San José del fondo del mar

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Ana María Ruiz Perea

@anaruizpe

 Un tesoro. Tesoro como el de Alí Babá, como el que cuida el dragón en la torre del castillo, como el del bunker de Rico Mac Pato. Un tesoro con monedas de oro y plata, con esmeraldas, con lingotes. 11 millones de monedas de oro, dicen por ahí. Colombia encontró su tesoro, su Dorado, su fortuna de leyenda, en las no tan profundas aguas del Caribe en Barú. Lo encontró dormido entre corales, donde reposa desde el 28 de mayo de 1708 cuando los filibusteros ingleses atacaron la flotilla que llegaba a Cartagena proveniente de Portobelo, atiborrada de riquezas.

 En una estrategia errática, el general José Fernández de Santillán, al mando del galeón San José, nave capitana de la Real Flota de Tierra Firme, zarpó escoltado por una flotilla de 16 naves para atravesar un mar infestado de piratas. Entre todos los barcos de esta expedición sumaban más de 800 cañones, pero no pudieron resistir el fiero ataque. Después de la batalla, doblones, monedas y lingotes se les fueron de las manos a ingleses y españoles y pasaron a engrosar los mitos del caribe y a alimentar la fiebre de cazatesoros alrededor del mundo.

 ¡Encontramos el Galeón San José! Trinó feliz el Presidente Santos. Supongo que en sus tiempos como cadete de la Armada debió imaginar, oteando hacia las profundidades del mar desde la escotilla, el breve fulgor de un cañón del San José, allá adentro sumergido. Debió haber soñado con ubicar algún día las coordenadas correctas que lo llevaran al tesoro, y creo que este descubrimiento no fue para él ninguna sorpresa.

 Como tampoco deben sorprender a nadie las alegaciones de propiedad sobre el tesoro que aparecieron de inmediato. Allende los mares, el Ministro de Exteriores español argumenta ser el dueño legítimo del barco y de su contenido, como si existiera un tratado comercial o siquiera un Joint venture en su operación, y por tanto, nosotros tuviéramos que reconocerle que el navío hundido le pertenece. Primero, en ese entonces España consideraba que las tierras americanas también eran españolas, así que como éramos un pedazo de ellos, somos en efecto propietarios del barco. Pero segundo, y más importante, ese oro nos fue robado a los pobladores originarios del continente y acuñado para beneplácito de un monarca, así que su reclamo viene a ser como pedir el legítimo derecho al botín expoliado.

 Saltaron también los cazatesoros gringos. Estos señores dicen conocer con exactitud la localización del San José desde 1984, cuando en este país una legislación arcaica estipulaba que si aquí se encontraba un tesoro, la mitad era para Colombia y la mitad para quien lo hallara. Cuando en un acto de dignidad dos años más tarde el Congreso cambió la norma por 95% para el país y 5% para el explorador, la empresa gringa instauró una demanda que todavía hoy, 30 años más tarde, sigue su curso. Se calcula que el tesoro del San José vale más de 10.000 millones de dólares de hoy; ¿le parecerá una bicoca a estos tipos hacerse a 500 millones de dólares, al cabo de 30 años de disputa?.

 Saltó Correa y su populismo en Ecuador, proponiendo que en nombre del despojo que nos infringieron, Colombia reparta el tesoro más buscado del Caribe entre todos los países hispanoamericanos. Panamá puede argumentar que por ser el puerto de embarque de las riquezas naúfragas, tiene sus derechos. Saltarán, no demoran, Bolivia y Perú, arguyendo que de Potosí se extrajo el cargamento. Ya estoy esperando que hasta Isabel II reclame legítimo derecho por haber sido su bandera la que a cañonazo limpio hundió el barco.

 El galeón San José viene a ser como la prueba fehaciente de que seguimos teniendo la misma alma filibustera de hace 300 años. Pero, a mi modo de ver, lo que ahí se encuentra no es un tesoro; es patrimonio en forma de tesoro, que es muy distinto. ¿Quién va a salir a vender 11 millones de monedas de oro, quién las va a comprar? ¿A quién le vamos a ofrecer 800 cañones, para que pagué cuánto?

 Aquí lo pertinente es cercar la zona para evitar los saqueos (que ya se denuncia, han ocurrido), empezar a construir el gran museo en tierra que exponga al mundo una muestra de las riquezas, guardar en arcas del tesoro nacional lo que no se exponga, y diseñar un parque temático subacuático, para que los buceadores se acerquen a la aventura de un naufragio de verdad.

 Hasta el momento, la única gran virtud que todo este embrollo nos trae a los colombianos, es la posibilidad de revivir las aventuras de Tin Tin, La Tejedora de Coronas o a los Piratas del Caribe. La virtud de hacernos percibir, de repente, que estamos parados en una esquina de la historia.

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