Sobre la novela policial

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Por Jair Villano

@VillanoJair

 

Aunque muchos le atribuyen la creación de la novela policial a Édgar Allan Poe y su magnífico cuento Los crímenes de la calle morgue (o de la rue morgue, como le gusta lucirse a los escrupulosos), mucho antes de la publicación de este cuento, que fue en 1841 en Graham’s Lady’s and Gentleman’s Magazine (una revista de Filadelfia),  existieron relatos con estructuras parecidas.

Antes del detective Auguste Dupin estuvieron Los tres príncipes de Serendip, el cual relata la historia (amorfa, por cierto) de tres  personajes que a través de su perspicacia logran descubrir el paso de un camello y una mujer embarazada sin siquiera tener un contacto directo; cuando los hermanos llegan a la ciudad se encuentran con un mercader irascible por el presunto robo de uno de sus camellos y de su mujer, los personajes le describen algunas de las características del camello y el mercader asiente, les pregunta luego de escuchar sus aciertos si acaso han visto el animal y la mujer; ellos dicen que no. El mercader los acusa de robo, pues ¡cómo así que no han visto el camello y mi señora y sí conocen todos sus detalles!; Es el poder de la observación, se defienden; ¡cuál observación! A la plaza pública. Al final se descubre que la esposa se había escapado y llega a tiempo a esclarecer la situación.  Esta historia fue traducida del persa al francés  en 1767, es decir mucho antes de la aparición de Dupin. (Hay una historia  oriental muy similar que fue difundida entre tártaros, hebreos, turcos, entre otros, pero con los historiadores es cosa seria, de manera que mejor ni me arriesgo).

No obstante incluso antes de este relato estuvo la historia de Susana, una bella joven que iba a ser castigada por la crueldad de dos ancianos jueces que al verla sola le proponen entregarse a ellos o si no tendría que enfrentarse a sus represalias; ella se niega a eso (prefiero quedar bien ante mis Dios, piensa), en consecuencia, los jueces la acusan de estar divirtiéndose con un joven entre los árboles, lo cual constituía un delito en ese tiempo (¿no que antes era mejor?) que se castigaba con la pena de muerte; un mozo llamado Daniel lo inquieta la situación y arguye que no hay prueba alguna para cesar la vida de la bella Susana, procede entonces a preguntarle a los jueces bajo qué árbol estaba la mujer; estos dan indicaciones diferentes y queda, entonces, claro que los viejos carrasposos estaban mintiendo. Técnica propia de Dupin o de detectives como Vidocq o el muy popular Sherlock Holmes, pero más vieja que el universo: esta historia se encuentra en el Antiguo Testamento, escrito entre 167 y 164 a.C.

Desde luego hay más registro de otras historias, pero yo también me estoy aburriendo, así que por último hay que decir que la cualidad de pormenorizar hasta los detalles más chirles es propio de un historiador de arte cuyo seudónimo era Iván Lermolieff, o en el mundo real Giovanni Morelli, este escribió varios libros en los que señalaba que la mejor manera de descubrir si un cuadro era original no era fijarse en los detalles más evidentes sino en los menos pensados: una oreja, la sonrisa, una mano, un zapato (aprenda Iván Cepeda, aprenda cómo identificar un criminal). Lo trascendental en lo superfluo y lo superfluo en lo trascendental. Según Morelli en esos elementos en los que pocos se fijan se esconde la personalidad del autor, por eso Freud señaló que antes de descubrir el psicoanálisis fue muy importante encontrarse con Morelli, porque su método se basa en penetrar cosas subyacentes, escondidas, inadvertidas, etcétera.

En Zadig o el destino, el libro de Voltaire con fábulas orientales, hay otro texto que aplica la observación y la perspicacia como mecanismo de análisis. Esta tiene el mismo argumento de la historia de Los tres príncipes de Serendip, se pierden dos animales, Zadig los describe meticulosamente; se cree que es el autor del robo y por eso es llevado a la cárcel. Finalmente se descubre que es inocente y que Zadig es un gran observador. El texto se publicó en 1749 (aunque la historia de Zadig aparece antes de la de los tres príncipes, esta última es más longeva; ¿estuvo ilustre Voltaire? Con los historiadores es cosa seria…).

Todo lo anterior para decir que esa técnica es la misma que ejecuta Dupin, cuando descubre que el crimen de calle morgue lo realiza un orangután, así como Holmes, cuando analiza las características de las orejas para deslindar quién no es el culpable, también, aunque a Chesterton se le clasifica en la novela negra, lo hace con creces el Padre Brown.

Es curioso, sin embargo, que este género, en el que es claro que hay un ejercicio de sagacidad e inteligencia por parte del escritor, haya sido catalogado en siglo XIX como el opio de las clases medias; de ahí que Borges y Bioy Casares sublimaran a Poe diciendo que este: “quería que el género policial (…) fuera intelectual, fantástico, pero un género fantástico de la inteligencia”. Edgar Allan, el beodo y genio estadounidense, quería acabar con ese equívoco.

Es, pues, un género que en estos tiempos pocos se atreven a explorar (quizá y en Colombia el escritor que más se acerca es Mario Mendoza). Es comprensible: ¡con esos referentes!

No soy un lector consumado de la novela policial, pero cada que me encuentro con estas historias me pongo a pensar en lo ardua que tuvo que haber sido la elaboración de los argumentos, por eso cuando en mi ambiciosa imaginación vagan las escenas para un cuento policial le digo: ¡detente!… mejor sigo escribiendo columnas (y eso).

 

Por si acaso…

-Ya era hora de acabar con esa burda imagen que alguien quiso vender de Cali: dizque acá se baila salsa todo el tiempo, a ver. Muy bien por Oscar Ruiz Navia y su película Los Hongos, qué buen trabajo, qué buen contenido.

-¿Será que Salman Rushdie y Umberto Eco se quedarán esperando el premio Nobel?

Pd:

Este texto fue hurtado de un ensayo de la novela policial escrito por Jairo Buitrago, también de un texto sobre el método Morelli de la autoría  de Carlos Ginzburg.

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