Tribulaciones de un fanático rehabilitado

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Por Santiago Jimenez

@Santiagojq

No era la primera vez que veía perder al equipo, pero cuando el árbitro pitó el final del encuentro, se sintió embargado por una tristeza inédita y profunda. No se había tratado de una de esas derrotas vergonzosas que hacen sentir mal incluso al ganador, pero, si lo hubiera sido, tampoco tendría que haberle importado. Habían pasado los tiempos en que era un fanático y ahora la gente que se refería a aquellas empresas deportivas privadas como su equipo, o su selección, no le producían sino lástima. Ni qué decir de los jóvenes que se hacían matar por una camiseta. Iba al estadio a presenciar un espectáculo que lo distraía y que a veces le producía un placer estético. Hubiera podido seguir a cualquier equipo, al final el color no importaba, pero necesitaba escoger uno para poner algo de orden en su vida, entonces decidió volver a la escuadra de la que alguna vez se había declarado hincha.

Cortesia www.danielteran.com
Cortesia www.danielteran.com

Porque además del placer estético, descubrió que podía darse el lujo de vivir un partido como el apostador que espera la próxima carta para saber si ganó el premio mayor o la bancarrota. Él sabía que, a pesar de todo lo podrido que rodeaba al deporte, aún podría disfrutarlo como un simple juego en el que se podía ganar, perder o empatar. Sabía que los rivales tenían derecho a sentir lo mismo que él y que no debía haber lugar para los apasionamientos. De lo que se trataba, ante todo, era de poder hacer predicciones basado en sus conocimientos y compararlas con el resultado. En esta sencilla tarea encontraba un propósito de vida, ya que se veía obligado a mantenerse informado, a leer las noticias, a escuchar los programas de radio en donde analistas histéricos trataban de hacer prevalecer sus opiniones a los gritos, en fin, a mantenerse ocupado, pensando en algo diferente a que la vida que le había tocado no tenía sentido alguno.

No jugaba por dinero. La apuesta era contra sí mismo. Durante la semana, antes de cada juego, iba confeccionando su predicción, y un día antes anotaba en un papel el marcador, con los tiempos de anotación y los nombres de los jugadores que marcarían los tantos. Cuando terminaba el partido abría el papel y comprobaba qué tan acertadas habían sido sus predicciones. La mayoría de las veces acertaba el ganador y de vez en cuando el marcador. Sólo una vez había acertado a todo: el marcador, el anotador y el tiempo de la anotación. Aquella vez se había sentido muy feliz y había celebrado yéndose a un bar cerca del estadio, donde se gastó la quincena emborrachándose y gastándole tragos a todo el que se le acercara.

Pero hoy el árbitro había pitado el final del encuentro y él se había sentido morir. Se quedó sentado en su lugar, esperando que el estadio se desocupara, con la ilusión de que la soledad le trajera algo de lucidez para descifrar el motivo de su desasosiego. Uno a uno, vio a los espectadores salir del recinto y en el momento en que se vio abandonado en la inmensidad de aquel templo pagano, entendió que su malestar se debía a que había sentido la derrota como propia, lo cual era una fatalidad, porque era lo mismo que experimentaba en los tiempos en que era un fanático. Nada lo separaba ahora de cualquiera de los jóvenes que a esa hora, frustrados por la derrota, deberían estar destrozando la ciudad y matándose entre sí.

 Recordó las veces que había venido a ese mismo lugar cuando era un adolescente, acompañado de su amigo Luis Carlos. En esa época no tenían dinero y recorrían a pie desde el barrio un trayecto de varios kilómetros, ondeando sus banderas y con los rostros pintados con los colores del club. Compraban la boleta más barata y disfrutaban los juegos en tribunas semivacías, sin importar que al lado hubiera hinchas del otro equipo. En el camino de vuelta los acompañaban los pitos de los carros y las banderas amigas cortando el viento, hubiera sido una victoria o una derrota, lo cual hacía del retorno algo placentero.

Unos años después, se hizo imposible volver a las tribunas baratas, que ahora pertenecían a las pandillas de los fanáticos locales o visitantes. Fue el tiempo en el que llegaron las crisis de la selección nacional y del club, y también cuando su vida empezó a tomar un camino distinto a la de Luis Carlos. Pasaron casi dos décadas sin que volviera al estadio, sin que se interesara por la suerte del equipo, y en las que se veía con sus antiguos amigos del barrio cada vez con menos frecuencia. En el interludio conoció a Mercedes, se enamoró de ella y se la llevó a vivir a un pequeño apartamento en el sur de la ciudad. Luego llegó su hijo y con él todo se fue al abismo. Creyó que la separación de su mujer había marcado el comienzo de la pérdida de sentido de su vida. Pero, tal vez, esto había ocurrido mucho antes, cuando había dejado de creer en su equipo. Eso era lo que pensaba en la soledad del estadio.

El caso es que vinieron las peores horas, aquellas en las que descubrió que nada en la existencia soportaba un razonamiento profundo. Nacíamos sin quererlo, vivíamos para sufrir y moríamos solos. Odiaba la rutina de sus días, las ocho horas en el trabajo hablando con gente que no le despertaba el menor interés. Nunca volvió a hablar con Mercedes y no conoció la voz de su hijo. Vivía para sobrevivir a cada día y estuvo a punto de suicidarse, pero se arrepintió a último momento, seguro de que eso también saldría mal.

Decidió volverse un hombre común: desperdiciar sus días frente al televisor, saludar a los vecinos y salir a emborracharse ocasionalmente con los compañeros de trabajo. Aprendió a fingir, pero por las noches sentía que los demás lo habían vaciado con su simpleza y su ignorancia. Dormía, era lo único que parecía disfrutar de la vida, solo para tener que levantarse y estar listo para la lenta operación en que los otros lo despojaban de toda vitalidad.

Entonces su equipo ganó de nuevo el campeonato, luego de una larga sequía de triunfos. Pensó que si le había dado la oportunidad a un grupo de extraños de meterse en su nueva vida, también podría dársela a su equipo, que alguna vez lo había hecho feliz. Pero había vivido lo suficiente para no cometer el mismo error de su juventud y volverse un fanático. Así que comenzó a ir a los partidos y elaboró su sofisticada teoría para encontrar en aquel espectáculo algo que le ayudara a llevar los días sin que en ello se le fuera el alma. Por eso, ahora que había vuelto al estado primitivo, que había sentido la derrota de un equipo como propia, sabía que todo estaba acabado. Sentado en aquellas gradas solitarias, se despidió del monumento al que ya no podría volver.

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