canciones”, todavía le decían. Pero él no lo recuerda, y no se lo perdona. Por eso es que yo digo que ese individuo no sabe en qué se metió.

*          *          *

Cantan los pájaros, y a los árboles (que lejos están de aquí, al otro lado del río) los imagino meciéndose en cada crepúsculo, luego me imagino que cada hoja produce el sonido atarván de las trompetas que es el llamado de la selva, la que ya me picó con su embrujo. Sé que soy pionera, exploradora única y algún día, a mi pesar, sacaré la teoría de que el libro miente, el cine agota, quémenlos ambos, no dejen sino música. Si voy para allá es que para allá vamos. Vivimos el momento de más significado en la historia de la humanidad, y es primera vez que se ha exigido tanto de los culimbos. Mi opinión modesta, viéndoles las caras, las bocas de las orejas, es que ellos, mis amigos, han cumplido. Somos la nota melosa que gimió el violín. Se reían del bugalú y mira ahora qué.

Tú, no te detengas ante ningún reto. Y no pases a formar parte de ningún gremio. Que nunca te pueden definir ni encasillar. Que nadie sepa tu nombre y que nadie amparo te dé. Que no accedas a los tejemensajes de la celebridad. Si dejas obra, muere tranquilo, confiando en unos pocos buenos amigos. Nunca permitas que te vuelvan persona mayor, hombre respetable. Nunca dejes de ser niño, aunque tengas los ojos en la nuca y se te empiecen a caer los dientes. Tus padres te tuvieron. Que tus padres te alimenten siempre, y págales con mala moneda. A mí qué. Jamás ahorres. Nunca te vuelvas una persona seria. Haz de la irreflexión y te la contradicción tu norma de conducta. Elimina las treguas, recoge tu hogar en el daño, el exceso y la tembladera. Todo es tuyo. Ah todo tienes derecho y cóbralo caro.

No te sientas llenecita nunca. Aprende a no perder la vista, a no sucumbir ante la miopía del que vive en la ciudad. Ármate de los sueños para no perder la vista.

Olvídate de que podrás alcanzar alguna vez lo que llaman “normalidad sexual”, ni esperes que el amor te traiga paz. El sexo es el acto de las tinieblas y el enamoramiento la reunión de los tormentos. Nunca esperes que lograrás comprensión con el sexo opuesto. No hay nada más disímil ni menos dado a la reconciliación. Tú, practica el miedo, el rapto, la pugna, la violencia, la perversión y la vía anal, si crees que la satisfacción depende de la estrechez y de la posición predominante. Si deseas sustraerte a todo comercio sexual, aún mejor.

Para el odio que te ha infectado el sensor, no hay remedio mejor que el asesinato. Para la timidez, la autodestrucción. A donde mejor se practica el ritmo de la soledad es en los cines, aprende a sabotear los cines. No accedas al arrepentimiento ni a la  envidia ni al arribismo social. Es preferible bajar, desclasarse; alcanzar, al término de una carrera que no conoció el esplendor, la anónima decadencia.

Para endurecer la unidad sellada, ensaya dándote contra las tapias.

No hay momento más intenso ni angustioso que el despertar del hombre que madruga. Complica y prolonga este momento, consúmete en él. Agonizarás lentamente y de berrido en berrido enfrentarás los nuevos días.

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