Salir en la foto

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Por Camilo Granada

Dicen que no basta poner el huevo, hay que cacarearlo. Ese es un principio bien conocido de las comunicaciones efectivas. Pero, como toda buena práctica, tiene sus límites. No se puede exagerar ni se debe sobredimensionar los logros, so pena de perder credibilidad, generar suspicacias e incluso burlas. Algo de eso le ha venido pasando a varios gobernantes, desde el presidente hasta alcaldes, gobernadores y ministros en días recientes. La sobrexposición y la hipérbole alrededor de las vacunas es el más reciente ejemplo.

Parte fundamental del ejercicio de conectarse con los públicos y grupos de interés es hacer visibles las acciones y los logros que son relevantes para esas audiencias. Pero la comunicación transmite más que el simple hecho que se describe. Define y caracteriza al comunicante, refleja sus valores, prioridades y actitudes.

En la película El Abogado del Diablo, Al Pacino encarna a Satanás y dice algo que le recuerdo a todos los candidatos y gobernantes: “la vanidad es mi pecado favorito”. Pues en ese pecado han caído muchos que dan codazos para aparecer en la foto, quieren salir en la televisión cargando cajas de vacunas, de ayudas o simplemente estando ahí de figurón. Se pelean para sostenerle la mano a la persona que se está vacunando u organizan giras nacionales para “inaugurar” sesiones de vacunación. Y al hacerlo le hacen daño a la indispensable y valiosa confianza que debe tener la ciudadanía en sus mandatarios, a la política pública que dicen promover. Se hacen daño a sí mismos y minan su liderazgo. El espectáculo que hemos visto en estos días por cuenta de la llegada de las vacunas parece haber caído en ese pecado y así lo reflejan las reacciones del ciudadano común y corriente, mitad disgustado, mitad cínico frente a lo que interpreta como un torpe intento de convertir las vacunas en un evento político a beneficio propio.

Y es torpe porque borran con el codo lo que hacen con la mano. A pesar de los retrasos y las fallas –que mencioné en la columna anterior— seguramente los colombianos están dispuestos a reconocerle al gobierno el éxito en el plan de vacunación. Es algo que todos que todos queremos y por lo que hacemos votos.

Cuando quien actúa se convierte en el centro de la comunicación, el mensaje se vuelve narcisista y pierde contundencia y eficacia. La audiencia no es tonta y no le gusta ser manipulada, detecta inmediatamente que le están tratando de vender y promocionar un actor y no un hecho. Peor aún, cuando se desnuda el propósito propagandístico que motiva la comunicación, la audiencia lo siente como una falta de honestidad y eso destruye la confianza entre el vocero y el receptor. Dicho en otras palabras, la obsesión por auto promocionarse es un error craso en la comunicación y en particular en la comunicación política y de gobierno. Generalmente a los ególatras les sale el tiro por la culata.

Es mucho más eficaz dejar que los verdaderos protagonistas tengan la preeminencia que les corresponde. Un mínimo de modestia y de sentido de realidad construyen más confianza y traen más beneficio que el afán por dominar todos los escenarios. Los buenos comunicadores se destacan por hacer énfasis en el sentido de propósito, los objetivos comunes y las causas colectivas que los conectan con sus audiencias. Cuando, por el contrario, los voceros pretenden convertirse en el centro de la conversación y robarse el protagonismo por encima de los objetivos que dicen defender, involucionan en el mesianismo o en el ridículo. Y a veces en ambos.

Muchas veces en la política hemos visto que cuando un nombre se convierte en movimiento, el propósito colectivo se pierde y es remplazado por el culto a la personalidad. El trumpismo, el uribismo, el petrismo, el estalinismo, el chavismo son algunos ejemplos. Y si bien para algunos de esos individuos puede ser rentable en el corto plazo, generalmente no lo ha sido para las sociedades que pretenden liderar.

Punto aparte. La Justicia Especial de Paz hizo público el procedimiento que aplicará al caso de los asesinatos de civiles, presentados como bajas en combate por las Fuerzas Militares en Colombia. Son 6402 vidas segadas por el propio Estado Colombiano en un lapso de 6 años. ¡que absurdo y que doloroso!

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