Quino: “El amor al dinero de Manolito, no lo tengo”

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ARGENTINA-QUINO-HOMAGEEl nuevo premio Príncipe de Asturias considera que la vigencia de Mafalda se explica porque los problemas del mundo no han cambiado.

Por Javier M. González

nuevatribuna.es

“A los premios, como dijo no me acuerdo quién, uno llega cansado ya… sería mejor que se lo dieran cuando uno es joven, pero siempre halagan”. Estas fueron algunas de las primeras palabras de Quino, Joaquín Lavado, nada más conocer que era el nuevo premio Príncipe de Asturias de la Comunicación y Humanidades. La noticia le llegó en Buenos Aires, todavía dormido, ya que se había acostado a las 5 de la mañana.

Poco después, con su mujer, Alicia -a quien dedicó el premio-, compartió una larga charla con un pequeño grupo de periodistas, entre los que estaba este medio de comunicación. Fue en el barrio de San Telmo, muy cerca de donde Quino situó la casa de la familia de Mafalda –calle Chile- y donde una Mafalda sentada en un banco se ha convertido en uno de los puntos turísticos imperdibles de Buenos Aires. A la hora del encuentro todavía no le había llamado el Príncipe Felipe, pero Quino expresó su deseo de que le invite a comer una tortilla.

Conocido universalmente por ser el creador de Mafalda, la contestataria niña argentina que se hizo universal, Quino no deja de recibir reconocimientos en el año en que su personaje cumplió 50 años. Antes del Príncipe de Asturias fue el encargado de abrir la última edición de la Feria del Libro de Buenos Aires y también recibió en París la Legión de Honor del gobierno francés.

MAFALDA - QUINO“Me sorprende que con los dibujantes que ha tenido siempre España, me toque a mí. He tenido la suerte de conocer a Chumy Chúmez, a Antonio Mingote, creo que le podrían haber dado el premio a otro dibujante hace tiempo”, dice Quino, que en julio cumplirá 82 años. Por problemas de visión ya no dibuja, dejó de hacerlo hace 8 años.

Hijo de andaluces republicanos españoles y nieto de una comunista, nació en Mendoza: “cuando yo tenía cuatro años empezó la guerra civil española y en mi casa se vivió como una tragedia personal; además, como la perdimos, peor todavía. Se acaba la guerra civil española y comienza la Segunda Guerra Mundial. O sea que yo crecí en medio de discusiones políticas de mi familia”, recuerda.

Una familia republicana y atea. Le tocó ir al colegio durante el primer gobierno de Perón, que impuso la educación religiosa, aunque luego acabaría excomulgado. Quino era el único de su escuela que se pasaba la hora de religión “pateando una piedrita en el patio”.

Una familia en la que había muchos sentido del humor.”Tíos, madre… mi padre hablaba poco pero también tenía mucho sentido del humor. Y también había tíos dibujantes, guitarristas, pintores, entonces se ve que ya uno lo trae en la sangre. Por eso me alegra que España me haya dado este premio que me remite a mi familia”.

Su padre, que era un empleado de tienda, compraba todas las semanas 4 o 5 revistas de historietas. Además tenía un tío que dibujaba los avisos de los cines y que recibía revistas norteamericanas: “entonces era muy común en mi casa tener alguien dibujando y que luego apareciese publicado en el diario”.

Aunque nació en Mendoza, asegura que en realidad se crió en el Mediterráneo hasta que fue a la escuela primaria. Recuerda que el carnicero era español y el verdulero decía cosas como traigo el sol y la luna de los tomates (aquí pone acento andaluz). “Entonces ya teníamos a García Lorca, antes de que yo supiera quién era García Lorca”. Hasta que fue a la escuela, en su casa se hablaba en andaluz. Y cuando se fue a Buenos Aires tuvo muchos problemas con las palabras de Mendoza –en la frontera con Chile-, mezcladas con las andaluzas.

La larga tradición de humoristas gráficos que tiene Argentina, la atribuye Quino a ser un país de inmigrantes. “Hemos tenido excelentísimos dibujantes siempre y España colaboró mucho en la época de la revista Caras y Caretas con José María Cao y toda esa gente”.

Su estilo se formó copiando a dibujantes que le gustaban. Menciona a Divito –creador de la revista Rico Tipo-, Lino Palacios y Oski, entre otros. No reconoce herederos entre las nuevas generaciones. Pero de los nuevos dibujantes le gustan mucho Rep y Tute, hijo de Caloi, otro gran dibujante, recientemente fallecido. Del primero rescata sus dibujos, del segundo, las ideas y su manejo del idioma. Ve muy poca televisión pero reconoce que le gustan mucho los Simpson.

