Turismo y paradoja ambiental

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Álvaro Guzmán Barney

Director del Centro Interdisciplinario de Estudios de la Región Pacífico Colombiana, CIER

Universidad Autónoma de Occidente          

 Viajar de turismo por carretera en Colombia entraña una paradoja: por un lado, permite descubrir y apreciar una naturaleza desbordante que varía radicalmente a unas pocas horas de camino y en distancias relativamente cortas. La riqueza del recurso natural y la bio-diversidad son patentes. Por otro lado, se hace evidente que estamos afectando esta riqueza natural de manera  irreversible, comenzando por el trazado y la construcción de las mismas carreteras que transitamos y nos brindan, como ya se dijo, un espectáculo visual insuperable.  La paradoja se manifiesta en hechos concretos de gran envergadura, como sucedió el fin de año en la autopista de Medellín a Bogotá, cerca a Copacabana, o bien en la doble calzada de Buga a Buenaventura. En ambos casos, se trata de vías nacionales estratégicas que se han venido construyendo a paso de tortuga y que deberían contar con todas las especificaciones técnicas y ambientales requeridas. En ambos casos también, enormes masas de tierra se deprenden de la montaña y van a parar a las vías. No solo se interrumpe totalmente el tráfico en arterias tan importantes. También hay viviendas afectadas e incluso personas que mueren enterradas por los derrumbes. La solución de los ingenieros, después de la labor de los socorristas, es dinamitar la montaña para evitar ulteriores desprendimientos de tierra y posibilitar el despeje y el tránsito.

Se requiere desarrollar el concepto de seguridad vial para indicar que el ciudadano, a pie, en bicicleta, o en un vehículo motorizado, pueda transitar por vías con condiciones seguras por la forma misma como éstas han sido construidas. Esto no sucede así, ni en las vías interurbanas, ni dentro de las ciudades. Hay que tener en cuenta, por ejemplo, los andenes, los peraltes, la señalización y la necesidad de bahías como paraderos necesarios. Ni hablar de la ingeniería para los cruces a la izquierda, en carreteras de doble vía. Pero, se requiere ampliar también este concepto para que la seguridad incluya el contexto ambiental de las vías. Fundamental en las ciudades la arborización adecuada de las calles, los parques, las reservas ambientales de protección de las urbes, por ejemplo la Van der Hammen en Bogotá o los Farallones de Cali. Se debe poner especial atención en las zonas de riesgo, sísmico y/o de alúdes de tierra, como consecuencia de lluvias o bien por problemas de alcantarillado. Y las construcciones también deben cumplir con especificaciones de resistencia sísmica, de manejo de residuos y de adecuada conformación de las viviendas,  con los vecinos y con la vía pública externa.

Si tenemos mejores condiciones de seguridad física en las vías públicas, entonces tendremos mayores posibilidades para el crecimiento del turismo por tierra en Colombia. Si se tienen éxito los procesos de paz y el posconflicto se consolida, las posibilidades para el turismo en nuestro país son enormes. Pero, en este contexto deseable, el turismo mismo también debe cambiar en sus formas de transporte. En ciertos sectores sociales estamos acostumbrados al automóvil y en Colombia queremos llegar en carro privado hasta el lugar mismo que se quiere visitar. Esto no necesariamente debe ser así. Se requiere introducir progresivamente el concepto de turismo ecológico que no prioriza el automóvil particular, que nos induce al transporte público y de manera importante a las caminatas. Se pueden tener de esta manera experiencias distintas con la naturaleza, de tipo conservacionista. Claro está, el punto central es propender por una nueva ciudadanía que vincula con sus derechos y deberes la conservación de la naturaleza. En Colombia hay experiencias en este sentido que se deben difundir y multiplicar. Se puede viajar de turismo por Colombia de nuevas formas, todas estas compatibles con la preservación del medio ambiente.

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