Réquiem por la infancia colombiana

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Por Elizabeth Gómez Etayo

Integrante del Centro Interdisciplinario de Estudios de la Región Pacífico Colombiana, CIER

Universidad Autónoma de Occidente

 

¡Cuán difícil es ser niño o niña en Colombia! Los medios masivos de comunicación no paran de bombardearnos con noticias espantosas sobre lo que pasa con nuestros niños y niñas. Pasando por la promoción de niñas como terneras en pasarela en el deslucido concurso de “Miss tanguita”, las enormes talanqueras para la adopción de niños que reporta el Instituto Colombiano de Bienestar Familiar, hasta los infames infanticidios con tiros de gracia, desmembramiento, degollaciones, ahogamiento, inanición, reclutamiento y secuestro, que hasta pronunciarlo produce escalofrío. No estamos hablando de un holocausto, ni de una posguerra, ni de épocas medievales. ¡No! Se trata de las actuales condiciones sociales y culturales de una Colombia precaria, escindida, indolente, incapaz de ofrecerle a sus nuevas generaciones las mínimas condiciones para crecer sano, fuerte y feliz, como mal rezan los comerciales. Un país que no está al alcance de los niños, como lo anunciara hace ya más de veinte años nuestro difunto nobel.

¿Qué hacer con este panorama tan desolador, que deja sin piso cualquier promesa de futuro? Podríamos empezar por reconocer la importancia de tener una buena vida durante la primera infancia. Esos primeros cinco años de vida son fundamentales para el desarrollo de un buen ser humano. Si esa claridad básica fuera prioridad para la propia nación colombiana, entonces ese mismo pueblo le exigiría coherencia al Estado para que todos los programas sociales de salud y educación se articularan con el único fin de garantizarle un buen vivir al pueblo colombiano en su conjunto, empezando por los niños y las niñas. El problema es que no lo tenemos claro y tanto Estado como nación, actuamos con total incoherencia. Miremos algunas de ellas.

Todas las autoridades en salud y nutrición recomiendan la lactancia en exclusividad hasta los seis meses, sin embargo, la licencia de maternidad es de tres meses con una irrisoria hora de lactancia en los tres meses siguientes. Mientras tanto ¿quién alimenta y cuida de esos bebés? Los centros de adopción para menores están a reventar, porque las trabas administrativas hacen casi inviable el proceso y porque además no hemos desarrollado una cultura de la adopción, sin embargo cuando hay quienes quieren asumir el compromiso de criar, prima el juicio moral sobre su orientación sexual, entre tanto más niños y niñas siguen abandonados sin poder gozar de una familia que cuide de ellos.

Aunque la interrupción del embarazo ya es legal en aquellas situaciones donde la vida de la madre o el feto están en riesgo, todavía el aborto voluntario genera escozor en el grueso de la población colombiana, pero igual repudio no genera los miles de niños y niñas abandonados a su suerte en los tugurios de nuestras empobrecidas ciudades. Mejor dicho, genera repudio no dejarlos vivir en el vientre materno, pero no genera igual rechazo verlos morir de hambre.

Todavía las mujeres son juzgadas por abortar, pero nadie se pregunta ¿Dónde están los hombres que embarazan a esas mujeres? y ¿Dónde están los hombres que abortan? Se juzga a la mujer que quiere abortar un hijo no deseado, pero la cultura machista y patriarcal promueve desde pequeños que los hombres usen a diestra y siniestra a las mujeres, de forma que las violaciones no causan el mismo rechazo social que los abortos y siguen naciendo hijos no deseados y echados a su suerte.

La escuela sigue excluyendo a los niños considerados problemáticos; los manda a la calle, porque no sabe qué hacer con ellos. No están las escuelas dotadas de los profesionales idóneos para atender diversas problemáticas de menores, que al ser excluidos pasan a engrosar los ejércitos de reserva de la delincuencia, y en vez de ampliar la cobertura educativa en calidad y cantidad, se promueven inapropiados programas sociales de inserción para los mismos que excluyó. ¡Que contradicción! ¿No?

Y así, más y más ejemplos de incoherencia social y estatal de espaldas a la realidad de los niños y las niñas. No somos un pueblo que ame a sus niños y niñas. Nos escandalizamos por un Garavito, desconociendo que tenemos una suerte de garavitismo social. Si nos asomáramos al país a través de un juzgado de menores, o de un hospital infantil, o de un jardín infantil y viéramos críticamente los oprobios cometidos contra la niñez colombiana, tendríamos que reconocer con tristeza que estamos de duelo eterno con esta pobre infancia.

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