Servicio al cliente

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Por Santiago Jimenez

@santiagojq

Y ahí estaba de nuevo, tan presente como el calor de la tarde, esa sensación de no ir hacia ninguna parte, esa angustia de estar condenado a repetir las mismas rutinas de hace años por quién sabe cuánto más tiempo. Rodrigo sabía que no tenía sentido dejarse dominar por sus pensamientos más oscuros, nada sacaba con ello, ni siquiera sentirse peor, pero también era consciente de que ya no vendrían de afuera otros estímulos que lo hicieran sentir mejor o que lo alejaran, así fuera temporalmente, de esos sentimientos. Pensar de esa forma podría ser injusto con Daisy. Porque sí, estaba Daisy, pero había que admitir que solo como una posibilidad cada vez más distante. A lo sumo podría referirse a ella como una compañía temporal, pero con pocas posibilidades de llegar a materializarse. Estaba su voz al otro lado del teléfono, ese tono bajo y dulce que amarraba las palabras de una forma en la que nadie podría hacerlo. No sabía cómo se veía ni de dónde venía o cuál era la historia de su vida, de su familia, qué música le gustaba o qué platos prefería para una cena romántica. No sabía qué hacía los domingos por la tarde a la misma hora que él se sentaba en el sofá de su sala a ver caer el atardecer, sin más compañía que el ruido de la avenida y una botella de aguardiente. Pero su voz era suficiente para suplir estas carencias, la melodía con la que se despertaría feliz cada mañana de su vida desde ese día hasta la muerte.

Y no es que no se hubiera propuesto encontrarla. Rodrigo había logrado descubrir cuál era el call center que hacía el outsourcing para la empresa de teléfonos donde ella trabajaba. Había llamado aquella primera vez, inocente, para solucionar un problema con el internet. Pero al oír la melodía que le respondía al otro lado de la línea, tan suave, le pareció natural desviarse del tema y pedirle que le ayudara a remediar una grave deficiencia en su vida. La voz no se había mostrado indiferente a su dolor y le había dicho que se llamaba Daisy y que podría volver a llamarlo cuando quisiera. Así lo hizo. Al principio una vez a la semana y después todos los días. Desesperado por la soledad de sus pensamientos, impulsado por la fatalidad de saber que no hay nada que perder, acumulaba el ánimo suficiente para presentarse a la puerta dl call center y ver salir a las empleadas del turno de noche, con la intención de compartir el mismo espacio que Daisy por un breve lapso de tiempo, de acercar sus almas físicamente, nada más, así nunca supiera cuál de todos aquellos rostros le pertenecía.

Pero nunca lo había hecho.

Sus ilusiones se transformaban fácilmente en un miedo que lo inmovilizaba y después de contemplar la posibilidad de llevar a cabo aquella pequeña aventura, se quedaba como una piedra dos o tres horas seguidas, sentado en el viejo sillón que había heredado de sus abuelos y que era lo único que tenía un valor sentimental para él en aquella casa. Todo lo demás lo había regalado, quemado o tirado a la basura. No soportaba vivir entre los recuerdos, en especial entre aquellos que habían sido felices. Eso lo atormentaba más que nada, las caras sonrientes de las fotografías, las imágenes de una celebración en la que los problemas parecían haberse ido a descansar temporalmente, las promesas de un futuro, en fin, las ilusiones en su estado primigenio, antes de volverse decepciones irrefutables por el paso del tiempo y del aplastante peso de la realidad. Además del sillón, sus únicas pertenencias eran un sofá nuevo y un televisor que prendía para quedarse dormido mientras comprobaba que el mundo podía ser aún más estúpido que él, porque al menos en su desgracia, Rodrigo conservaba la capacidad de darse cuenta de su propia miseria.

