¿Sólo un juego?

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ana-mariaPor: Ana maría Ruiz Perea

Twitter: @anaruizpe

A la gente en Colombia le resulta chocante, e incluso peligroso, escuchar una discusión sobre política, sobre religión o sobre fútbol en el nivel de efervescencia y calor que pueden darse en un bar o en un parque en Buenos Aires, en Sao Paulo o en Madrid. Discusiones de alta temperatura, con posiciones marcadas de lado y lado. Los colombianos somos temerosos ante la posibilidad de que cualquier discusión de posiciones se transforme en una pelea, que rápidamente se convierte en riña de rufianes y, fácilmente, desemboca en heridos y algún muerto.

Temor que se ratifica a diario con ejemplos del peor gusto que se reproducen aquí y allá, en una tienda de esquina como en un restaurante en Río, entre paisanos o en las nubes farandulescas; pareciera una necesidad irremediable, aprendida desde el tetero, resolver a golpes lo que la palabra y la actitud bien usadas podrían remediar.

Tenemos, alegres y cálidos como somos (Colombia es pasión), una gran capacidad de “labia”, esto es, charlamos de todo desde que nos levantamos hasta que nos vamos a dormir. Pero nos criamos con una atávica incapacidad de diálogo, de escucha y de toma y uso de la palabra, bajo la falsa creencia de que toda toma de postura personal pasa por ser primero una afrenta al contrario.

Otra cosa sucede en el espacio del deporte, individual o de equipo, donde el objetivo mismo de la acción está en la toma de posiciones a costa del rival. Ser mejor es la consigna, sin que medie temor más allá de la supremacía deportiva del contrario a la que hay que vencer, bajo unas reglas que limitan la acción al juego limpio.

El deporte de competencia, antiguo como la humanidad, sirve para exaltar a los mejores deportistas y para despertar pasiones en los espectadores. Dicen quienes saben de fútbol, que este espectáculo no es un deporte, sino un rito tribal que concita alrededor del balón la necesidad básica de los humanos de canalizar expresiones de felicidad colectiva. Felicidad que pasa irremediablemente por vencer a un contrario.

Cuando Brasil cayó en el humillante 7-1 con Alemania, circularon rápidamente por las redes sociales miles de “memes” colombianos, montajes llenos de humor que hacían alusión a la revancha que los alemanes estaban dando en nuestro nombre. Desde “que Alemania le manda a preguntar a Colombia si así está bien o les meten más goles” hasta “se hizo justicia divina”, miles de colombianos compartimos la felicidad de ver vencidos a los verdugos que nos habían sacado, en un juego con arbitraje discutible, del camino hacia la Copa.

Aparecieron entonces voces que, desde el llamado a la “prudencia”, criticaban el lenguaje y argumentaban que somos un pueblo de malos perdedores, violentos y camorreros. Les parece a ellos que solazarse con la derrota del otro es una actitud indecorosa y primitiva, como en efecto lo es. Lo importante, y aquí está el quid del asunto, es que no se convierta en peligrosa por violenta.

No es en la evasión de la diferencia que se logra la paz, es en el debate entre ideas diferentes, que se crea y se enriquece. Tomar partido, sentar posiciones y disputarlas en la mesa como en la cancha, requiere habilidad, destreza, creatividad y un aceitado trabajo de equipo. Ejercicio complejo, en el que los colombianos somos apenas novatos, un grupito de amateurs.

Todo esto lo digo con la única intención de expresar un dolor que se me atravesó en el alma. Que el de Yepes fue gol, y nos lo robaron.

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