‘Siembra’: una mirada novedosa de una problemática longeva

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Por Jaír Villano

@VillanoJair

El desplazamiento forzado en Colombia no es una problemática nueva ni sorprendente para ningún ciudadano que tenga conciencia (por somera que sea) de la atrocidad  del conflicto armado en el país. Del desplazamiento se conocen muchas cifras y  muchos causantes. Del desplazamiento  se ha dicho mucho y a la vez poco.

Mucho porque baste con parar en algún semáforo para hacerse una idea de lo que es la guerra: familias a la intemperie y a la suerte de la solidaridad de  cualquier parroquiano;  pero poco porque además del germen de los grupos armados, algunos proyectos del desarrollo neoliberal  han suscitado el despojo de tierras de cientos de familias, por decir algo, mírese la minería, el cultivo de palma africana y la ganadería extensiva. Y de eso, a nivel oficial, poco.

Ahora bien, dentro de esa ausencia  a propósito de la problemática del desplazamiento, estaba la  de una narrativa  que supiera condensar el drama personal del individuo que debe, por obligación, dejar el campo y migrar a la ciudad.  Una narrativa de la disyuntiva de un personaje que se duele de su  paisaje bucólico  y que por razones involuntarias debe sobrevivir en un escenario donde los pitos, el bullicio y el espíritu de la urbe le restan el sosiego del nido de donde se proviene.

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‘Siembra’ narra eso y más. Es una película de contrastes, de duelos, de silencios y de símbolos. Una apuesta alternativa en todos los sentidos: desde su producción  y su estética, hasta el abordaje de esa problemática que se viene sucediendo a lo largo del tiempo.

Con una narración parsimoniosa y silente los espectadores podemos asistir a una exposición de primeros (y primerísimos primeros) planos que dan cuenta de la incertidumbre, el afán y el enervamiento del Turco, persona a quien el conflicto lo ha despojado de  su tierra, y de la misma manera, lo ha obligado a  habitar en Mojica, en el oriente de Cali.

La melancolía de lo que antaño constituía una pertenencia hace que este personaje se niegue a aceptar la realidad, y deba quebrantar el deseo de un ayer y un mañana.

Todo lo contrario ocurre con Jhonier, hijo del protagonista,  a quien el ímpetu de la juventud y el gusto por el krumping crean en él una suerte de arraigo en esa nueva circunstancia de vida. Jhonier advierte posibilidades de superación en un escenario donde, paradójicamente, las oportunidades parecen escasas.

Bajo estas dos perspectivas se teje una historia que es enriquecida por una estética nutrida de simbolismos corporales, y de un elemento vital, esto es, el blanco y negro, que a decir de Santiago Lozano, uno de los directores, se utilizó para  concentrar el dramatismo de la historia.

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Siembra es una película silente y a su vez locuaz en lo que pretende contar. Una apuesta importante en el marco socio-político que atraviesa el país.

La película de Osorio y Lozano hace parte de ese repertorio de realizadores audiovisuales que se esfuerzan por explorar nuevas lecturas de la realidad colombiana. Directores colombianos que desde ya se constituyen en referentes por la calidad de sus contenidos, lo osadía en sus apuestas y porque, hay que decirlo, se desprenden de la producción mercantil. (Esas que atestan salas los 25 de diciembre). Trabajos construidos desde el interés personal, pero también por un equipo de jóvenes estudiantes de cine, en el caso de esta película de la Universidad Autónoma de Occidente, que además es uno de los auspiciadores.

Un escritor ruso dijo: Pinta tu aldea y serás universal. Osorio y Lozano supieron narrar social y estéticamente un agravio nacional que, en cualquier caso, se transmuta a global en tanto se coteja el duelo del personaje principal, tal vez en ello reside el reconocimiento internacional y nacional de una apuesta que, por antonomasia, deben ver los amantes del cine.

 

 

 

 

 

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