Resurrección femenina

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Por Elizabeth Gómez Etayo

Mi hija de seis años canta a media lengua: “El Estado es un juez, que nos juzga por nacer y nuestro destino es la violencia que no ves”, aparte de sonora y pegajosa, la canción retrata de manera extraordinaria un conjunto de situaciones que se repiten a diario por distintas latitudes de nuestro planeta; y nos tocará seguir hablando de tales situaciones que llenan de artificialidad los privilegios que ahora parecen  normales y naturales; tendremos que seguir yendo como gota al cántaro hasta que por fin se rompa el receptáculo de la mentira y la injusticia.

Esta columna está dedicada a cuatro mujeres inteligentes, valientes y sororas que han decidido denunciar a su agresor, a pesar de haber transcurrido más de una década de sus múltiples agresiones. Está dedicada a ellas, reservando sus nombres propios, como homenaje especial, pero también a miles de mujeres que en Colombia y el mundo aún mantienen en la sombra del miedo sus historias de violencias. Conocí a una de ellas en Manizales, cuando fui profesora en la Universidad de Caldas hace 10 años. El agresor también era estudiante de Sociología de esa Universidad, un hombre menudo y con pose de intelectual, quien para entonces no era caracterizado como un hombre violento, percepción que hoy en día sigue en disputa, pues aparenta ser afable, simpático e inclusive posa de feminista en espacios públicos; luce bien su atuendo de impostor.

Fue justamente en uno de esos espacios donde una de las mujeres agredidas tuvo el coraje de enfrentarlo verbalmente para tratar de rasgar su máscara y dejarlo en evidencia, por supuesto, nuestros auditorios académicos todavía no están preparados para darle crédito a una mujer que igualmente preparada, serena y certera, confirma en la Cátedra “Virginia Gutiérrez de Pineda”, que un hombre golpeador no puede impostar un discurso simulado y pretendidamente estructurado, tergiversando con argumentos supinos a diversidad de incautos que se escurrieron junto con las expectativas y prestigios de la alta academia que burla como toro en corraleja las violencias basadas en género.

Esta mujer valiente en su investigación y apertura contactó a las otras tres mujeres que le habían insinuado las mismas violencias por el mismo sujeto y se dijeron: “yo te creo, porque a mí también me pasó algo similar con este mismo sujeto” y empezaron a tejer sus historias. Golpes, contusiones, empellones, manipulaciones, patadas, puños, abuso sexual, violencia física y psicológica, en una maraña de relaciones de pareja que no escapan al ciclo repetitivo de las violencias y que solamente con la distancia se pueden reconocer como tal. Estas mujeres, además de valientes e inteligentes, emprendieron la respectiva denuncia penal contra el sujeto agresor, no solo por ellas, porque su grandeza va más allá, sino por todas las otras mujeres que pueden ser víctimas de él y siguen sin denunciarlo.

Y ahí la sonora y pegajosa canción que canta mi hija, resuena: “el Estado es un juez” en este caso una fiscal, “que te juzga por nacer”, muchachas ustedes por qué no se ponen en los zapatos de él “y nuestro destino, es la violencia que no ves”, es increíble pero cierto, la fiscal que dice eso, resulta muy contradictoria, pues ella investiga las pruebas para inculpar. La autoridad estatal les pide a las víctimas que tengan consideración con el agresor; al parecer nuestro precario sistema judicial está tan congestionando, que es más fácil tratar de persuadir a las víctimas para que no sigan adelante con las denuncias, que juzgar como es debido al agresor. La fiscal no investiga, sino que les pide a las víctimas que se compadezcan de su verdugo. El mundo al revés. Increíble. En serio, no me cabe en la cabeza.

Por su parte, el tipo ha hecho una denuncia por injuria y calumnia contra una de las denunciantes y ese proceso va más adelantado que el proceso iniciado por ellas. A escenarios de juez, solo ha llegado la denuncia por injuria, no la de las cuatro mujeres. Es un galimatías jurídico que ya Kafka lo había descrito justamente en “El proceso”. Enredos, absurdos, burocracias desgastantes. Como nuestro sistema de justicia presume la inocencia del acusado, las denunciantes tienen que entrar a demostrar que los “hechos de violencia verbal, sicológica, física y acceso carnal violento perpetrados por” el agresor, son verdaderos y comprobables.  En mis estudios de violencias en relaciones de pareja, esto es de lo más difícil de demostrar, porque muchas de las relaciones de pareja se dan “entre amores y moretones” y reconstruir los hechos es revictimizar a las víctimas.

Pero mujeres queridas, apelo a su brillantez, a la fuerza de la resurrección que hoy nos circunda, a la energía vital y a nuestra sororidad femenina para que este caso no quede impune, por ustedes mismas y por otras mujeres, entre tanto, él no puede afirmar con coherencia su supuesto feminismo, su experticia en diversidades y posconflicto, cuando la Gramática de su silencio evidencia un macho privilegiado, en desactivación. Desde esta tribuna comprometo mi voz y mi pluma para seguir visibilizando el proceso, ganando cada vez un tris más de genuinidad en los órdenes del amor.

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