Se agota el tiempo de los calibradores

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Por: Jaír Villano

@VillanoJair

La salida de los calibradores de tiempo es inminente una vez el masivo abarque toda la ciudad. Muchos de ellos devengan al mes algo más que un salario mínimo.

El sol de la mañana hace que muchos jóvenes opten por dejar al descubierto la mitad de su cuerpo. Muchos de ellos pasan en bicicletas, en motos o caminando con botellas en mano. Una señora de cabello blanco se queja con una tertuliana de anteojos grandes; tienen motivos:

-Desde ayer a las 3 de la tarde quitaron el agua –acusa–, lo malo es que ni si quiera avisaron.

Son los alrededores la carrera 75 con primera C, en el barrio Prados del sur. Sector de calles en mal estado, de casas en obra negra, de laberintos que solo quienes conocen pueden explorar. En muchos de los cables que se desprenden de los postes se pueden ver guayos o zapatos que alguien ha colgado. Muchas personas venden minutos. En la esquina, que está a pocos metros de un caño que despide un olor fétido y frente a un campo en el que, pese a la fuerte temperatura y la precariedad en la que se encuentra unos jóvenes practican fútbol,  Raider Landínez, de 31 años de edad, aguarda la ruta Coomoepal 2. No la espera porque necesita llegar a un destino, sino porque en la tabla que lleva en la mano derecha  hay una hoja cuadriculada en la que descansan los tiempos y el número de otras busetas. Después de un tiempo, una ruta que pasa semivacía se detiene tenuemente en la esquina. Raider se para raudo de la silla y deja la cerveza que tomaba a un lado:

-La 2030 va a 5[1] –dice en una especie de código que solo él y el transportador conocen, este último saca de una caja donde hay muchas monedas unas cuantas. Se las entrega a Raider que ora regresa. –

Las personas que rodean la silla donde Landínez descansa gozan de apariencia extraña. Algunos de ellos hablan ladeando la boca, son suspicaces y miran a cuanto parroquiano se les acerca, escrutan de arriba abajo y de abajo a arriba a quien escribe esto, luego cuando se les precisa que la visita es con el propósito de ilustrar la situación de los calibradores de tiempo se calman, uno de ellos (que hace un tiempo trabajó como pregonero en las busetas) eufórico sale de la sombra en la que estamos y grita:

-Queremos que nos dejen trabajar, queremos que nos dejen trabajar.

(-Ese man está muy loco –se alcanza a escuchar el murmullo–.)

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Desde hace ocho años Raider trabaja en la esquina donde ahora espera las busetas. Sin embargo, antes de ser calibrador de tiempo, decidió montar un puesto de comidas rápidas que surgió por la experiencia que obtuvo cuando trabajó en El Corral. Pero como muchos en este país, Raider, que sólo terminó el bachillerato, no pudo continuar debido a que en ese y otro trabajos le pidieron más estudios; así que no hubo otra que salir de miércoles a domingo, de seis de la tarde a doce de la noche, a vender perros, hamburguesas y otros productos que se vendían con ascendencia pero terminaron en caída libre.  Landínez preocupado no se podía dar el lujo de quedarse en casa, dado que en ella sus hijas, de nueve y siete años de edad, esperaban la comida; por lo cual la idea de Jorge Poso, un transportador, se materializó. Jorge le sugirió calibrar las rutas, pese a que a pocos metros había otros calibradores. De ahí que las primeras ganancias hayan resultado exiguas.

-Pero ¿y su mujer?

Raider hace un ademán de disgusto que acompaña con un breve silencio; luego dice:

-De eso no hablemos…

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La casa de Landínez está a pocos metros del lugar donde trabaja. En ella viven los hermanos de este, sus hijas y su mamá, Mélida Moncada. Eduardo Landínez, que quien desde afuera atiende la visita, es reticente y dice que por qué se vienen a preocupar por ellos ahora (cuando es evidente que hay poco que hacer); Mélida dice que él está así porque le tocó presenciar el atentado contra la vida de uno de sus amigos en una protesta que se llevó a cabo hace más de un año en el centro de la ciudad.

-Eduardo también era calibrador –explica–, pero se cansó de tanto luchar…

Mélida y Raider no niegan que el MÍO tiene sus ventajas, pero dicen que eso contrasta cuando se tiene en cuenta que producto de la implementación de este se ha acabado con mucho negocio informal. Mélida se acuerda de Martha, una señora que vive sola en el mismo sector y que trabajaba al frente de Raider, a ella le tocó irse a otro puesto porque las rutas dejaron de pasar. Hace unos años, cabe aclarar, por esa calle pasaban tres rutas de la Coomoepal, las cuales han ido saliendo paulatinamente.

Y sin embargo Raider de moneda en moneda obtiene entre treinta y cuarenta mil pesos diarios,  en otras palabras, el equivalente a más de un sueldo mínimo al mes. Sueldo que le alcanza para mantener a sus hijas en el colegio y para aportar con algo a la casa. Dinero que podría perderse una vez salga de la calle la última ruta de la Coomoepal.

Según las cifras de Metrocali en la ciudad operan 12 empresas de transporte equivalentes a más de 900 busetas, no hay un censo que identifique cuántos calibradores de tiempo hay, pero en cambio sí es claro que una de las principales tareas que tiene Ayda Lucy Ospina, nueva Secretaria de Tránsito y Transporte, es sacar de las calles de la ciudad los buses tradicionales, con lo cual quedarían por fuera todas las actividades que genera esta clase de transporte.

Al respecto el sociólogo Hernando Uribe Castro señala que “el gran problema del masivo es que al no contar con la participación de la sociedad, ni de organizaciones sociales, ni de universidades, estas cosas que debieron pensarse antes no se lograron. Ocupaciones que de modo informal hacían parte del transporte tradicional se vieron afectados, estas personas quedarán desamparadas y se van a dedicar a otras actividades entre legales e ilegales como mecanismo de supervivencia”.

El Pueblo se comunicó con la Secretaría de Tránsito y  Metrocali con el propósito de saber qué estaba haciendo la Administración Municipal frente a la circunstancia de los trabajadores como Raider. Los jefes de prensa dijeron no tener información acerca de algún proyecto.

Landínez, con su mirada abstraída, dice estar muy preocupado por eso.  Mélida, a quien los años parecen haberle  enseñado el no aferrarse a nada, le reclama que ya es hora de que se ponga a buscar otra cosa.  Él sabe que es verdad pero le cuesta creer que el trabajo que le ha servido en siete años desaparezca, de ahí que saque a colación los recientes paros de los trabajadores del masivo y la falta de flotas en ciertas zonas.

-Raider salen porque salen, le digo.

El silencio que emerge parece darle la razón a la frase que alguna vez Sinclair sostuvo: “es difícil que un hombre entienda algo cuando su salario depende de que no lo entienda”.

-No sé qué voy a hacer –finalmente responde–.

[1] Número alterado.

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