Sin temor a hablar

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Por Luz Adriana Betancourt
Por Luz Adriana Betancourt

Por Luz Adriana Betancourth

Twitter: @Luzbeta

Hay personas expertas en hablar de tal manera, que sus posibles interlocutores quedan automáticamente en off por el miedo de someterse a una confrontación fuerte, que puede dejar mal parado a quien tenga la osadía de opinar diferente.

Este tipo de personajes saben muy bien que un tono de voz determinado, acompañado de un “yo he hecho”, “yo soy”, “yo puedo”, “yo sé más”, puede prevenir disensos que ponen en riesgo las teorías o los intereses del orador experto.

Sin embargo, no pretendo criticar a quienes actúan de esta manera, sino hacer un llamado a superar el miedo de quienes callan, aun cuando saben que sus opiniones deben ser oídas. Es preferible asumir el riesgo de debatir, que salir de una reunión con el sinsabor de “no estaba de acuerdo, pero para evitar conflictos preferí callar”.  Todos tenemos la responsabilidad de representar instituciones, poblaciones o ideas  que merecen ser expuestas y escuchadas para aportar a la toma de decisiones basadas en la reflexión y no en el sometimiento a un solo punto de vista por temor a discutir. Somos una sociedad donde se sanciona socialmente al que no está de acuerdo con la mayoría o con el personaje que lidera la mesa de trabajo

¿Hacia dónde voy con este tema? A la construcción de responsabilidad ciudadana que nos permita mirar hacia adentro y preguntarnos cuál es el rol que tenemos cuando dedicamos una hora o más a reuniones donde muchos se sientan para firmar la lista de asistencia o figurar como miembro de un comité, pero con la posición de acomodarse a la situación predominante para salir ileso.

Callar ante la inequidad es como ser cómplices de quienes defienden intereses particulares con el convencimiento de que su posición es legítima, pues en una reunión nadie dijo lo contrario.  Y así, se aprueban presupuestos y se acogen decisiones que, sabemos, podrían haber sido de mayor impacto social si nos hubiésemos tomado más tiempo de discusión, hasta encontrar opciones de desarrollo de los proyectos para obtener mejores resultados.

Tanto en el sector público como en el privado, los seres humanos actúan en primera instancia con el instinto de conservación, que los lleva a poner corazas para que nadie los ataque. Todos nosotros creemos tener la razón y sentimos que actuamos de buena fe.  Solo cuando los otros, los iguales, nos plantean con respeto preguntas y miradas diferentes, es que ampliamos nuestra comprensión para ver ángulos que no habíamos contemplado.  En ese replantear del “yo” a “los otros” es que nos enriquecemos como seres humanos, como ciudadanos y como sociedad.

Mencionar nombres y ejemplos para hacer más atractiva la columna sería una estrategia mediática interesante, a la que cualquier periodista tiene derecho como columnista, pero son tantos los espacios donde se debe superar el miedo de hablar, que es más útil invitar a la reflexión de cada uno de los lectores.

Esta dicho de mil formas y hasta hay investigaciones que sustentan que las personas son un ecosistema, donde todos tenemos que ver con todos. Al que yo desconozco, al que le niego acceso, al que me le adelanto, es una persona directamente conectada conmigo de una u otra forma. Así que si él se retrasa o se excluye, esa posición tarde o temprano repercute en mi bienestar. La forma realista de tener bienestar y desarrollo socioeconómico es que todos puedan mejorar su calidad de vida. Y si para lograrlo hay que hablar, ponerse de pie, argumentar, replantear, corregir, pedir disculpas y trabajar más, pues que así sea.

 

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