Tierra y medioambiente, relación indisoluble en escenarios de posconflicto

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Miembro del Centro Interdisciplinario de la Región Pacífico Colombiana, CIER Universidad Autónoma de Occidente
Miembro del Centro Interdisciplinario de la Región Pacífico Colombiana, CIER
Universidad Autónoma de Occidente

Por Hernando Uribe Castro

Centro Interdisciplinario de Estudios de la Región Pacífico Colombiana, CIER

Universidad Autónoma de Occidente

Uno de los hechos que han marcado la crisis socioambiental que se evidencia con intensidad en Colombia guarda relación con la separación, teórica y pragmática, entre la tierra y el medioambiente.

Esta separación es visible en la política de desarrollo económico que han propuesto los últimos gobiernos neoliberales, para quienes, al parecer, no existe relación alguna entre los usos del suelo dedicados a la ganadería expansiva, tierras para monocultivos como la caña de azúcar y exóticos como la palma africana, así como por las intensas actividades mineras (legales e ilegales), con sus impactos ambientales tanto en el equilibro ecosistémico, como en las poblaciones y comunidades humanas.

Se impulsa un uso del suelo dedicado a la explotación minera como actividad bandera de los gobiernos, a la vez que se silencian sus efectos socioambientales. Y la explicación que ofrecen las autoridades para dar respuesta a los problemas ambientales, es como si la culpa total fuera de la crisis ambiental global, como un problema de la naturaleza, un designio de Dios. Cuando el presidente Santos, durante la temporada de fuertes lluvias que inundó ciudades y pueblos colombianos, expresaba “por culpa de la maldita Niña”, quería decir que la culpa de los estragos era de la naturaleza y no del Gobierno o del modelo de desarrollo, y que era a la naturaleza a quién se debía demandar.

Ocultaba el Presidente los problemas de deforestación en las altas zonas de montaña y, en consecuencia, los procesos de erosión de estas tierras, que ante lluvias fuertes terminaban ‘lavándose’ y arrastrando consigo el suelo hasta los grandes causes, para luego ser transportado por las corrientes hasta las salidas oceánicas, lugar donde los gobiernos dedican sumas sorprendentes de dinero para dragar puertos para mantener dinamizada la economía del país que sale por estos lugares. Como expresa Saramago, de árboles pintados no caen hojas. Podríamos decir que de explicaciones falsas no caen verdades. Las verdades deben buscarse en otras fuentes.

Lo interesante de todo esto, y pensando en los escenarios de posconflicto, es que con los acuerdos en los primeros puntos de discusión de la agenda entre Gobierno y Farc, relacionados con el problema de tierra, no puede disolver la dimensión ambiental. Una reestructuración de la realidad del campo colombiano implica una transformación radical en la forma como se le da tratamiento a los aspectos ambientales, desde los gobiernos y las empresas privadas.

La cuestión central, entonces, es cómo acordar aspectos como NO a la megaminería, NO a la ganadería extensiva, NO a la ampliación de la frontera agrícola para cultivos de monopolio como caña de azúcar y cultivos exóticos en escenarios de posconflicto, cuando todas estas actividades están en marcha sobre las tierras rurales de Colombia y en el marco del Plan Nacional de Desarrollo, con el visto bueno del Gobierno, y las jugosas ganancias de las corporaciones privadas y globales que no escatimarán recursos para mantenerse y, si es posible, ampliarse, en los escenarios donde hacen presencia.

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