Un amor de película

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Por Santiago Jimenez Quijano

@santiagojq

Últimamente, Oneidis se queda dormida siempre que vemos televisión. Si le ocurriera cuando están dando los noticieros o las novelas no me importaría. Pero le pasa siempre que pasan películas. Y eso me molesta profundamente. Me encantan las películas. Todas. Las buenas y las malas. Las de llorar y las de reír y las de explosiones. Cuando nos conocimos con Oneidis íbamos mucho a cine. Para mí era muy placentero sentarme a conversar con ella después de cada función, preguntarle qué le había parecido la historia, o la actuación de algún actor. Ahora vivíamos juntos y no salíamos casi al teatro. La verdad es que el cine había cambiado mucho y ahora tenías que ir a un centro comercial y meterte en una sala diminuta, llena de gente fastidiosa que prendía el celular o no paraba de hacer comentarios en voz alta.

Le dije a Oneidis que quedarse dormida viendo películas no era normal. Tampoco que no le pasara durante las novelas. No iban ni quince minutos de empezada la acción, cuando ya me veía en la tarea de hacer algún ruido para que pusiera atención y no sucumbiera al sueño. Me molestaba tener que hacerlo y perder la concentración en la pantalla y a ella la ponía de mal genio. Al final terminábamos enfadados el uno con el otro. Así que, después de un tiempo, no tuve más remedio que dejarla dormir. Procuraba no mirarla. Pero a veces lo hacía, involuntariamente, y al encontrarla con los ojos cerrados me llenaba de indignación. Veía su sueño como un insulto a mi más profundo ser. Sabía que no podía despertarla. Intentaba seguir viendo la película, pero no podía concentrarme. Entonces tenía que apagar el televisor y dejarla para después.

Lo peor, sin embargo, era cuando se despertaba de repente. Entonces preguntaba qué había pasado, por qué los malos estaban en ese lugar, qué se había perdido. A mí eso me hacía arder la cabeza. Mis opciones eran varias, pero todas igual de insufribles:

  1. No hacerle caso y esperar a que se durmiera de nuevo. Era difícil porque ella esperaba respuestas. Las mujeres no saben interpretar un silencio.
  2. Intentar responder sus preguntas lo más rápido posible. Pero siempre terminaba perdiéndome algo de la trama yo también.
  3. Detener la película (si la veíamos en DVD) y empezar un interrogatorio para saber hasta dónde recordaba. Esto, por supuesto, era una tarea tediosa que me sacaba de casillas. Y en este punto, averiguado el número de escenas perdidas, tenía dos opciones:
    1. Contarle lo que había pasado o
    2. Devolver la película.

Odiaba tener que parar la película, pero mucho más tener que devolverla. Lo que me gustaba del cine era perderme en la historia, irme de la realidad, fundirme con la ficción. Yo quería que me engañaran, hacer parte del artificio. Y para eso necesitaba una visualización continua, sin la menor interrupción. Parar la película y devolverla eliminaban esa sensación. Oneidis sería la novia perfecta de Bertol Brecht y su efecto de distanciamiento. Lo que me molestaba era que antes, cuando nos conocimos, podíamos ver tres películas en un día sin que ella pestañeara. ¿Cuándo había ocurrido el cambio?

Le dije que tendría que ir al doctor si quería salvar nuestra relación. Hacía poco me había dicho que quería que tuviéramos un hijo y yo había dicho que sí, pero las cosas no se habían puesto tan mal como ahora, cuando a los dos minutos de empezada la película se quedaba dormida, a los diez estaba cabeceando y a los quince roncando como un tractor. Entonces no tuvo otra opción que ir al neurólogo. Aunque al principio se ponía brava porque le dijera que me molestaba su propensión a dormir, ahora entendía que había algo mal y que debería solucionarlo. Le hicieron exámenes con electrodos en la cabeza que debía llevar un día entero, le sacaron tomografías, tacs, resonancias magnéticas. Al final del mes terminó con un cartapacio atiborrado de exámenes.

Los especialistas no se ponían de acuerdo. Podría haber una afectación como podría que no. Los datos no eran concluyentes. Probarían con diferentes medicinas a ver qué resultados obtenían. La mayoría eran derivados de las anfetaminas, que la mantenían despierta y eufórica. Ya no se dormía en las películas, pero tampoco el resto de la noche. Otras le ponían el genio agrio o la idiotizaban por horas. En resumen, todo estaba perdido. Dejamos a los doctores y a sus medicinas. Volvimos a casa y fui directo a la alcoba. Quería sacar el televisor y llevarlo a la sala. Oneidis, apesadumbrada, me dijo que me quería y que entendería si decidía terminar todo. Le dije que yo también la quería, pero que nunca más volveríamos a ver películas juntos.

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