Socialmente conflictivos

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Por Katherine Esponda Contreras

Desde hace algún tiempo me pregunto por qué nos cuesta tanto la convivencia entre humanos. Observar nuestro comportamiento en la vida cotidiana me ha llevado a preguntarme constantemente por qué pareciera que la confrontación violenta en sus distintos niveles y con sus distintas proporciones es el mecanismo “adecuado” para resolver los conflictos. ¿Por qué nos cuesta tanto? Si bien no tengo una respuesta, no puedo desconocer que seguimos repitiendo un patrón de siglos atrás: asumimos el peor escenario posible, evitamos el conflicto, pero cuando es inevitable, éste escala hasta tal punto que no hay retorno de una bola de nieve violenta que va en caída libre y arrasa con todo a su paso.

Se suelen utilizar diferentes conceptos para expresar el sentido del conflicto, unos más negativos como ‘lucha’ o ‘contradicción’, u otros más neutrales como ‘contraste’ o ‘desencuentro’. Los estudiosos del conflicto señalan que puede ser clasificado según los objetivos que se encuentren en disputa, la dimensión en el número de participantes, o la intensidad de la oposición existente. En cualquier caso, podemos entender por conflicto una situación en la que dos o más actores se oponen en sus intereses u objetivos. Sin embargo, por alguna razón que no termino de entender, le hemos asociado de manera casi inevitable a un patrón negativo, es decir, asumimos que todos los conflictos terminan en enfrentamientos o actos violentos.

Tal vez esto se debe, entre otras cosas, a que, por un lado, porque la raíz etimológica de la noción “conflicto” (en latín conflictus) vincula este encuentro entre al menos dos partes en oposición con acciones violentas como golpear o chocar con otro y, por el otro, porque en la realidad cotidiana de los asuntos humanos los conflictos tienden a devenir en acciones violentas. Por ejemplo, Cali aparece y sigue apareciendo dentro de las ciudades más violentas de nuestro país. Y aunque las cifras de homicidios presentadas por la Alcaldía municipal sean menores que en años anteriores, es importante entender que las expresiones de violencia abarcan mucho más que los asesinatos.

Sin embargo, podemos ir un poco más allá: pareciera que el conflicto tuviese dos elementos constitutivos: por un lado, la situación originaria que causa la disputa u oposición, por el otro, las actitudes y el comportamiento que se desprenden de ellas. Cuando no se logra transformar el conflicto en una oportunidad constructiva, es decir, cuando la situación originaria es percibida por las partes como una disputa irresoluble, se funda un meta-conflicto, que no es otra cosa que la combinación de nuestras actitudes y comportamientos negativos hacia las partes opuestas.

Y es aquí donde encuentro el problema: este meta-conflicto deviene eventualmente en las diferentes formas de violencia.

Las situaciones de conflicto, de oposición, de disputa de intereses es el resultado natural de la diversidad que nos caracteriza como seres humanos. Pensamos distinto, tenemos sistemas de creencias diferentes, hemos construidos patrones identitarios tan diversos a lo largo del tiempo que nuestras ramificaciones humanas son cada vez más solubles. Pareciera que se nos olvida este principio de realidad y asumimos que nuestro punto de vista es el único posible, nos cuesta enormemente salirnos de allí y tener otra mirada, nos parece más fácil percibir la disputa de manera irresoluble, y crear una espiral de actitudes y comportamientos hostiles hacia las demás personas.

Es mucho más sencillo poner a toda costa el interés propio sobre el de los demás, bajo la premisa de que los demás harían eso mismo. Pues bien, el patrón nos quedó tan bien sedimentado que nuestras acciones y decisiones normalmente se atraviesan por esa premisa, lo que nos hace escalar fácilmente en actitudes de desconfianza hacia los demás desconociendo la posibilidad enorme que tenemos de resolver la situación de disputa originaria.

Y es aquí donde quisiera señalar la otra dimensión del conflicto que casi nunca es tenida en cuenta: conflicto como generador de cambio, evolución, acuerdo, en últimas, transformación. Cuando se presentan los conflictos existen dos maneras de resolverlos: o bien a través del diálogo razonado (que se supone es la característica propia de los seres humanos que implican procesos reflexivos y deliberativos), o bien a través del uso de la violencia.

Teniendo en cuenta que recurrir a la violencia es muy común en nuestros contextos cotidianos (incluyendo no sólo la acción de daño directo como el golpe o la muerte, sino también otras formas más sutiles como el insulto, el grito, la burla, la exclusión), es casi entendible que asociemos la noción de conflicto con las consecuencias negativas de las actitudes violentas. Sin embargo, no siempre es así: el conflicto puede ser entendido también como la posibilidad de transformación de una situación A hacia una situación B.

Nos vamos por el camino fácil: evitamos el conflicto porque nos incomoda, porque nos desestabiliza, porque nos obliga a cuestionar nuestros principios más fundantes. Pero cuando éste es inevitable, defendemos nuestros intereses, aunque esto implique estar en el error algunas veces, o desconocer que los demás intereses podrían ser también válidos. Así las cosas, la sociabilidad que nos caracteriza como humanos se diluye cada vez más en actitudes y comportamientos que construimos alrededor de situaciones de oposición y desencuentro que podrían en muchos casos ser resueltas. Sabemos que no siempre es así, pero muchas veces sí.

 

 

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