Renuncia de un taurino

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Twitter: @pablouribecali

El toreo es un arte misterioso, mitad vicio y mitad ballet.” – Camilo José Cela.

Desde hace muchos años yo he sido un aficionado a la tauromaquia. Es más, puedo decir sin el menor asomo de duda, que lo que más me gusta de la feria de Cali eran las corridas de toros. Me encanta el ambiente de la plaza, el vértigo que producía ver como el torero se enfrentaba a cada embestida de esas magnificas bestias, la belleza del rejoneo. Todo me encantaba. Incluso, mi animal favorito es el toro: ningún ser vivo iguala la valentía y majestuosidad de estos especímenes.

Pero algo me cambió este año.

A mediados de 2014, iba manejando hacia mi casa después de una reunión familiar. Estaba escuchando música con alto volumen porque me sentía particularmente feliz ese día: era un momento bonito. Cuando ya casi iba llegando, pasé cerca de un parque donde muchas familias pasan los domingos por la tarde disfrutando de la brisa de mi Cali del alma; de pronto vi como una manchita de color habano se abalanzó a toda velocidad hacia mi carro: de un salto se puso en la calle, en frente de mis llantas… no pude reaccionar, fue demasiado rápido y pasó lo inevitable.

Frené inmediatamente y me bajé del carro. Fue ahí cuando la pude ver: una cachorrita, muy linda, muy tierna; aún recuerdo su nombre, Martina. Martina, a pesar de estar cubierta en sangre y agonizando seguía siendo una criatura hermosa.

Aunque no había sido mi culpa, pues la perrita estaba sin correa, yo me sentía responsable por lo que le había pasado; pues al final del día había sido mi carro el que le había causado las heridas que la estaban matando. Aún hoy, meses después, me duele el corazón cuando recuerdo a Martina tirada en esa calle, sobre ese charco de sangre, mientras moría lentamente…

Fue en ese momento cuando me di cuenta: lo que le estaba pasando a Martina era lo mismo por lo que tenían que pasar todos y cada uno de los toros que salían a una corrida. Esas corridas que yo disfrutaba y por las que pagaba.

Yo soy taurino: yo entiendo la belleza de una corrida de toros, entiendo por qué las ven como un arte, pero ni siquiera el espectáculo más sublime justifica someter a un ser vivo a una muerte lenta.

Seguro más de uno me dirá: “aunque sea al toro se le da la oportunidad de morir valientemente” y bueno es cierto; no existe una mejor manera de morir que con la frente en alto. Pero la valentía del condenado no convierte al verdugo en un ser piadoso.

Por estas razones y, sobre todo por Martina y su recuerdo, es que he decidido nunca volver a una corrida de toros en mi vida.

Esta es una decisión personal. No es mi intención satanizar a los que disfrutan de la tauromaquia. Por encima de todo yo me considero un demócrata: creo fervientemente en el imperio de la ley y mientras las corridas de toros sean permitidas por las leyes de nuestra república, a los taurinos se les tienen que respetar sus derechos y dejarlos hacer lo que les gusta en paz.

Pero si quisiera dejar una reflexión. Puede que no seamos nosotros los que directamente apuñalamos al toro hasta su muerte, pero es nuestro dinero el que permite que esta sesión de tortura ocurra cada diciembre. No voy a negar que es un gran espectáculo, pero someter a otro ser a una muerte de estas sólo por entretenimiento, no se justifica: no se podría justificar nunca.

No me avergüenza decir que fui un fanático de la tauromaquia. Pero la vida, a través de una experiencia muy triste, me enseñó la crueldad que existe detrás de la belleza que muchos veíamos: Ahora no me avergüenzo en admitir mi error y asegurar enfáticamente que nunca volveré a una corrida.

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