Se publica “Demonios familiares” la obra póstuma de Ana María Matute

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Con la llegada del otoño tendremos en librerías Demonios familiares, la novela en que estaba trabajando Ana María Matute un mes antes de su muerte. Destino, su editorial “de siempre”, la acaba de editar. Una de las grandes novedades del año.

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9788423348466

A finales de 1947, cuando aún no había cumplido los 20 años, la escritora Ana María Matute publicó en el semanario Destino el relato ‘El chico de al lado’. Según contó María Paz Ortuño, colaboradora y amiga de la premio Cervantes, a diversos medios de comunicación el pasado martes, aquella mañana, nada más levantarse, la casi adolescente escritora salió de casa y se dirigió, nerviosa, al kiosco de prensa más cercano, para comprar todos los ejemplares que pudiera: era el primer relato que veía con su nombre escrito. En 2014, casi setenta años después y  apenas un mes antes de su fallecimiento, Ana María Matute escribía las últimas páginas de  una novela que quedaría inacabada y en la que se refiere con emoción al “chico de al lado” de aquel primer cuento. El título de la novela es Demonios familiares y acaba de ser publicada por la barcelonesa editorial Destino.

Tal y como señaló María Paz Ortuño durante su presentación, con aquellas páginas últimas, Ana María Matute cerraba el ciclo que abrió hace siete décadas, algo de lo que, aseguró, la escritora era “consciente” puesto que a partir de ese momento “no quiso escribir más”. Tan solo un mes después, el 25 de junio, Matute falleció y dejó esta novela que su amiga y colaboradora calificó como un auténtico ” regalo”.

En la presentación, en el Instituto Cervantes, se recordó el talante de la escritora, destacándose su sentido del humor y su capacidad para fabular constantemente. “Si ella estuviera aquí, nos estaríamos riendo”, destacó Ortuño.

También evocó cómo Matute utilizó siempre una máquina de escribir (“su máquina de escribir”, destacó su amiga)  y desestimó la posibilidad del ordenador  puesto que le gustaba cómo se imprimían las palabras, así como el “tacto del papel”. De esa forma, a la vez que presentaba la novela, María Paz Ortuño reveló parte de la “cocina” de la autora de Olvidado rey Gudú. “Después de escribirlos a máquina, revisaba los folios y tachaba y corregía”. Y la propia Ortuño, como mecanógrafa, se encargaba de escribir el resultado definitivo. “Ana María, de nuevo, y de manera incansable, volvía a repasar y a corregir hasta que los escrito diera satisfacción plena a los que quería escribir”.

Su “genialidad”, según recordó su colaboradora, estaba en la forma de resolver sus dudas acerca del texto. La expresión “sobra algo” era la frase más recurrente de Matute, quien optó siempre por el “menos es más”, hasta que estuviera completamente satisfecha con el resultado.

Precisamente, ‘Menos es más’ es el título del texto con el que María Pilar Ortuño cierra este libro y en él manifiesta el “calvario” y la “alegría” que sentía la escritora y Premio Cervantes 2010 al escribir Demonios familiares, la novela que acabaría siendo su obra póstuma. Aunque su “condición física” era su particular demonio en los últimos tiempos —sufrió caídas, problemas intestinales y vértigos—, su “compromiso con la literatura” sorprendía de manera “conmovedora”. Además, asegura que la genial escritora “disfrutó de la manera más pura hasta el último instante”.

En la presentación del libro, la narradora Almudena Grandes recordó a Matute como una “fabuladora frenética” y llena de lucidez puesto que en el momento en el que sintió que no tenía nada más que decir en la literatura “se calló”, en lugar de explotar la fórmula de sus éxitos literarios, como, según indicó, sí hicieron otros autores. “Era ejemplar y admirable”, apuntó.

Para Almudena Grandes, Matute es “uno de los grandes autores del siglo XX y excepcional en el ámbito de su generación”. “Esa ambición y conciencia de Matute, una mujer que no estaba vinculada a ninguna gran familia española, avalan su mérito”, añadió. Por su parte, Víctor García de la Concha, director del Instituto Cervantes recordó que no era tan amante de los plenos de la Real Academia de la Lengua como de los almuerzos y encuentros más distendidos. “Se dejaba querer, le gustaba ser atendida y cortejada. Lo pasaba estupendamente. Era un verso suelto, pero muy bien cosido a la Academia”, dijo.

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