Tres poemas de Álvaro Mutis

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Hoy compartimos con ustedes tres poemas de Álvaro Mutis publicados en Estravagario el domingo 20 de marzo de 1977. El autor, quien nació en 1923, escribió su primer libro en colaboración con Carlos Patiño, “La Balanza”, aparecido en 1948. Publicó luego “Los Elementos del Desastre” y “Reseña de los Hospitales de Ultramar”. En 1973 Barral Editores Barcelona, publicó toda su obra poética bajo el título “Summa de Magroll el Gaviero” y Sudamericana de Buenos Aires, su tomo de relatos “La Mansión de Araucaima”. Estas tres Lides, que Estravagario presentó en su momento, eran inéditas y hacían parte de un libro en proceso de elaboración.

 

LIED MARINO

Vine a llamarte

a los acantilados,

Lancé tu nombre

y sólo el mar me respondió

desde la leche instantánea

y voraz de sus espumas.

Por el desorden recurrente

de las aguas cruza tu nombre

como un pez que se debate y huye

hacia la vasta lejanía.

Hacia un horizonte

de menta y sombra,

viaja tu nombre

rodando por el mar del verano.

Con la noche que llega

regresan la soledad y su cortejo

de sueños funerales.

 

 

LIED DE LA NOCHE

Y, de repente,

llega la noche

como un aceite

de silencio y pena.

A su corriente me rindo

armado apenas

con la precaria red

de truncados recuerdos y nostalgias

que siguen insistiendo

en recobrar el perdido

territorio de su reino.

Como ebrios anzuelos

giran en la noche

nombres, quintas,

ciertas esquinas y plazas,

alcobas de la infancia

rostros del colegio,

potreros, ríos

y muchachas

giran en vano

en el fresco silencio de la noche

y nadie acude a su reclamo.

Quebrantado y vencido

me rescatan los primeros

ruidos del alba,

cotidianos e insípidos

como la rutina de los días

que no serán ya

la febril primavera

que un día nos prometimos.

 

 

LIED

Jardín cerrado al tiempo

y al uso de los hombres.

Intacta, libre,

en generoso desorden

su materia vegetal

invade avenidas y fuentes

y altos muros

y hace años cegó

rejas, puertas y ventanas

y calló para siempre

todo ajeno sonido.

Un tibio aliento lo recorre

y sólo la voz perpetua del agua

y algún leve y ciego

crujido vegetal

lo puebla de ecos familiares.

Allí, tal vez,

quede memoria

delo que fuiste un día.

Allí, tal vez,

cierta nocturna sombra

de humedad y asombro

diga de un nombre,

un simple nombre

que reina todavía

en el clausurado espacio

que imagino

para rescatar del olvido

nuestra fábula.

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