Trashumantes

0

Santiago Jimenez

@santiagojq

Corría. Una, dos horas seguidas. A veces tres. No lo hacía por deporte. Lo hacía porque tal vez alguien me estaba siguiendo y era mejor no dejarme alcanzar. No podía estar seguro de quién podría ser, pero tampoco quería quedarme a verificarlo. No permanecía en un sitio por mucho tiempo. Todos los días cambiaba la ruta para ir al trabajo. Porque tenía trabajo. Después de mucho buscar, había encontrado el puesto perfecto para mí. Gestor de correspondencia. En otros tiempos se habría llamado cartero, pero ya la gente no escribía cartas. La correspondencia se limitaba a hacer llegar cuentas y promociones. Nada más. Yo era el gestor más efectivo. No podía ser de otra manera. Pero tenía muchos problemas con mis jefes. Eso era cuando iba a una casa y, antes de deslizar los sobres por debajo de la puerta, alguien la abría. Entonces gritaba. Y corría. Ese día no entregaba las demás cuentas. Ese día corría hasta llegar a un parque y me escabullía en los matorrales, esperando que llegara la noche. Esas noches dormía poco y mal y el frío me tullía.

image_gallery

Vivía en pensiones pequeñas y escondidas. Una diferente cada día. Creía que eso me mantenía a salvo, pero cuando sonaba el timbre, me escapaba por la ventana. Por eso siempre procuraba alquilar en el primer piso. A veces, si no había otra opción, en el segundo. Pero una vez me tocó en un tercero y cuando alguien llamó a la puerta, salté por la ventana sin pensarlo. La buena suerte quiso que hubiera un árbol sembrado en el patio trasero del edificio. Las ramas detuvieron mi caída al vacío. Me magullaron el cuerpo, pero salvaron mi vida.

No corría todos los días. Solo cuando me sentía en peligro. Era como un sexto sentido, una vibración del aura, llámenlo como quieran. El caso es que mis piernas actuaban de inmediato, sin importar el tiempo o el lugar donde me encontrara. Cuando estas alarmas empezaban a activarse con mucha frecuencia, sabía que era hora de dejar el pueblo, o la ciudad donde me encontrara. Entonces tomaba rumbo al sur. Según mis cálculos, había pasado ya por tres países. Los acentos y los dialectos cambian, pero la gente es igual en todas partes, siempre dispuesta a hacerte daño. No sabía qué iba a hacer cuando se me acabara el sur. Tal vez, devolverme hacia el norte.

Una noche de desvelo, mientras miraba por la ventana de mi habitación en un pueblo polvoriento y frío, la vi por primera vez. Era gestora de desperdicios, lo que en otro tiempo se hubiera llamado recolectora de basura. Mi sexto sentido hizo vibrar el cuerpo de una forma distinta y mis piernas me pusieron, por primera vez, en el papel de perseguidor. La seguí toda la madrugada hasta que se fue a dormir a una pensión al otro lado del pueblo, cerca de un río espumoso y de mal olor. La vi encender la luz, desnudarse y mirar por la ventana. Tuve que esconderme detrás de un árbol para que no me descubriera. Luego la luz se apagó y no la volví a ver sino hasta el mediodía siguiente.

Salió con una mochila, mirando hacia todos lados y con el paso apresurado. Entró a un café y pidió un desayuno. En un momento, levantó la mirada, soltó el tenedor, todavía con un bocado de huevos revueltos en él, y salió apresurada del local. Estuvo corriendo casi dos horas y yo fui detrás de ella. Tenía un buen ritmo y escogía las rutas que yo hubiera escogido, metiéndose por calles angostas, oscuras, pero también asegurándose de pasar por las plazas llenas de gente, los mercados, saltando cercas y obviando letreros de no pasar.

Se detuvo en un parque. Parecía ir hacia un sitio que ya conocía, cuando me presenté frente a ella. Saltó del susto, pero después se quedó inmóvil. Su pecho se inflaba y desinflaba con violencia. Me recorrió con una mirada fatigada. Le dije que yo también corría. Asintió y me dijo que se dirigía a una gruta en la montaña y me preguntó si quería acompañarla. Le dije que sí. Caminamos en silencio. Cuando llegamos al lugar, se sentó e hizo fuego con una piedra y dos palos. Le conté que cuando abandonaba un lugar, seguía mi rumbo hacia el sur. Ella dijo que también lo hacía. Pasamos una noche cálida.

Comments are closed.