Seguridad ciudadana y datos

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Por Álvaro Guzmán Barney
Director CIER
cier@uao.edu.co

Por Álvaro Guzmán Barney

Sociólogo, Ph.D. en Sociología

Miembro del Centro Interdisciplinario de la Región Pacifico Colombiana, CIER

Universidad Autónoma de Occidente 

Recientemente es mucho lo que se ha dicho sobre la complicada situación de seguridad ciudadana que viven las ciudades colombianas y muy especialmente Cali y otras del Valle del Cauca. La inseguridad, en primer lugar, los homicidios y también los delitos asociados a la violencia y la criminalidad cada vez se demuestran con más cifras.

Sin embargo, pese  a las cifras, se carece de una interpretación coherente y sustentada. En otras palabras, falta el apoyo de teorías que con los datos permitan entender las situaciones del pasado, del presente y las que se nos avecinan.

Por su parte, la opinión pública esta invadida de lugares comunes que  manejan a su antojo las cifras, y adoban las políticas publicas. Sobre ello, veamos algunos ejemplos y mostremos  posibles interpretaciones alternativas:

Las explicaciones más recurrentes de la inseguridad y la violencia son la pobreza y la situación de desempleo que aquejan a la ciudad. Si bien esta explicación es válida para una persona o un conjunto de personas, no necesariamente es un argumento para lo que sucede en la ciudad en su conjunto. Aunque Cali no es la ciudad más pobre de Colombia, tenemos indicadores de homicidios, violencia y delincuencia peores que aquellos de las ciudades con una situación de pobreza más desfavorable.

En la historia de Cali, las peores épocas de violencia reciente –hacia 1994–, paradójicamente, fueron las de mayor crecimiento económico y menor desempleo. Hoy por hoy, tal vez el 50 % de la población caleña vive en situación de pobreza, un problema prioritario que, sin duda, el Estado y la sociedad debe atender para resolverlo.

No obstante, la violencia y la inseguridad no son causas de ese porcentaje. Es cierto que en medio de la pobreza prosperan situaciones que hacen que algunos individuos sigan trayectorias de delincuencia y violencia, y que también prosperan nichos y trincheras del delito; sin embargo, una explicación mejor apuntaría a comprender la forma como se hace la riqueza en la sociedad: su sustento en el trabajo o en las formas ilegales de apropiación y manejo de bienes. Por lo tanto, la pobreza se produce en medio de estas formas de hacer riqueza, que también son parte de la explicación de dichos males que invaden a la ciudad.

Otra explicación que usualmente maneja la opinión pública es la que relaciona inseguridad y violencia con consumo de drogas ilícitas. De manera interesante, se elude el problema real (que es la asociación entre el tráfico de drogas ilícitas y la violencia) y se lo lleva al terreno del consumo. Es poco probable que el consumo de sustancias como la marihuana se encuentren asociadas con la violencia, sencillamente por el efecto de introspección que la droga produce sobre la psiquis. Pero en otros casos, la relación puede ser más estrecha, como sucede de manera notable con el alcohol, que es un psicoactivo legal.

Por otra parte, sí podemos hablar de violencia en la consecución de la droga, en el terreno del menudeo y del microtráfico; pero la violencia más fuerte está asociada, como ya se dijo, con el narcotráfico. En el campo del consumo, como lo explicó el alcalde de Bogotá, lo que produce la droga es un enorme problema de salud pública que se debe afrontar incluso con terapias médicas que requieren el suministro supervisado de droga ilegal a los adictos extremos.

Finalmente, en otra explicación muy mencionada se asocian sectores de la población urbana, generalmente migrantes recientes, con móviles asociados con la criminalidad y la violencia. La opinión pública tiende a sacar de toda culpa a los sectores establecidos y en consecuencia a identificar a los “recién llegados” como los causantes de los problemas de criminalidad y violencia en las ciudades.

Dicha idea también es cuestionable. De nuevo, no porque se pueda exonerar de delitos violentos a esta población y sus miembros, sino porque las investigaciones llevan a mostrar que el problema radica en las segundas y terceras generaciones de migrantes, que ya conocen la ciudad y sus canales de socialización formales e informales, legales e ilegales.

En una ciudad como Cali, se requiere, entonces, avanzar en los diagnósticos sobre la seguridad. Por no ser fácil solo nos movemos en la formulación de hipótesis. Que las cifras sean tan altas y que se sostengan en el mismo nivel por tanto tiempo lleva a pensar en núcleos de violencia que se reproducen en el tejido social, incluso en convivencia con el Estado. No es toda la sociedad, son núcleos de interés delimitado que despliegan sus tácticas de violencia, ante un Estado que es permisivo. No son solamente los pobres, los viciosos, los desplazados, los negros y los jóvenes, es también la forma de hacer riqueza, la economía ilegal, su apoyo en sectores de poder y en un Estado que convive con la violencia y no contrarresta sus factores.

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