Le causan gracia muchas cosas que no se explica. “Por ejemplo, esos perritos que pasan apurados por la calle como si estuviera por cerrar el banco… dónde irán con tanto apuro”. También el humor inteligente. “Lo que no admito es este humor chabacano y grosero del cual están llenas todas las televisiones. Da pena desperdiciar un medio tan rico como la televisión en estas tonterías”.

Quino recuerda que sufrió presiones políticas en toda su carrera: “cuando yo llegué de Mendoza con mi carpetita para recorrer las editoriales en Buenos Aires, era la época de Perón, ya me decían: mirá, pibe, militares no, divorcio no, chistes contra la familia, que nunca entendí que querían decir, tampoco, desnudos ni hablar” Y recuerda que la primera vez que se publicó Mafalda en España, todavía durante la dictadura franquista, apareció con una tira que decía “solo apta para adultos”.

Preguntado por la extraordinaria vigencia de su personaje más conocido, respondió: “yo mismo me sorprendo de haber dibujado hace 40 años una situación sobre israelíes y palestinos. La vigencia de Mafalda se debe a que los problemas del mundo no han cambiado”.

Quino_MafaldaPreguntado por este corresponsal con qué personajes se sintió más identificado, señaló que con Felipe, Miguelito y Libertad. “Con Mafalda no tanto, porque esas peroratas sobre las Naciones Unidas me parecían muy traídas de los pelos. Tampoco comparte con Mafalda su aversión por la sopa, que le gusta mucho. Lo usó como alegoría de “las cosas que a uno tratan de imponerle obligadamente, como eran los regímenes militares que nos teníamos que comer todos los días”.

Manolito le divertía mucho hacerlo, “porque yo tengo cosas, como descendiente de españoles, así… medio de bestia, también”. Pero marca sus diferencias con el amigo de Mafalda, el hijo del gallego dueño del almacén del barrio: “el amor al dinero de Manolito no lo tengo, todo lo contrario, soy un desastre. Alicia es la ministro de Economía de la pareja. Ella dice que es porque soy un perezoso que no quiero trabajar en esas cosas. En parte es cierto, pero también es porque a mí hay cosas que me sacan de quicio. Uno es analfabeto para muchas cosas, por ejemplo esto del Bitcoin, no lo entiendo cómo hay gente que gana o pierde dinero con una cosa que no existe”.

Su ideal, cuando tenía 18 años, era hacer humor mudo, sin palabras. Sobre todo desde que cayó en sus manos un ejemplar de Paris Match, donde había dos dibujantes franceses que hacían este tipo de humor. Quino, con humildad, relativiza el alcance de su trabajo, a pesar de que sus tiras se han traducido a 30 lenguas. “Los libros de Mafalda se publican en China, pero vende unas cantidades que, para la población de China es como si acá en el estadio de River, un tipo que vende choripanes vendiera un choripán”.

“¿Usted ha disfrutado o sufrido en el proceso creativo?”, le preguntó Nueva Tribuna. “Las dos cosas. Cuando había que entregar y no se me ocurría nada sufría muchísimo”, confiesa. Siempre trabajó mucho en base a lo que encontraba en los diarios. Y su método para empezar a trabajar era pensar, “un señor va por la calle y… y qué. Es muy raro el hecho de la creación”.

Legendariamente tímido, Quino reconoce que no responde a la idea de los humoristas en su vida privada: “somos todos introvertidos, sacando a Landrú, que es uno de los tipos más alegres. También el negro Crist, que publica en Clarín. Landrú bailaba el tango muy bien, pero después, dibujantes bailarines… somos todos unos pataduras”.

Y confiesa una anécdota personal, para terminar. Se psicoanalizó durante tres años, en los que afirma que estaba muy loco. “Tuve un período en que yo me bañaba, salía de la bañadera y me desesperaba por limpiar el espejo, porque vivía aterrorizado de que limpiara el espejo y el que se reflejara no fuera yo”. La psicoanalista, sin embargo, solo logro quitarle otra costumbre. “Con Alicia siempre nos llevábamos un vaso de agua a la cama, al cual yo llamaba el volquete, porque siempre lo volcaba. Esa costumbre me la quitó esta mujer”.

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