Salsa al parque no será el mismo

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Por Jaír Villano
@VillanoJair

De antemano me declaro un sordo. Y, como diría un poeta, un bailarín que solo se sabe mover en sentido horizontal. Es raro, raro en una persona que creció escuchando el Sonido Bestial y otras de esas canciones que, como le diría mamá a papá, solo él y el que la canta le sacan el gusto. Cosa contraria, a la música del tío Javi que ponía a Colón de la misma forma que ponía a La 33, y que ponía al Niche y luego Tupac.

Podría decir que nací en una familia de bailarines, así hoy muchos de ellos miren bajo el sesgo de lo que dice su Biblia. Conmigo ni mi tío ni mi tía ni mi madre ni nadie pudo. No. No aprendí y no aprenderé a bailar. Así Baco me haga creer que el McGregor le da un no sé qué a mis caderas y piernas, y siempre termine ebrio (-o algo mejor que eso-) bailando. Y lo más descarado: creyendo que lo hago bien. Y entonces las mujeres se terminan por enterar por qué es que me dicen el trompo (ay, sí, por “trompón”).

En Jovita lo intenté varias veces. Aunque admito que la culpa no fue de Baco, sino de un humo espeso y suave, sobre el cual no me detendré.

Eran los sábados de Salsa al parque, los cuales procuraba no perderme hace unos meses en Cali. Me gustaba ir primero a San Antonio, en Bicicleta o en Mío, y luego bajar sollado, comiendo empanada y tomando un Pokerón. Y luego saludar a los camaradas, y de vez en cuando mi viejo (que le encanta la celebración), aunque él se hacía en la parte delantera, donde estaban los señores de las claves, las congas y el cencerro, y yo en la parte de atrás, donde estaban los de las patinetas, las bicicletas, los chores, las rastas y toda una jauría que al otro día el viejo le resumía a mamá de esta manera: “Ayer lo volví a ver con los que no se bañan”.

Esa parte oscura y atestada de gente condensaba una estética que a mí me gusta, ese sonido y esas pullas de los que están en la tarima eran como un resumen chiquito de Cali. Digo resumen porque en Jovita (o en el parque de Los Estudiantes, o de yerbateros) se veía un variopinto público. Desde los melómanos radicales, hasta los más pragmáticos, señoras con tacones y unas otras en Converse, gente que iba disfrutar de la salsa y otra a la que simplemente le gusta el tumulto.

Como un resumen chiquito de una clase baja y media, que es la que disfruta de estos eventos. Porque esos del Oeste se conforman con sus “Tascas”.

Ah, Jovita. Ah, Salsa al parque. Hoy debajo de una ventana cerrada que busca hacerle el quite al frío capitalino los recuerdo con la nostalgia masoquista, esa que venía buscando para escribir del presente como si fuera retrospectiva.

Me vengo a enterar que es la última vez que el evento se celebrará en este parque y siento unas ganas de salir corriendo. Es irónico que yo que no sé de movimientos ni de ritmos ni de ese sonido de “ciertos fantasmas rebeldes que se niegan a abandonar la historia y continúan limpiando los acetatos a la espera de que los muertos hagan presencia y los vivos los bendigan en Ron y con Cencerros”, como dice un comunicado de los organizadores.

Ahora que lo pienso no es irónico. Porque el espíritu rebelde nace si conocimiento de causa. Porque lo que Salsa al parque en Jovita significaba para mí era una otredad que se enlista en un ambiente jovial y pachanguero,  en una celebración de un pueblo al que me esfuerzo por verbalizar. Una celebración, que acá en el frío se hace, pero que no es lo mismo y nunca será equiparable a la que se desarrolla con los niches y los “chirris” de Cali.

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