Realismo mágico

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Por Michel Maya

Produce una inmensa tristeza pensar que la naturaleza habla mientras que el género humano no escucha.” Víctor Hugo

Nuestra ciudad y nuestro país parecen estar condenados por el realismo mágico y por las palabras de Gabo a repetir una sucesión de crónicas de una muerte anunciada. En los años sesenta y setenta, con el consentimiento de la clase política y empresarial, que para entonces era la misma, fomentamos, auspiciamos y permitimos la urbanización informal y sin planeación de las que eran madreviejas, pantanos y humedales, como el conocido Agua Blanca (cuyo nombre al efecto visual que producía el reflejo de la luz del sol en el agua, visto desde los cerros de Cali).

Cincuenta años después seguimos pagando los costos de urbanizar zonas que le pertenecen al río Cauca, donde el acueducto y alcantarillado no es por gravedad, sino por bombeo, con la constante amenaza de que el río se desborde.

En los años ochenta comenzamos a urbanizar en altura, en la zona que va desde la avenida Roosevelt y llega a las clínicas Materno Infantil y Santillana, se hicieron edificios que en cada temblor sufren daños en sus fachadas y estructuras. En la época que empezaron a construir grandes edificios en estos lotes, expertos en suelos recomendaron que en esa zona no se debían erigir edificaciones de más de cuatro pisos por las condiciones arcillosas del suelo.

Podríamos destinar más de 800 palabras, y todo el periódico, a hacer un listado de estas muertes anunciadas, en las que no quisimos escuchar las advertencias de la naturaleza, los expertos y las entidades que las anticipaban.

Con los efectos del cambio climático vienen grandes retos. Hace aproximadamente un año, en todo el país y con especial fuerza en el Valle del Cauca, vivimos una temporada intensa de lluvias. Los ríos se desbordaron reclamando lo que antaño eran sus predios (madreviejas, lagunas y pantanos, hoy llamados elegantemente humedales), con el efecto anunciado: cuantiosas pérdidas materiales y humanas, debido a la ocupación inadecuada de tierras inundables.

Resulta inverosímil que con esta experiencia tan cercana –cuando en su momento dijimos que buena parte de las tragedias eran evitables y obedecían a problemas de planeación– la Secretaría de Vivienda de Cali esté desarrollando proyectos de vivienda de interés prioritario en zonas que hace un año eran lagunas: en los territorios de Palmira, en límites con Candelaria. Hablamos del proyecto denominado Campo Alegre.

En mayo de este año, el alcalde de Palmira consultó a la CVC sobre la posibilidad de desarrollar este proyecto. La CVC, en una respuesta oficial, dijo que “en conclusión, técnicamente no es viable permitir el desarrollo urbano de un sitio que registra y evidencia inundaciones”. En los argumentos de la CVC se cita la modificación extraordinaria que tuvo que hacer Palmira, producto del invierno, para establecer unas zonas en las que se prohíbe construir por ser lugares propensos a ser inundados por el río.

Un mes después, la Secretaría de Vivienda de Cali hizo esta consulta a la CVC. La respuesta la dieron en el último párrafo del oficio, luego de muchos análisis y resultados: “En conclusión, bajo las disposiciones administrativas adoptadas por el municipio y concertadas con la CVC en el contexto del ordenamiento territorial a partir del registro y evidentes inundaciones en el área de interés no es pertinente, el desarrollo urbano”.

A quienes hemos llamado la atención sobre el riesgo de estos proyectos nos han llamado “temerarios”. Según el diccionario de la Real Academia Española, temerario es “adj. excesivamente imprudente arrostrando peligros”. Seguramente, somos “imprudentes” en una ciudad acostumbrada a no decir las cosas y dejar pasar sin protestar o reclamar.

Consideramos temeraria la decisión de construir, impulsar o promover proyectos de vivienda en zonas inundables, así este proyecto sea un Macroproyecto de Interés Social Nacional cuya aprobación o viabilización por parte de los ministerios de Vivienda y Medio Ambiente está pendiente para el uso de los suelos.

En Cali tenemos ejemplos concretos de este tipo de casos. Aquí, a pesar de las advertencias de las autoridades ambientales locales, bajo la sombrilla del criterio “Macroproyecto de Interés Social Nacional” se ejecutaron proyectos sin agua, en zonas de alto riesgo y construidos sobre nacimientos de agua, como es el caso de Altos de Santa Elena. Después de dicha construcción, la alcaldía de Cali y todos los contribuyentes son los encargados de pagar los platos rotos y buscar, además de financiar, las soluciones pendientes para subsanar los problemas que nos heredaron. Como lo plantea José Saramago: no estamos ciegos porque no podamos ver, sino porque no queremos.          

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