También había intentado conseguir un arma. Pero si su cobardía lo había alejado de la inocente aventura de pararse en una puerta a esperar a que salieran unas cuantas mujeres, la expectativa de pegarse un tiro lo había dejado paralizado una semana entera. Y no era una parálisis física, sino mental, que era peor. Ni siquiera podía darse el lujo de acabar con su propia vida. Cuando veía su miedo reflejado en el espejo, sobre ese rostro viejo y sin carácter a pesar de las arrugas prematuras, se sentía impotente e inútil. Entonces volvía la angustia y esa desesperación de vivir en la nada. Salía a caminar por la ciudad para alejar esos pensamientos de su cabeza. Miraba a los transeúntes con pena y con admiración. ¿Cómo hacían para seguir viviendo sin que dejaran ver su molestia, sus preocupaciones? Las personas iban siempre de prisa, siempre hacia alguna parte, tenían un norte y una misión y parecían felices de vivir de esa forma. Felices o anestesiados, no sabía. En todo caso, eso era mucho más de lo que se podía decir de él. ¿Adónde se dirigía? Alguna vez había tenido un rumbo, lo sabía, pero ya no podía recordar cuál era. Lo había perdido o, seguramente, lo había abandonado en algún lugar dentro de una caja de la cual no tenía la llave.

Las caminatas al exterior lo dejaban agotado, vacío. Volvía a su casa y desocupaba sucesivas copas de aguardiente hasta que ya no sentía el ardor en la punta de la lengua. No le gustaban los excesos, no entendía a la gente que bebía hasta el embrutecimiento sabiendo lo que venía después, la resaca y la culpa y el atolondramiento. Entonces tomaba el teléfono y marcaba los números que lo comunicarían una vez más con Daisy. En esas líneas nunca contestaba la misma persona, así que tenía que hacer muchos intentos hasta oír su voz. Había noches en las que, aún después de marcar cincuenta veces, ella no contestaba. Esas eran las peores. Pensaba que algo malo le había pasado, que se había muerto o que había renunciado al trabajo. Si eso era así, lo poco que le daba un sentido a su existencia se habría esfumado para siempre. Eran pensamientos dolorosos y sentía que el mundo, sin importar lo grande que fuera, se había convertido en una cárcel. No podía dormir y se la pasaba la madrugada mirando hacia el cielo como si en él pudiera encontrar una respuesta a tanto sinsentido.

Pero la mayoría de las veces la encontraba y ella lo reconocía de inmediato, antes de que terminara de decir hola. La amargura viajaba más rápido que el sonido y era como un soplo helado que llegaba a los oídos de Daisy. Llevaban hablando más de un año. Sabía que Rodrigo la necesitaba, pero las llamadas tenían que ser rápidas para poder pasar lo antes posible al siguiente cliente. Además, ella debía seguir un libreto para que el supervisor no desconfiara. A pesar de todo, habían logrado establecer un código que funcionaba dentro de esos parámetros. Rodrigo se quejaba, a veces lloraba y Daisy, un poco confundida al principio de su relación, pero también un poco enternecida y halagada y a veces simplemente aliviada de poder salirse del rígido mundo del servicio al cliente, le decía que todo iba a estar bien. Eso era suficiente para Rodrigo, por lo menos para sobrevivir hasta la mañana siguiente. Después de oír su voz se podía ir a la cama tranquilo. Dormir era lo que más le gustaba hacer en la vida porque era como estar muerto. Sin preocupaciones, sin preguntas, sin rutinas. A veces soñaba y a veces no. Se despertaba liviano y por un momento alcanzaba a pensar que era otro, que tenía una nueva vida. Esta ilusión duraba poco, pero era un bálsamo para su atribulada existencia. Lejos de sentirse mal por tener que volver a la realidad, se sentía agradecido por haber podido escaparse de ella un instante. Eso le hacía pensar que un día, tal vez, sería más el tiempo que pasaría en ese estado y lo demás, su vida como la conocía ahora, se convertiría en un mal sueño. Reconocía que se trataba de una idea optimista, casi de una esperanza. Y comprobar este hecho algunas veces le parecía ridículo y otras lo llenaba de satisfacción. Al fin y al cabo, se decía cuando ocurría esto último, no esperar que algo bueno pudiera suceder, haría de vivir algo imposible.

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